13 mar ¿Qué educan y en qué educan los medios audiovisuales?

Imagen sobre la influencia de los medios de comunicación en la educación

Durante la infancia coexisten múltiples agentes de socialización: familia, amigos, colegio (denominados grupos de pertenencia). Pero los medios de comunicación (sobre todo los audiovisuales) en la actualidad se han convertido en un grupo de referencia muy poderoso, sobre todo para niños y jóvenes. Revisemos los efectos de tal influencia.

En primer lugar ofrecen información sobre la que se va a construir la imagen de la realidad que determinará la actuación de cada persona. A los padres les preocupa que la información ofrecida se formule de forma parcial, sea inexacta o errónea. Los medios no sólo no reflejan la realidad, sino que la conforman y la crean.  La televisión se convierte en un espejo deformante de la realidad. La presenta del modo en que la entienden (o quieren entender) aquellos que dominan el medio.  Resulta así paradójica y falsa la despedida que escuchamos habitualmente en  informativos: “Así son las cosas, y así se las hemos contado”. Bastaría decir lo último.

Nos encontramos además ante un producto comercial, sostenido por la publicidad y sometido a una feroz competencia entre las cadenas.

El éxito de los programas permite captar telespectadores y ofrecerles la mercancía (publicidad). La televisión se convierte en una máquina económica que al tiempo transmite valores (o contravalores); no es un instrumento al servicio de la verdad, sino del lucro.

En segundo lugar proporciona valores, normas, modelos, símbolos a través de los que se elaboran los procesos de construcción personal y de integración social. Estos valores son presentados como válidos de forma dogmática. El medio construye actitudes por su gran capacidad de fijar la atención sobre algunos aspectos del entorno y no sobre otros.

 

Niños y jóvenes reciben aportaciones claras y precisas para ir componiendo una forma de relacionarse. Contemplan como positivos y válidos ciertos valores individualistas y hedonistas, mientras  que otros no son ni representados o son cuestionados.

Por último influye en la construcción y desarrollo de la identidad personal y social del individuo. Las personas se ven obligadas a decidir continuamente en qué dirección y de qué manera quieren orientar su vida. Se puede vivir de muchos modos y en esta necesidad de decidir cómo se quiere vivir encontramos el origen de lo moral.

Pese a los condicionamientos sociales y presiones culturales, el ser humano tiene la posibilidad y el deber de decidir de forma consciente, libre y responsable qué, cómo y cuándo hacer o no hacer algo. Y esto es lo maravilloso. La moral personal se construye en un diálogo con uno mismo y con los demás. Cada ser humano es autor de su propia historia, influido por su contexto, sociedad y cultura, pero dirigida por su capacidad creativa, crítica, ética y religiosa y, por tanto, transformadora. Estamos condicionados por nuestro entorno, pero no determinados por él.

El efecto que tiene sobre el niño (o joven) la visión del mundo que transmiten los medios y su grado de influencia en la construcción de valores y comportamientos, depende de los valores complementarios que recibe el niño de otras fuentes. Esta es la esperanza y el reto para padres y educadores que cuentan con la posibilidad de nutrir a niños y jóvenes con valores lo suficientemente sólidos para convertirles en personas críticas y autónomas, capaces de cuestionar tal influencia. Porque lo verdadero acaba imponiéndose por su propia evidencia.

Es preciso instruir en el uso de los medios. No queremos en el niño una actitud pasiva ante el televisor, sino  una actitud reflexiva y lúcida que se vaya entrenando en ser  persona exigente y crítica.

¿Qué se puede hacer desde la familia para contrarrestar el poder de influencia de los medios?

A los padres:

1. Siéntense con los hijos frente a la pantalla: comenten los contenidos, analicen, valoren, y piensen en alto  sobre la realidad que muestran.

2. Sean un modelo coherente en el consumo de TV: racionen el tiempo y seleccionen los contenidos.

3. Eviten la violencia en todas sus formas.

4. Ofrezcan alternativas lúdicas al aire libre que permitan la interacción social y la comunicación.   

 

5. Vean y comenten los anuncios con sus hijos. Ayúdenles a descubrir lo que la publicidad tiene de engañoso. Favorezcan la construcción de un pensamiento crítico que evite la esclavitud del consumo.

6. Analicen la realidad que muestran los medios y compárenla con la propia realidad de su familia y entorno. Ayudará en el desarrollo de la empatía, la conciencia moral y el juicio moral.

7. Establezcan “un día sin pantallas” (TV, ordenador, móvil…). Programen  actividades  divertidas. Recuperen otras opciones diferentes para compartir el tiempo en familia: leer, pasear, escuchar música, cocinar…

Demuestren a sus hijos que se puede vivir con TV y también sin ella.

Este artículo de Carmen Luca de Tena, profesora de Psicología del Desarrollo del CESAG, se publicó originalmente en la edición nº132 de Mater Purissima (marzo 2009)

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