De la carta al Whatsapp

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Fotografías: Unsplash.com

1. Alberta Giménez escribía con espontaneidad, como si estuviera dialogando, como hacemos ahora en las redes sociales

2. La carta le servía para hacerse cercana a quien la necesitaba

3. Apostaba por una comunicación frecuente. Veía la importancia de
compartir las cosas cotidianas y disfrutaba de ello

4. En sus cartas, sin embargo, no habla
demasiado de su interioridad. Preserva para otros medios y momentos una
comunicación más íntima y personal.

Una carta personal, a un amigo o a un familiar. Puede que, como yo, ya haga varios años. Aunque el correo ordinario sigue existiendo, la verdad es que más del 95% de estos envíos son correspondencia oficial, de empresas o de publicidad. Muy pocas personas continúan escribiendo cartas personales.

Sin embargo, en la actualidad usamos el correo electrónico, Facebook Messenger, Skype, WhatsApp, Telegram y tantos otros que han cambiado el tipo de buzón que miramos día tras día con expectación. La inmediatez y la ruptura de las distancias son las características de la comunicación actual. Sin embargo, las cartas manuscritas fueron el único medio de comunicación interpersonal a distancia durante más de tres cuartas partes del siglo XX. Alberta Giménez dedicaba gran parte de su tiempo a escribir cartas. Pero, ¿a quiénes les escribía? ¿qué tipo de cartas redactaba? Podríamos encontrar semejanzas entre las cartas que escribía Alberta y los posts que hoy publicamos en Facebook o en blogs.

Desde luego, tenía su grupo más cercano, al que escribía con mayor asiduidad, las Hermanas de la Pureza. Pero también escribía a menudo a su familia y a otras personas cercanas a ella como D. Tomás Rullán o D. Enrique Reig. Alberta generalmente no dedicaba demasiado tiempo a pensar lo que iba a escribir, lo hacía con espontaneidad y como si estuviera dialogando con la persona destinataria. Como nosotros en redes sociales.

Y lo podemos deducir por las circunstancias con que escribía. En diferentes ocasiones, expresa haber escrito hasta más de diez cartas en un solo día; y sabemos que con frecuencia las escribía incluso de noche, con el cansancio que esto podía añadir. Alberta solía iniciar y finalizar las cartas con un encabezado y una despedida casi fijos. Eran siempre expresiones de ternura y cariño, como por ejemplo, «Mi amadísima Hermana», fórmula que utiliza hasta 22 veces. En la despedida, en la mayoría de los casos no faltaba «un tierno abrazo y la bendición» y la petición de encomendarla a sus oraciones.

En algunas ocasiones también justificaba que tuviera que terminar porque era tarde, por falta de tiempo o porque el papel se acababa (Cf. Epp [124.126]). Alberta se ajustaba al tamaño del papel, que solían ser dos cuartillas, escritas por delante y por detrás. Aunque, cuando el papel no le resultaba suficiente y se dejaba algo en el tintero, no dudaba en escribir en los laterales de la hoja. Esto era signo de la confianza que tenía con la destinataria.

Los temas más frecuentes que trataba eran los asuntos cotidianos. Sentía la responsabilidad de informar a las comunidades que estaban más lejos del día a día que ella u otras Hermanas vivían. Escribía con toda la frecuencia que la rapidez del correo de la época le permitía. En general, no dejaba pasar muchos días entre una carta y otra. De este modo, establecía prácticamente una conversación con sus destinatarios, parecida a las que podríamos mantener hoy por Whatsapp o redes sociales.

¿Hace cuánto escribiste tu última carta en papel?

En todas sus cartas, Alberta se revela sumamente atenta a las circunstancias por las que estaba pasando la persona a la que escribe. La comunicación epistolar era el medio del que disponía para hacerse cercana a quien lo necesitaba, mostrándose disponible para la escucha y el acompañamiento, tanto en las situaciones más duras, como en las más alegres. Hoy diríamos que sus cartas rebosaban un alto grado de empatía y de humanidad.

Otra de sus preocupaciones era fortalecer los lazos entre las Hermanas que se encontraban distantes. Consideraba que era importante informar para que se sintieran todas unidas y pudieran compartir lo que en cada comunidad o colegio se estaba viviendo. Creía en la capacidad de la comunicación para fortalecer las relaciones personales. Por otro lado, a Alberta le gustaba formar a las Hermanas en la toma de decisiones a partir de los sucesos cotidianos y de los acontecimientos más sencillos. Por supuesto, también pretendía con sus cartas crear un estilo propio de la Pureza, que se reconociera en las actitudes y en los valores de las religiosas.

Para ello, lejos de adoctrinar, intentaba más bien entusiasmar y animar a todas, tratando de mostrarles la importancia y la belleza de cada acto, por pequeño que este fuese. Las redes sociales, como decíamos al inicio, han supuesto una revolución en la comunicación interpersonal. Se minimiza el tiempo, el gasto, la espera y también el esfuerzo que supone escribir. Esta facilidad para comunicarse conlleva algunos aspectos sobre los que reflexionar como: qué compartir, con quién, qué publicidad o qué privacidad quiero que tengan mis mensajes, por mencionar algunos.

La cantidad de cartas que Alberta escribe nos lleva a afirmar que ella apostaba por una comunicación frecuente, asidua. Veía la importancia de compartir las cosas cotidianas y disfrutaba con ello. Al mismo tiempo, vemos que su epistolario no se destaca por hablar demasiado de su interioridad, de sus sentimientos. Algunos hechos tan trascendentales para ella como la muerte de su hijo Alberto son mencionados casi de pasada, como si prefiriera para estos momentos una conversación y un encuentro más personales que los que ofrece una carta. Tampoco habla en sus cartas de su vida espiritual, de cómo era su relación con Dios. Estos temas, en cambio, sí están recogidos en sus cuadernos espirituales.

Por tanto, y para concluir, podemos decir que Alberta aprovechaba al máximo la correspondencia postal para comunicarse, pero, al mismo tiempo, sabía preservar para otros medios o momentos una comunicación más íntima y personal, que no ve tan necesario exponer en sus cartas.

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