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11 abr Cooperar en competición

¿Competir es cosa de hombres? Para mucho(a)s, la respuesta rápida sería un sí. Reducido todo a estereotipos de código binario: hombres compiten, controlan y dominan; mujeres cooperan, agrupan y unen. Mujer buena, hombre malo. Cooperar bien, competir fatal. 1994: un hombre de la tribu khasi, de la India, un ejemplo de sociedad de base matriarcal, donde la sucesión privilegia a las hijas más jóvenes y quién lleva los pantalones es la mujer, con el sexo masculino concentrado en las tareas domésticas, se lamenta:«Los hombres estamos hartos de servir de sementales y canguros». La cita está recogida en una investigación sobre diferencias de género y competitividad publicada en 2009 por Uri Gneezy, Kenneth L. Leonard y John A. List.

Conclusión avanzada por la investigación: las mujeres khasi mostraban comportamientos tan competitivos como los que desarrollaban los hombres en una sociedad patriarcal:  los masai de Kenya.

¿Competir está en los genes?«Se aprende. Es un tema de cultura, un producto sociocultural». Una pregunta esencial al respecto es ¿quién ejerce el poder?, relata el doctor en Psicología y profesor del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad del País Vasco, Clemente Lobato.

La competencia, explica Pedro Rey, profesor del departamento de Economía e Historia Económica de la Universidad Autónoma de Barcelona,«desde un punto de vista económico, va casi en sus genes. Es buena, en general, para los consumidores. Pero competir no es cosa sólo de hombres. Todo lo bueno en esta vida es escaso. El número de oportunidades, también en el ámbito profesional, es limitado. Unos las conseguirán y otros no. Por eso, muchas veces no se puede evitar competir. Lo que sí hay que asegurar es que las condiciones de la competición sean justas, que las consecuciones se obtengan por habilidad, mérito y esfuerzo».

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Para el coordinador del grado en Actividad Física y Ciencias del Deporte de la Universidad Ramon Llull, Enric Sebastiani,«ser competitivo forma parte de nuestra vida y de nuestra sociedad. Pero más que aprender a ser competitivo, lo que es preciso es aprender a competir».

En este sentido, el deporte supone una«vía eficaz de transmisión de valores, tanto positivos… como negativos. La competición puede ser un gran elemento educativo: muy cargado de valores positivos, de superación, de reto, de esfuerzo, de trabajar en pos de objetivos comunes. La competición, al hacer presentes emociones muy intensas, nos hace actuar de una manera muy cercana a cómo somos. Se ve cómo respondes en realidad, no sólo de palabra, ante la frustración, la ansiedad, la exigencia, el trabajo. El papel del profesor, en este sentido, es muy importante: el de ayudar a que sus alumnos aprendan a gestionar emociones: miedo, nervios, rabia, frustración, soberbia».

Es importante tener en cuenta los límites de la competición en el ámbito deportivo: «cuando ganas, eso no te hace mejor persona que los demás, sólo que has hecho algo mejor. Cuando pierdes, eso no te hace peor (persona). Competir es un reto para sacar lo mejor de nosotros, no lo peor», apostilla Sebastiani. Para él, es básico, en la educación física «ser ejemplar: no podemos predicar unas cosas y luego hacer otras. No podemos decir que el trabajo en equipo es importante y luego hacer jugar sólo a los mejores».

Para  Clemente Lobato, especialista en aprendizaje cooperativo, es esencial distinguir entre formas de competitividad que suponen beneficios de aquellas que no.

«Es bueno que la persona compita consigo mismo. Que aprenda y desarrolle el gusto por hacer las cosas bien, por mejorar, que adquiera capacidad de desarrollo y de crecimiento personal. Que aprenda a ser más competente. En esta visión de las cosas, el competir contra  el otro se convierte en un beneficio para mí: el otro ya no es un rival ni un enemigo, sino alguien que se convierte en un punto de referencia, en un estímulo que me hace sacar lo mejor que tengo». La parte negativa, evidentemente, es qué ocurre «si alguien se me opone y me supera. Ahí puede surgir la agresividad. El concepto de que el otro es el lobo para mí». El enemigo. Etiquetas y comportamientos a evitar, advierte Lobato.

Igualmente, la competitividad intergrupal«suele ser positiva, porque se dan situaciones que obligan a combinar cooperación y competición. En un deporte, el que mejor coopera, gana. Es lo que introduce un concepto muy conveniente en la educación: el de la interdependencia positiva».

Lobato no cree tanto en el carácter de«animal social», como en el de que«somos personas interdependientes. Somos personas con carencias. Yo me siento necesitado de, y es una necesidad que sólo van a poder colmar los otros. La interdependencia lleva a establecer relaciones sociales, y entonces la cooperación aparece y se puede fomentar, lo que ayuda a fomentar el sentido de corresponsabilidad y a analizar nuestros desempeños. Responder a una carencia del otro me activa competencias, me hace más fuerte y resistente, me empodera. Los alumnos, entonces, se aprovechan unos de otros de su experiencia de aprendizaje». En este escenario, parece más fácil, pero también de un impacto más limitado,«gestionar y evaluar individualidades, que no grupos».

El tema básico, para la eficacia del aprendizaje, es «qué permite la activación de la motivación interna, intrínseca, de cada persona y qué hace posibles estos escenarios de crecimiento y de desarrollo», para lo que Lobato apuesta por el trabajo en grupos, el aprendizaje en escenarios cooperativos,«tanto desde el punto de vista de la educación como desde el cambio social, pero sin posicionarme frente a la competición», porque hay modalidades competitivas útiles.

El doctor en Psicología Evolutiva y miembro de Clic Psicólogos Pablo Verísimo reflexiona que«la selección natural ha tendido a premiar a aquellos seres que mejor han competido por los recursos. Si bien, también ha sido necesario un alto nivel de cooperación para conseguir la organización en sociedades, de manera que se le pudieran sacar más partido a los recursos», con lo que se aleja la idea de que el hombre es egoísta por naturaleza.

De hecho, en un artículo publicado en el blog de su gabinete de psicólogos, Verísimo alerta de que la propia realidad de la supervivencia en las sociedades primitivas, de cazadores, favorecía la cooperación. A nivel psicológico, «el hecho de ser competitivo tiene ciertas ventajas, ya que ayuda al ser humano a mantenerse motivado, alerta y fuera de la zona de confort. El  mayor beneficio de este carácter lo consiguen las personas cuando enfocan dicha actitud a competir consigo mismos y no con los demás, pues de esta manera consiguen superarse y alcanzar sus metas».

A nivel educativo y cultural, opina que actualmente se fomentan «tanto actitudes de cooperación como de competición, con variaciones interculturales. Así, en las sociedades orientales se tienden a fomentar en mayor medida las actitudes cooperativas que las sociedades occidentales».

El desarrollo de la capacidad y habilidad de colaboración con los otros se hace cada vez más importante en el mundo de la empresa.«La competencia tiene sus límites. Si para llegar a progresar te haces competitivo hasta el extremo de sabotear el trabajo de otros, eso es algo muy perjudicial para la competitividad de la propia empresa. Una competición mal llevada puede explotar la envidia, una bien llevada es la que convierte al rival en un punto de referencia, aquel que nos permite ver si estamos haciendo las cosas bien», relata Pedro Rey, investigador de economía del comportamiento, para quien en el fondo, se habla del equilibrio entre individualidad y grupo, entre envidia y altruismo:«hay que tener capacidad para saber separar estas cosas».

La necesidad de normas y de un árbitro «totalmente independiente, equitativo y neutral» es básica en los escenarios competitivos.«Pasados los objetivos iniciales de establecer unos referentes aceptados por todos los contendientes, los grupos pueden tener llegar a tener la tentación de mantener reglas que les faciliten aplastar a los demás (y mantener su primacía). Por eso, es muy importante que los grupos no tengan capacidad de determinar las normas de funcionamiento», relata Lobato. Esta cuestión, a un nivel económico, plantea cuestiones importantes en cuanto a la normativa de limitación de oligopolios y de monopolios, o a la liberalización de sectores donde la competencia es muy limitada: también a la posibilidad de cambiar normas y de introducir incentivos para favorecer la igualdad de oportunidades.

«Hay que ir con cuidado con los incentivos, para que garanticen una igualdad real de oportunidades. Quien parte con desventaja debe sentir que si se esfuerza, existe una posibilidad real de ganar. Igualmente, el que ha sido tradicionalmente favorecido, debe poder vislumbrar con facilidad que si no se esfuerza más, será superado. Hallar el punto de equilibrio es lo complicado», describe Pedro Rey, quien ha investigado el impacto de las diferencias de género en la competividad laboral.

Aspectos como aversión al riesgo o la sensación de autoeficacia (confianza en la propia eficiencia) o la presencia y creencia en los estereotipos,«que parecen más sociales que genéticos», en opinión de Rey, tienen gran influencia en realidades como la aún reducida presencia de la mujer en puestos de dirección en el mundo de la empresa. En una de sus investigaciones, mostraba cómo la presencia de estereotipos, más allá de la competencias reales de cada uno en el trabajo,«y de que éste es un trabajo más para hombres que para mujeres», puede motivar que, inconscientemente, muchas mujeres se esfuercen menos, porque creen que no valdrá la pena hacerlo, y reforzar y perpetuar el estereotipo», independientemente de «en qué exactamente está basado».

La realidad de que competir y cooperar son caras de una misma moneda la dan investigaciones como las de un grupo de la Universidad Carlos III y la Universidad Complutense de Madrid, que en la revista Discrete and Continuous Dynamical Systems elaboraron una teoría matemática de la coopetición, en que la combinación de diferentes elementos de cooperación y competición son partes constituyentes de los mecanismos reguladores de la vida de nuestro planeta. Y tener aplicaciones en ámbitos muy distintos. Según esta investigación, recogida en la revista Muy Interesante, esta coopetición puede explicar cómo dos multinacionales pueden cooperar en la Unión Europea, pero competir en Estados Unidos, o que dos especies vegetales se ayuden cuando una de ellas está creciendo, y enfrentarse cuando las raíces de la más joven compiten por los nutrientes del mismo territorio.

Para Enric Sebastiani,«competir no es sólo cosa de hombres, pero si es cierto que hombres y mujeres entrenan y compiten de forma diferente». La competición puede ser una «oportunidad educativa. Pero no es buena de por sí.  Para educar bien no sólo necesitamos a los profesores, sino a toda la sociedad».

La herencia y el ejemplo

Para Clemente Lobato, «cada uno vive una vida con unos aprendizajes hechos, y también con unos miedos y unas resistencias. ¿A qué es debido que se enfade un niño porque no gana? ¿Y el individualismo? Esto no se cambia de la noche a la mañana», relata el profesor de la UPV, para quien el cambio se basa en mostrar otros caminos: «si no existe la tradición de trabajar en grupos no tiene sentido comenzar a hacerlo con grupos grandes. Ve paso a paso, que primero trabajen por parejas. Lo que conviene fomentar siempre en el alumno es la reflexión sobre el propio aprendizaje, qué resultados ha obtenido de él». Sobre el poder del ejemplo y de la diferencia entre los objetivos y valores de la educación física y el deporte profesional, «donde estos valores no siempre están presentes», Sebastiani llama a saber diferenciar: «no encumbrar a determinados deportistas, que pueden estar forrados (y tener éxito), pero ser (al mismo tiempo) mal ejemplos. Todo esto conviene hablarlo en clase», no esconderlo.

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