Una vida que se gesta

“La Madre” tuvo cuatro hijos: Bernardo Emeterio, el 3 de marzo de 1861; Catalina Thomás, el 7 de noviembre de 1863; Bernardo Cleto, el 26 de abril de 1866 y Alberto, el 23 de marzo de 1867. La gestación de una vida es algo muy profundo, y la Madre la vivió en toda su hondura. Sí, la gestación es la experiencia de algo que no existía, la vivencia honda y adentro, como han cantado dos poetas, de que “el amor da a luz”. No deberían pasarnos por alto esos momentos tan significativos de la vida de aquella a quien nosotras llamamos “la Madre”, porque “hay que volver al estadio de la vida, a la madre que se levanta con legañas y lleva al niño al colegio. Ahí es donde se está produciendo el sentido (…)”.

En realidad, toda su vida fue un ser “madre”, en un sentido mucho más profundo de cuanto ella pudiera imaginar. “Todo es revelación, todo lo sería de ser acogido en estado naciente” escribió María Zambrano. La Madre iba acogiendo desde su infancia, esa Realidad que se nos brinda continuamente en estado naciente, y en la que Él se nos manifiesta en lo que existencialmente estamos llamados a vivir, si lo vamos acogiendo todo en un “incesante acto de amar: matriz compartida”. Así fueron infinitud de momentos de la vida de la Madre. De niña, iba descubriendo un horizonte que se abría ante ella al compartir la vida con su familia, con su hermano; en el interés por el aprendizaje; en el contacto con dos culturas distintas, la de su padre y la de su madre, y en los cambios de residencia; en lo que sentía hacia Francisco y recibía de él… hay tantos instantes en la vida de la Madre en los que vemos el gestarse de una Realidad que sólo puede ser acogida en el instante. Quizás haya uno que me parece especialmente significativo. Un día, de excursión con su amiga Araceli al Santuario de San Salvador de Felanitx. Una subida por un camino de tierra y piedras, buscando un espacio de silenciamiento más profundo, para meditar, para orar. Tras celebrar la Eucaristía, al regresar, bajando la montaña, le dice a su amiga: “me voy a casar. He tomado la decisión delante de la Virgen”. La boda se celebró el 7 de abril de 1860, pero como era Sábado Santo, las velaciones tuvieron lugar el 23 de abril. Símbolo de un compromiso profundo que se hace carne y vida, justo 10 años antes de su entrada en el caserón de Ca’n Clapers para iniciar su andar en La Pureza. Porque lo que se gesta está llamado a ser dado a luz.

Me impresionan también esos nueves meses que transcurren entre la muerte de Francisco el 17 de junio de 1869 y el 2 de marzo de 1870, día en que Alberta recibió la visita de Don Tomás Rullán y del alcalde de Palma. El tiempo de otra gestación, en el que ella fue madurando dentro de sí la pérdida de sus hijos y de su esposo, la posibilidad de entrar en un convento de vida contemplativa… esa llamada del Obispo a hacerse cargo de un colegio en ruinas llegó como una nueva invitación, y en ese “según las condiciones, tal vez, yo iría” que ella respondió a Don Tomás se descubre algo del misterio que nos habita, porque el que podemos decirle que sí a Dios según Su Palabra, o por el que preferimos que se cumplan las nuestras, que tantas veces se quedan cortas, pobres y pequeñas. Es lo que la poetisa Denise Levertov expresa tan bellamente hablando de María:

“Conocemos la escena…
Apareció con la solemne magnificencia de unas ¡grandes alas,
el embajador angélico, ya fuera de pie o suspendido en el aire,
al cual ella le expresa su reconocimiento, un huésped.


Pero nos hablan de una dócil obediencia. Nadie menciona
jamás la valentía.
El Espíritu que la hará concebir
No entró en ella al margen de su consentimiento.
Dios aguardó.


Ella era libre
de aceptar o de rechazar, decisión ésta
crucial para la humanidad…


Este fue el minuto del que nadie habla jamás,
cuando ella aún estaba a tiempo de negarse.


Una respiración contenida,
el Espíritu,
en suspenso,
esperando.

 

Ella no gritó diciendo: “No puedo, no soy digna”,
ni: “No tengo la fuerza necesaria”.
Ni se sometió con los dientes apretados,
Rabiosa, coaccionada.
La más valiente de todos los humanos,
El consentimiento la iluminó…
El consentimiento,
una valentía sin precedentes,
la abrieron por completo (…)”


Esa decisión que se había gestado dentro, en las entrañas, se hizo carne en un sí el 23 de abril de 1870. Un sí para toda la vida, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas, en los momentos en los que todo parecía ir ligero y en lo que se sentía el peso de tantas cosas… la Madre se mantuvo en ese sí a pesar de las “nubecillas”, a pesar de eso que escribió, ya anciana, en una carta dirigida a la H. Amalia Salvador el 22 de octubre de 1913: “(…) nuestras fiestas han pasado, como todo pasa en este mundo. (…) ¡Cómo cambiamos los mortales de un día a otro!”. Ella iba atravesando continuamente la realidad, y dejándose atravesar por esa Realidad que iba llenando de vida la experiencia de los instantes. Un sí que llegó a su plenitud el 21 de diciembre de 1922.

La Madre recibió a sus hijos, y supo devolvérselos a Dios, por unos caminos con frecuencia misteriosos y desconcertantes. Y así le fue sucediendo con todos y todo lo demás: su esposo, su colegio, su hogar, sus padres, la Normal, el cargo de Superiora General, la vista… así se iba enlazando su existencia con la de Dios, dejándole ser Su prolongación, y devolviéndole Su mismo ser divino, con la forma que iba tomando en cada instante en su pequeño contorno. El ser que había recibido de Dios ella se lo iba devolviendo: “Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno, todo es vuestro…” La Madre iba aprendiendo por experiencia personal que ese sentido que se está produciendo continuamente aquí y ahora, no se puede atrapar ni agarrar, porque lo que ha sido dado a luz no nos pertenece. “Quien cae en la cuenta de verdad, se percata de que, al momento siguiente, lo que recuerdo o imagina, ya no es la realidad sino una imagen de ella y por lo tanto hay que hacer como Jacob: coger la piedra, ponerla de pie como estela, y, grabando en nuestro interior con asombro y agradecimiento lo ocurrido, no olvidarlo ya nunca pero, a la vez, seguir caminando (…)”.

En este tiempo, nos preparamos para atisbar, para balbucear, la grandeza del Misterio que quien se hizo carne en el seno de María. Y que se hace carne también en nosotros, si le dejamos pasar y ser: “Hágase en mí”. Es también la primera vez que vamos a celebrar la Navidad con unos hermanos que, al realizar su compromiso de vida, se han vinculado de un modo muy especial al carisma que nos transmitió la Madre, a la riqueza personal que se hace en ella no sólo carisma congregacional sino, en un horizonte invitando siempre a más, Familia Albertiana. Ha sido muy importante para todos ese 14 de octubre. Ahora, como cambia la vida la llegada de un hijo, el compartir el carisma que la Madre nos dio para todos, cambia también nuestra vida. Aprenderemos, estamos aprendiendo ya, a mirar de otra manera; lo que habíamos compartido tantas veces ahora nos parecerá distinto, sus alegrías y sus sufrimientos se volverán infinitamente más nuestros, compartiremos sus pasos y sus caídas, los veremos crecer y hacerse grandes, grandes… madurar en ellos mismos, en toda su libertad, una vida que nunca se agota. Amando lo que en nuestros hermanos laicos, y en nosotras, aún está por ver la luz. Una vida que llega, y que seguirá llegando, de generación en generación. Acojamos el instante, acojamos esta vida nueva con gozo, hasta donde nos lleve… nos llevará por Sus caminos, que quizás desconcierten los nuestros, nos llevará, seremos llevados, y en nuestras existencias concretas, juntos, en el seno de Pureza de María, seremos receptáculo del que puso Su tienda entre nosotros y se hizo nuestro hermano, Jesús de Nazaret.

 

1 Comment
  • Catalina
    Posted at 17:37h, 29 agosto Responder

    Alberta Giménez, un ejemplo a seguir, una vida Crística que gesta otras vidas crísticas. Hace mucho tiempo compartí muchos momentos con la Hermana Victoria Braquehais, una voluntad dedicada al Creador y que con su ejemplo también introduce a otras personas en el Reino del Amor, concretándose en el espacio gestado por la Madre. Mis mejores deseos para esta gran Hermana, que a pesar que hayan pasado muchos años su ejemplo todavía retumba en mi consciencia. Cabe añadir que a pesar de estar alejadas por el espacio y el tiempo, unidas en la Matriz Divina, seguimos, como se dice coloquialmente, en «el mismo barco», objetivos comunes.
    Gracias a toda la congregación de la Pureza y especialmente a la Hermana Victoria por haber infundido en mi el principio del amor. Un gran abrazo.
    Lina Darder Font

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