12 dic El cardenal Newman: el beato gentleman

Escultura del cardenal Newman

En  la Historia del Cristianismo todo ya ha sido dicho. El Cristianismo tiene ya hecha sentencia del mundo desde La Encarnación. No hay herejía nueva, ni doctrina que no sea antigua. El contenido de la Fe ya está sellado. No hay historia en el Cristianismo, solo historia del mundo ante Él.

En el seno de la Iglesia, la dialéctica de tensiones humanas que pone en crisis su gobierno y unidad también siempre es la misma: el carrerismo y la tentación del poder -como ha advertido Benedicto XVI-, soberbias intelectuales, rebeldías, orgullos. Un hybris de revuelta y apoderamiento invade toda comunión heredada. En cuanto a los santos, en su infinita diversidad, su fenemenología espiritual no cambia: viven fuera de un tiempo lineal un pathos solidario de la Pasión de Cristo y una Caritas compasiva, capaz de sufrimientos mayores.

La beatificación del cardenal Newman (1801-1890), nacido y crecido anticatólico, ordenado anglicano y educado para ser antirromano,  ha sido uno de los eventos señeros de la Iglesia  del 2010.

Tres son los hallazgos del itinerario intelectual de Newman: la necesidad de vida sobrenatural en los miembros de la Iglesia, que da a la fe la garantía de lo visto, y no sólo garantía de lo oído, es decir, la santidad sostiene la transmisión de los apostóles y nos hace testigos directos de Jesús; la necesidad de una autoridad magisterial porque la Iglesia es prolongación del sacerdocio redentor de Cristo y no una hermandad de sentimientos, sobre un recuerdo o una buena voluntad; y en tercer lugar -el orden no importa- el valor sacramental de la liturgia, la sacralidad del culto en todos sus niveles, porque es espejo de lo invisible, que no irracional, de la fe.

  La causa de su canonización alumbra el signo de nuestros tiempos, tanto como su vida alumbró la contradicción de los suyos. Los tiempos de Newman eran los de resarcirse  de la Revolución Francesa,  los nuestros son los de superar la revolución anticultural  de los 60. 

El gran Chesterton, nunca suficientemente ponderado, hijo espiritual de Newman, dijo en el lecho de muerte (1936): “El asunto está claro ahora. Está entre la luz y las sombras, y cada uno debe elegir”. La frase tiene una dimension biográfica personal y otra universal. Esta encrucijada es el final de una búsqueda que emprendió Newman con el mismo resultado: la conversión  al catolicismo. Para un británico cruzar el Tévere -así llaman a la reconciliación con Roma-  es una odisea. Además del Canal de la Mancha, gran  preservador de las esencias británicas, hay que superar el coro general de un clero antirromano,  y el antilatinismo de una sociedad con memoria antihispana.

La beatificación de Newman no es una medalla  pontificia por este retorno a la catolicidad romana, ni siquiera a su brillantez intelectual. La sabiduría no es virtud teologal, ni cardinal. Se le reconoce un ministerio sacerdotal heroico que sostuvo en la oración y contemplación del misterio de la Cruz.

¿Cuáles fueron las motivaciones iniciales que empujaron a Newman a emprender  el viaje al catolicismo?  Son similares a las que tienen en dolores de purificación a la Iglesia actual.  Todo empezó en Oxford con un movimiento de profesores y clérigos conscientes del extravío  del anglicanismo, afectado por el secularismo y la intromisión del estado liberal en la vida religiosa. El movimiento de Oxford, ante la esterilidad creciente del anglicanismo, había emprendido una  defensa de la identidad cristiana y reivindicación de sus cimientos. La tradición se les revelaba como fuente fundamental para el conocimiento de la Revelación. La “sola biblia” de los protestantes resultaba ser un camino abierto a mil desviaciones. Dentro de la tradición había que considerar la piedad popular, el sensum fidelium multisecular, pero sobre todo el cuerpo doctrinal de los Padres de la Iglesia y un magisterio único.

Por otra parte, el liberalismo, como ideología del antidogmatismo (relativismo diríamos hoy) entraba en pugna con la religión. Pero para Newman una religión sin dogma es una contradicción. “Una religión como sentimiento es para mi una burla”, decía. Para una Iglesia Universal es imprescindible la vida sobrenatural entre sus miembros y el carácter divino de su autoridad y jerarquía. 

La Iglesia vive hoy un similar movimiento de reencuentro consigo misma, en el que Newman ya profetizó el papel de los laicos. Tras varias décadas de misionera exploración de un mundo que se pretende libre de toda autoridad doctrinal, de un sociedad  que ha entronizado  un  experimentalistalismo personal de la verdad sin más guía que una conciencia liberada, sin referencia trascendente, que ve en la historia una losa marmórea, una fuente de toda  represión,  la Iglesia está más habilitada que nadie para sostener su verdad de siempre. Otras verdades proclamadas desde la Revolución Francesa,  a la luz de la historia cumplida, pueden calificarse de ridículas y grotescas, si no fuera porque han resultado trágicas para millones de personas.

El Movimiento de Oxford se difundió gracias a los Tracts of the Times. Panfletos teológicos, esparcidos rápidamente por la red del clero local -a semejanza de cuanto  sucede en la web actual, donde ha aflorado una apologética cristiana de múltiple procedencia-. La Iglesia relanza hoy su doctrina de siempre gracias a una clarividente propuesta del CVII al mundo: la apertura de la evangelización  a través de los laicos. No se propuso en merma del ministerio sacerdotal. De hecho, el CVII queriendo superar el formalismo del ministerio sacerdotal, y abriendo la Iglesia a la participación de los fieles, remarcó la dimensión ontológica del sacerdocio.

A fines del s. XIX desde España se asombraban, con sana envidia, de cómo los más selectos templos anglicanos parecían más católicos que los nuestros.  En un periódico inglés se llegó a escribir en 1897  con indignación  anticontinental: “En ningún país del mundo florece el catolicismo con  tanta libertad  como  en el Reino Unido… iglesias y conventos brotan por todas partes con el vigor de la mala hierba en nuestro suelo anglicano. Inglaterra es para el catolicismo no el Paraíso, sino El Dorado”.

No deja de ser una ironía de la historia que el primer manifiesto para preservar la  misa gregoriana tras el Concilio Vaticano II, fuera iniciativa de Agatha Cristie y un nutrido grupo de personalidades de la cultura inglesa: Robert Graves, Graham Greene, Nancy Mitford … Borges, Maritain, Mauriac, Marcel… los músicos Yehudi Meuhin, Ashkenazy, Andrés Segovia. Firmaron dos escritores españoles:  Salvador de Madariaga y la gran María Zambrano, que en una ocasión  declaró que la única causa para la que había suscrito un manifiesto colectivo había sido ésta. El Brompton Oratory de Londres, la segunda iglesia católica de la ciudad,  además de otras iglesias, se convirtió en el refugio de la misa tradicional  gracias al llamado “indulto inglés” de Pablo VI cuando se instauró la nueva misa.

También es ironía  que fuera una noruega, la eminente psiquiatra Borghild Kraner, desde un medio tan hostil al ritualismo católico como el de su país, la creadora del movimiento Una Voce, en colaboración con el alemán Erich Vermehren,  católico antinazi y, sin embargo, cargo importante en el Servicio de Inteligencia Alemán (al ser descubierto en 1944 se libró milagrosamente  de la Gestapo escapando a Inglaterra). Una Voce nació para preservar la liturgia gregoriana, como si previera el experimentalismo ritual, las banalidades estéticas y espontaneidades aventureras que tanto daño han inferido a la  Misa Nueva. El Motu Proprio del Papa sobre la misa antigua no es una restauración, es un llamado al reencuentro como el beato Newman hizo en su día.

Acaso sea también signo de los tiempos ecuménicos que Rusia y algunos de sus  sus antiguos satélites comunistas, se hayan personado en defensa del crucifijo contra la sentencia de la Corte Europea de Derechos Humanos de  Estrasburgo que, a instancias de una finladesa, condena al estado Italiano a retirarlo de las aulas.

Imposible glosar aquí la  enciclopédica obra de Newman, doctor de la Iglesia in pectore, por muchos veredictos particulares como el de Ratzinguer antes de ser cardenal, o el de Borges, escritor enemistado con el catolicismo  pero que valoraba  el misticismo de su prosa. Va de la teología a la filosofía, pasa por la autobiografía, la educación y se luce en homilética. Animo a descubrirla.

Puestos a resumir, su reflexión se mueve en el triángulo esencial que encierra todo filosofar enfrentado a la condición ética del hombre: verdad,  libertad y  conciencia. ¿Cómo conjugar estos tres fundamentales? Es la gran ecuación. La verdad es premisa de la libertad y la conciencia no debe entenderse como “mi particular criterio”, y las tres sólo subsiten en la verdad revelada. Un político de primer rango dijo, no hace mucho, que no era cierto como alguien  había dicho -¡ese alguien fue Jesús! -que la verdad nos haría libres, sino que era la libertad la que nos haría verdaderos. Retomando a Chesterton:  El asunto está claro. Está entre la luz y las sombras… y cada uno debe elegir

Este artículo del historiador Manuel Oliver se publicó originalmente en la edición nº138 de Mater Purissima (diciembre 2010)

Aún no hay comentarios

Dejar un comentario