Pedro está aquí

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Imagen de San Pedro, en Roma

Miles de turistas acuden diariamente a visitar la Basílica de S. Pedro en Roma. La mayoría queda admirada ante la majestuosidad de este colosal templo. La mano de Bernini, de Miguel Ángel, de Raffaello.. de tantos artistas que han dejado su huella con obras de arte como la Piedad, la Cúpula, el Baldaquino o la exquisita vidriera que preside la Basílica son motivo suficiente para dedicar varias horas a contemplar sin prisas tanta belleza. Otros, sencillamente se estremecen por el significado que tiene esta basílica para su fe. Aquí yace Pedro. Sus restos reposan bajo toda esta majestuosidad; este hecho convierte este templo en el centro de quienes profesan la fe católica.

Curiosamente todo comenzó con una batalla. Dos generales de provincia del Imperio Romano, Constantino y Majencio, rivalizaban por llegar a convertirse en emperador. Sus ejércitos se encontraron en el Puente Milvio. Poco antes de la batalla, Constantino tuvo una visión. La cruz de Cristo se le apareció en el cielo ardiendo en llamas y en ella se podían leer las dos primeras letras del nombre de Cristo escritas en griego. Constantino resultó vencedor en la batalla y como tributo por su victoria decidió construir una basílica en el lugar donde los cristianos creían que se encontraban los restos de S. Pedro. Así pues, en el año 312 d.C., comenzó la búsqueda de la tumba. No resultó fácil ni barata la construcción de dicha basílica, pues la tradición indicaba que S. Pedro estaba enterrado bajo una colina, donde se encontraba un antiguo cementerio. Construir en ese lugar supuso cortar la cima de la colina y gastar enormes cantidades de dinero para poner los cimientos de la basílica proyectada.

Efectivamente, en 1939, una investigación arqueológica reveló que existía una calle subterránea de tumbas que había sido cubierta durante la construcción de la basílica constantinopolitana y donde se encontraba una tumba que estaba situada justamente bajo el altar y cuyas características respondían a la tumba de S. Pedro. Sobre esa tumba se encontraron 1300 monedas que habían sido depositadas seguramente para honorar la persona que allí yacía.

En 1956, una nueva investigación ofreció resultados todavía más sorprendentes. Se estudiaron los huesos que se encontraron en esa tumba y el análisis dio como resultado que pertenecían a un hombre del S. I d.C., con características coincidentes con las del apóstol Pedro. Se encontró además una tela de color púrpura y dorada que recubría el lugar donde estaban esos huesos. Sin embargo, el hallazgo más iluminador fue un pequeño fragmento de piedra con una inscripción en griego que decía:  Petros eni” (es decir, “Pedro está aquí”). Esa inscripción tiene un valor enorme para la Iglesia; constituye un testimonio eximio de la fe, el amor y la devoción que tenían los primeros cristianos a Pedro. Pone de manifiesto el lugar que ocupaba en sus vidas, en sus comunidades, en sus corazones.

Muchos siglos después de toda esta historia, Benedicto XVI en su reciente visita a Turín pronuncia las siguientes palabras: “Estoy aquí como sucesor de Pedro, y traigo en mi corazón a toda la Iglesia”. La historia de los papas es larga y sobradamente conocidas sus luces y sus sombras, especialmente quizá las sombras. Podemos decir que ha habido de todo en esta historia. Sin embargo, estas palabras de Benedicto XVI revelan una profunda coincidencia con el primer vicario de Cristo, ambos llevan en su corazón a toda la Iglesia.

 

En esta misma visita a Turín, el Papa continuó haciendo referencia en su homilía a la misión que el Señor le había confiado: “He llegado entre vosotros para confirmaros en la fe. Deseo exhortaros, con fuerza y con afecto, a permanecer firmes en la fe que habéis recibido y que da sentido a la vida; a no perder nunca la luz de la esperanza en Cristo resucitado, que es capaz de transformar la realidad y hacerlo nuevo todo; a vivir en ciudades, en los barrios, en las comunidades, en las familias, de manera sencilla y concreta el amor de Dios: “como yo es he amado, amaos también entre vosotros”.

El lienzo de la Sabana Santa que se exhibe estos meses en Turín inspiró a Benedicto XVI para hablar de la espiritualidad del hombre contemporáneo. Él se refiere al escondimiento de Dios que, dice, forma parte de dicha espiritualidad y constituye como un vacío en el corazón, que cada vez ha ido haciéndose más grande. Con estas palabras el Santo Padre manifiesta su sensibilidad y preocupación por aquellos que viven una soledad interior profunda y no encuentran dónde recobrar la esperanza. El Papa sufre con ellos, sufre con nosotros y se adentra con valentía en la oscuridad del mundo para portar la luz de Cristo. Sus palabras son palabras que proceden de esta luz: “…incluso en la oscuridad máxima de la soledad humana más absoluta podemos escuchar una voz que nos llama y encontrar una mano que nos saca afuera.

El ser humano vive por el hecho de que es amado y puede amar; y si incluso en el espacio de la muerte ha llegado a penetrar el amor, entonces incluso allí ha llegado la vida. En la hora de la máxima soledad nunca estaremos solos”.

Hoy cobra un nuevo sentido para la Iglesia aquella inscripción encontrada sobre la tumba de Pedro. Custodiada y protegida bajo la sublime arquitectura de la basílica vaticana, sus rústicas letras grabadas a mano nos repiten el mismo mensaje de hace siglos: “Pedro está aquí”.

Sus palabras resuenan en la Iglesia, con otro tono, acompañadas de otros gestos, pero anunciando el mismo misterio de salvación, de esperanza para todo hombre: “¡A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos!” (Act 2, 32), “el misterio más oscuro de la fe es al mismo tiempo el signo más luminoso de una esperanza que no tiene confines” (Benedicto XVI).

Los Hechos de los Apóstoles nos narran que tras este anuncio de resurrección de Pedro la gente preguntaba con el corazón compungido: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?” A lo cual, Pedro “con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba”.

Jesús fundó su Iglesia sobre roca, pero no era fuerte la roca en sí, el amor al Señor que da la vida, incluso por quien le falla, hizo fuerte la roca. Pedro sigue estando presente en la Iglesia, su testimonio sigue extendiéndose y confortando en la fe; lo hace ahora a través del papa Benedicto XVI, por eso hay que seguir escuchando, confiando, sosteniéndole en su misión con nuestras oraciones. A cambio, tenemos la certeza de que lleva a toda la Iglesia en su corazón.

Este artículo de Julia Violero se publicó originalmente en la edición nº137 de Mater Purissima (junio 2010)


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