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11 jun Los peligros de las nuevas tecnologías en el hogar

Hace unos meses asistí a una conferencia interesantísima ofrecida por el Dr. Francesc Torralba sobre “Educar en las nuevas tecnologías”, y quiero compartir con todos ustedes reflexiones al hilo de la misma.

Para bien o para mal, vivimos en un mundo tecnológico. No me refiero tan sólo a los objetos que nos rodean, sino al modo de vida tecnológico en el que estamos inmersos.  La educación de nuestros hijos tiene que ver con ayudarles a adaptarse al mundo, por ello es necesario transmitirles conocimientos, herramientas y habilidades para que se instalen en esta sociedad tecnológica evitando a toda costa que sean dominados por los artefactos y el sistema.

El horizonte práctico que se nos presenta a los padres es cómo gestionar el  móvil, cómo integrar la red en casa, y cómo encauzar el fenómeno tecnológico en nuestros hijos y en los hogares.

Es paradójico el aislamiento real que produce la comunicación virtual. Las familias robots, con una tele y ordenador en cada habitación proliferan. Si añadimos la disparidad de horarios entre padres e hijos y las comidas rápidas al lado del portátil en compañía de una persona oculta tras un nick a cientos de kilómetros, la comunicación familiar está perdida.

Limitar el acceso a Internet y acompañarles en sus travesías virtuales es crucial. Con las nuevas tecnologías hay paradójicamente una pérdida infinita del tiempo, en especial en los chats en los que, por otro lado, apenas se dice nada.

Por otro lado, aunque los niños estén entre nuestras cuatro paredes, que permanezcan dos, tres o cuatro horas hablando con “no sé quién” de “no sé qué” explorando mares que los padres desconocen –y ni siquiera imaginan- es una situación de gravedad. Las accesibles y económicas cámaras WEB han intensificado, si cabe, éste peligro permitiendo no sólo hablar  y ver sino, además, abrir una peligrosa y morbosa ventana a la intimidad.

En los teléfonos móviles, la red, la televisión y los videojuegos, introducir el concepto de limitación es necesario. Esto incomoda al exigir la presencia de los padres, pero lo cierto es que hay demasiado en juego.

 

El atractivo y bien estudiado marketing de la fugacidad de la imagen eclipsan la oralidad y la escritura. A este respecto hace referencia la llamada “generación zaping”: jóvenes con gran capacidad de navegación virtual pero con apenas ninguna para meditar en profundidad un texto o contemplar una obra de arte. Fomentar la lectura regalando libros adecuados a cada edad desde pequeños y dar ejemplo guardando momentos para la lectura en el hogar es una labor crucial de los padres.

¿Cómo actuar ante los primeros contactos de un joven con el teléfono móvil? Esto podría servir: “Yo te lo compro, pero a ver cómo influye tu adquisición en la comunicación real con nosotros porque, primero son las personas”. Y, como digo, poner límite a su uso.

Antes de la adolescencia, compartir series de televisión en familia puede ser un buen terreno para tomar posturas determinadas. La televisión así entendida es un buen pretexto para posicionarse en determinadas cuestiones (racismo, malos tratos…) y transmitir valores. Lo verdaderamente dramático es no hablar ante el televisor. Tampoco se deben perder malas costumbres y detalles básicos como, por ejemplo, no quedarse hipnotizados frente a una pantalla y levantarse a recibir a la abuela.

Los padres deben saber que hay videojuegos muy pedagógicos que, aunque no sean los solicitados por los niños, pueden comprar para que, con naturalidad y curiosidad, jueguen con ellos y los tengan a mano.

En definitiva, es absolutamente antipedagógico multiplicar los aparatos tecnológicos en el hogar y permitir su utilización sin ningún control. Acompañar, dirigir, consultar, limitar y censurar determinados usos de los artefactos que manejan nuestros hijos es velar por ellos. Tenemos que tratar de potenciar todas las ventajas que tiene vivir en esta sociedad tecnológica, pero, a su vez, controlar la fácil dependencia, el sedentarismo y la poca capacidad de esfuerzo que puede provocar un mal uso de las nuevas tecnologías, sin olvidarnos nunca de la oralidad y la escritura.

Este artículo de Francisco Güell se publicó originalmente en la edición nº130 de Mater Purissima (junio 2008)

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