Aitziber Landa: Un mundo feliz

Fotografía: Martin Adams (unsplash.com)

A las 10:00 de la mañana he terminado una videoconferencia con mis alumnos de Literatura Universal de 1º de Bachillerato. Después de las dos primeras semanas de confinamiento y viendo que aquello iba para largo, me decidí a convertirme en una delincuente y saltarme a la torera la dichosa Programación y las Unidades Didácticas. (En caso de que esta confesión por escrito me cause problemas con algún órgano de la justicia educativa, alegaré en mi defensa enajenación mental transitoria, pérdida de la razón causada por el encierro prolongado).

Eran las primeras semanas de la cuarentena y la palabra distopía se había colado en nuestro vocabulario cotidiano. Era trending topic en las redes sociales y en los medios de comunicación. ¿Estamos viviendo una distopía? nos preguntábamos. Nuestra realidad, de repente, de la noche a la mañana y casi sin avisar, se había convertido en argumento de una novela de ciencia ficción. Nos tocaba acercarnos a la narrativa de la primera mitad del siglo XX, así que se me ocurrió que la lectura de Un mundo feliz de Aldous Huxley podría ser una buena opción para ponernos a reflexionar sobre las preocupaciones de nuestro presente y plantearnos algunos dilemas morales.

Creo que la lectura está siendo muy pertinente y, en general, les gusta. Cada jueves nos reunimos por videoconferencia y comentamos los capítulos de la semana. Si en septiembre alguien llega a decirme que acabaría el curso dando clase en zapatillas de casa y con el pantalón del pijama (lo de la parte de arriba ya es otra cosa, incluso me pongo rímel), le hubiese dicho que tenía un buen argumento para una novela distópica o, más bien, de terror. El caso es que hoy hemos hablado sobre el sistema de castas que se plantea en el libro. Los Alfa, Beta, Delta, Gamma y Épsilon siendo, los primeros, la élite, los más codiciados, valiosos y, los últimos, la clase más baja. Las reflexiones de los chicos han sido muy oportunas. Discutíamos y se preguntaban sobre si, salvadas las distancias, nuestra sociedad también nos divide en castas.

Como he dicho, eran las 10:00 cuando ha terminado la clase y he ido a asomarme al balcón, mi nueva sala de profesores, donde tomo aire entre clase y clase, respiro un poco, despotrico conmigo misma y entonces ya estoy lista para el siguiente vídeo. De repente, he visto individuos Alfa apresurados por llegar a casa y es que, de 6:00 a 10:00 de la mañana, es el tiempo de los Alfas en nuestro nuevo sistema de castas.

Es el tiempo de los jóvenes, de los deportistas, de los más codiciados y valiosos, que exhiben y cultivan sus cuerpos todavía jóvenes. A la vez, asomaban con timidez a la puerta de algunos portales los primeros ancianos, deseosos de salir a pasear y a respirar primavera con sus cachabas en la mano. ¿Son ellos nuestros Épsilon? Desde luego hasta ahora no los hemos tenido por autoridad.

Creo no haber sido la única que allá por febrero, cuando empezábamos a hablar del coronavirus, se tranquilizaba mezquinamente al escuchar que la tasa de mortalidad era especialmente alta entre las personas mayores. Están siendo los más castigados por esta maldita enfermedad. Han muerto demasiados y demasiado solos. Algunos han sido sacrificados en las UCI para beneficio de otros más jóvenes y, al parecer, con una vida más valiosa por delante, como si la edad restara valía. El próximo jueves voy a plantearles a mis alumnos este dilema de las franjas horarias y las clases sociales.

Me esperanza: que los chicos muestren preocupación ante el mundo feliz que presenta Huxley, un mundo que ha sacrificado valores esenciales. Un mundo sin enfermedades, donde se ignorara la pasión y la vejez. Un mundo sin padres ni madres que estorben, sin esposas, ni hijos, ni amores excesivamente fuertes, sin pensamiento individual, sin Dios y donde cualquier emoción negativa enseguida es silenciada con una dosis de soma, la forma de escapar, de evadirse.

Hoy, por unanimidad, me han mostrado su preferencia por Bernard, personaje que, por un error en su proceso de creación (su altura es diferente a la de los demás) es discriminado por los de su clase. Es un personaje que mira más allá, empeñado en entender el mundo en el que vive, lo que le hace más difícil acomodarse a las normas generales de la sociedad. Respiro tranquila.

Los héroes merecedores de los aplausos del futuro están en la clase de al lado. Son los estudiantes de Biología, Anatomía, Física y Química. Los futuros médicos y científicos. Pero aquí también veo héroes. Personas capaces de hacerse preguntas, con poder de perturbar, de comprometerse, de transformar la sociedad.

Aitziber Landa es profesora de Literatura Universal en Bachillerato de Pureza de María Bilbao

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