16 jul Misión en Chelva de Deja Huella Cid y Grao

Foto de grupo de Deja Huella Grao y Cid durante la misión en Chelva

Foto de grupo de Deja Huella Grao y Cid durante la misión en Chelva

Desde el 4 hasta el 11 de Julio, el grupo misionero de jóvenes Deja Huella de los colegios Pureza de María Grao y Pureza de María Cid en Valencia, realizó su misión, como cada verano. En esta ocasión, fueron enviados por la Iglesia a realizar 8 días de misión en el pueblo de Chelva.

En esta misión participaron 14 jóvenes (entre 18 y 24 años), acompañados por la Hna. Mónica Mon (responsable del grupo). También nos acompañó durante estos días el P. Vicente Fayos (Párroco de cuatro pueblos de la Serranía: Chelva, Tuéjar, Benagéber y Calles), quien acompañó al grupo en diversas celebraciones y actividades realizadas durante este tiempo (encuentros de oración, dinamización de las celebraciones eucarísticas, actividades con niños, jóvenes y adultos, Adoración al Santísimo (NightFever), visitas a las residencias de Chelva y Tuéjar, visitas a las casas del pueblo, entre otras actividades que se fueron realizando a lo largo de estos días).

TESTIMONIOS

H. MÓNICA MON:

Por mi parte, creo que la experiencia de la misión que se realiza cada verano no solo es una experiencia positiva para el pueblo que nos acoge, sino que es un beneficio y agradecimiento mutuo, puesto que el grupo de jóvenes (y me incluyo) volvemos con un sentimiento de Iglesia muy vivo. Son días en los que sentimos la fuerza de la Iglesia de un modo especial.

Por otro lado, además de tratarse de días en los que prestamos un servicio a la Iglesia, son días en los que los jóvenes pueden detenerse sobre sus vidas y encontrarse con Dios en distintos momentos reservados para la oración personal, y, así mismo compartir la fe (en el grupo y con el pueblo). Todo esto fortalece la fe, pues la fe si no se vive en una comunidad sabemos que dura muy poco… y es muy difícil de cuidar.

Cada año D. Arturo García (Delegado de Misiones en Valencia) sueña con nosotros un sitio para hacer misión en verano. En los días previos a la misión somos enviados por la Iglesia en una Misa de Envío. Cuando llegamos al pueblo somos recibidos por la Iglesia y vivimos de la providencia de Dios. Todo ello, nos hace sentir en casa: nuestra casa es la Iglesia.

El Señor nos regala hermanos en Cristo, y esto es una experiencia que una vez se hace se va sellando una convicción de saber que nunca se esta solo “donde dos o tres estén reunidos en mi nombre allí estoy Yo” nos dice el Señor. Cada vez me convenzo más que hemos de realizar esfuerzos por tender puentes entre los diversos grupos en la Iglesia, y experimentar así, el don de Dios derramado en Ella.

CELIA MARTÍNEZ (18 años – Exalumna de Pureza de María Grao)

“¿Cómo venía yo a esta misión? ¿Qué esperaba de ella? ¿Y, ahora cómo vuelvo Pues la verdad, llegué con mucha ilusión después de prepararnos durante el curso y de organizar mil cosas las semanas previas a la misión, aunque a la vez sin muchas expectativas, pues tenía ganas de dejarme sorprender… ¡¡y el Señor siempre sorprende!! Ha sido todo un regalo poder ir descubriendo poco a poco todas las sorpresas que el Señor nos tenía preparadas para estos días. Desde las visitas a las casas y a la residencia, las excursiones o las actividades con niños, jóvenes y adultos; hasta las Eucaristías o los momentos de oración.

Así como la experiencia de vivir de la…¡Providencia! Que encarnada en personas, momentos, miradas, palabras, nos ha acompañado durante todos estos días.

Y vuelvo de esta misión cansada, ya que han sido días muy intensos para «En todo amar y servir», para darse y superarse,  pero a la vez con una gran alegría y gratitud por estos días de encuentro con el pueblo, con su gente, conmigo, con Dios y con el grupo, donde hay un clima de confianza y todos tenemos nuestro sitio, somos acogidos como somos. Han sido días de compartir la vida, la fe, las capacidades y dones, la Eucaristía, nuestro tiempo y nuestro testimonio.

Además vuelvo con un gran sentimiento de Iglesia, por sentirnos acogidos allí donde vamos, esto es también una gran responsabilidad, debemos seguir cuidando unos de otros. Y vuelvo también con el deseo de llevar lo vivido a mi vida cotidiana, planteándome qué me pide el Señor en mi realidad, porque es allí donde tenemos que seguir dando lo mejor de nosotros, es ahí donde comienza la verdadera misión.

Después de estos días y de todo lo vivido y compartido, solo puedo decir: GRACIAS.”

MARÍA MARTÍNEZ (23 años – Actualmente cursa el Master de Educación Especial en la Universidad de Valencia):

“Se acercaba la fecha y lo único que sentía eran ganas de no ir; había terminado el curso exhausta, vacía y enfadada con Dios, por lo que lo último que quería era oír hablar de Él. Por suerte, mi sentido de la responsabilidad no me dejo decir que no a escasos días de irnos y menos mal!

Me fui a la misión con el corazón roto, sin nada que poder ofrecer a los demás, con una tristeza tan profunda que me había quitado las ganas de disfrutar de la vida, de mi juventud, etc. Aun así fui, sabiendo en el fondo de mi corazón que el único que podía sacarme de ahí era ese Dios, del cual no quería saber nada.

Muchas veces tiendo a pensar que Dios actúa con magia y que con un solo chasquido iba a hacer desaparecer todo ese vacío: sin embargo olvido que soy barro en sus manos, que Dios lo hace todo a su tiempo, con amor y calma. Así que solo me quedaba una opción, dejarme en sus manos.

Fue la noche de la adoración en la que le ofrecí toda mi tristeza y mis lágrimas, mi corazón roto con la esperanza de que Él podía reconstruirlo de nuevo. Y fue a partir de ahí que pude realmente descansar en Él, descargar todo el peso que llevaba conmigo.

Supuso reencuentro porque Dios me estaba esperando en cada uno de las 14 misioneros que me acompañaban, en cada anciano y niño que conocimos. En cada gesto o mirada pude reconocer el amor de Dios que me decía: Aquí estoy, no estás sola.

Descanso. Paz. Reencuentro. Eso ha significado para mi esta misión en Chelva con los misioneros de Deja Huella”

FELIPE RAMÍREZ (18 años – Exalumno de Pureza de María Grao – Actualmente estudia Ingeniería Eléctrica en la Universidad Politécnica de Valencia)

Soy misionero de Deja Huella desde hace tres años. Para mí, tanto esta misión como las dos que he hecho anteriormente, me han hecho crecer en la fe de manera increíble. Soy un chico que a parte de en deja huella estoy en otro movimiento de la iglesia, el Camino Neocatecumenal. Voy a misa todas las semanas y comparto oración con una comunidad de personas.

Siento que no podría estar en la iglesia sin estar en Deja Huella, porque si no mi fe estaría incompleta. Siento que estoy cumpliendo no solo con lo que dijo la Iglesia en el Concilio Vaticano II y con lo que nos repite el Papa a los jóvenes cada vez que se expresa en público, sino que estoy intentando hacer vida el Evangelio. “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones” Mt 28, 19.

Por eso, cada misión es increíble y me hace ver a Dios en cada persona que vamos a visitar, en cada niño que no se hubiera acercado a misa, en cualquier otro momento del año, etc.

Por eso invito a cualquier joven que quiera ayudar a la sociedad y quiere dejar la huella de Dios allá a dónde va. El grupo de la Pureza de María, Deja Huella, siempre está abierto a todo el mundo para hacer misioneros de Cristo.”

ESTHER PIÁ (23 años – graduada en Filología Hispánica)

“Dios me habló, sin darme cuenta, desde la propia misa de envío. Como el incrédulo Tomás, yo iba a la misión con mis miedos pues, como organizadora perfeccionista que soy, me es inevitable tener siempre el runrún de “falta esto o aquello, espero que todos lo disfruten, que todo salga bien”, etc. A ratos olvidaba lo que, en breves, se me hizo evidente, que es Dios quien nos envía y allana el terreno. Como cada año, no nos faltó casa donde alojarnos (gracias  a la Orden Franciscana Laica), comida con la que alimentarnos (gracias a todo el pueblo de Chelva) ni, lo más importante, gente a la que evangelizar (o quizá más bien gente que renovase nuestra propia fe). Predicamos en casas, residencias y plazas, repartiendo papelitos con fragmentos del Evangelio, dando nuestro testimonio, organizando oraciones, jugando con los niños y jóvenes, cantando con los ancianos, escuchando y compartiendo, como en su día lo hizo el Maestro, con sencillez y devoción. El Espíritu removió corazones, y no solo entre los chelvanos, que se desvivieron por asegurarse de que estábamos a gusto y nos confiaban sus sueños e inquietudes, sino también entre el propio grupo de misioneros. No es posible darse sin abrirse en canal, y es lo que hicimos, confesando nuestras debilidades y poniéndolas en manos del Señor, rezando unos por otros y manteniéndonos unidos con el pegamento inquebrantable que es Dios, que nos animaba a seguir, a cumplir sus sueños.

Tras ocho días, recogimos en una frase lo que había supuesto para cada uno esta misión, y mantengo la mía: “Lo que es de Dios, está bien hecho”. Somos misioneros, pero la misión se hace sencilla cuando es la huella de Cristo la que se deja, y no la nuestra. Como cada año, me voy llena de paz y, sobre todo, de gratitud por todo lo entregado y recibido. Gracias.”

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