21 dic Juan Ignacio Cortés: “Las víctimas de abusos sexuales en la iglesia no se han sentido ni acogidas ni comprendidas”

El periodista Juan Ignacio Cortés, con un ejemplar de su libro 'Lobos con piel de pastor'

Juan Ignacio Cortés, fotografiado con un ejemplar de su libro, ‘Lobos con piel de pastor‘. FOTO: ÁLVARO SANTOS (EDITORIAL SAN PABLO)

‘Lobos con piel de pastor. Pederastia y crisis en la Iglesia católica’ (Ed. San Pablo) es una investigación de dos años de la «triste y horrorosa» realidad de los abusos sexuales a menores. En su fuente, «el abuso de poder» llevado hasta el pecado y el delito.  Su autor, el periodista y escritor Juan Ignacio Cortés estima que «la clave de la regeneración» se halla en la acogida y reconocimiento de los afectados, además de trabajar en la prevención. «Ha sobrado silencio y ocultación, y ha faltado mucha transparencia».

¿Qué te lleva a comenzar ‘Lobos con piel de pastor’?
La obra es mía y es fruto de dos años de trabajo, pero también lo es en un 40-50% de la insistencia de María Ángeles López, con la que coincidí en Revista 21, responsable entonces de la colección ‘Alternativas’ en la editorial San Pablo. Ella me propuso abordar el tema en un libro. Mi primera respuesta fue no: era un tema antipático, lleno de horror. ¿Quién quiere sumergirse en algo así? Pero ella continuó instiendo. Y siguió haciéndolo hasta que acabé aceptando, con muchas dudas. Y entonces, empecé a hablar con las víctimas. Al acabar de hablar con la primera, mis reticencias desaparecieron. Pensé que lo mínimo que podía hacer por ellas, y la mejor manera de honrarlas, era contar su historia.

¿El problema de los abusos sexuales a menores por parte es culpa de ser tolerantes con la homosexualidad en el clero, como clamaba el arzobispo Viganò en sus recientes cartas al Papa Francisco?
Decir esto es indefendible. Ha habido niños y niñas víctimas. Esto no es un problema de sacerdotes homosexuales. El problema tras la pederastia es el del abuso de poder. Gente con una responsabilidad que acaba creyendo que ostentar esta posición en la Iglesia les da derecho a cometer algo que es un pecado terrible, pero también un delito. Algo a erradicar, con tolerancia cero. El libro no dice nada que no sea lo mismo que está expresando repetidamente en público el Papa. La realidad es que ha faltado transparencia al abordar la cuestión: han sobrado silencios y ocultaciones. El libro es un intento muy humilde de hacer entrar luz en la cuestión.

¿La obra es un ataque a la Iglesia? Hay quien puede pensar que lo es. ¿Qué importancia hay que que darle al tema?
Presento los hechos tal y como han sucedido, sin intención de atacar a nadie.  Si queremos evitar que esto vuelva a suceder, hay que atender a los que han sufrido abusos, y luego hablar de qué se va a hacer para evitar que esto vuelva a ocurrir. La clave de la recuperación es acoger a las víctimas. Si después de tanto sufrimiento, reúnen el valor de denunciarlo, y van a un  Obispado a denunciarlo, tienen que sentir tres cosas. Primero, que se van a sentir acogidos, que no se les va a decir que lo que cuentan es una exageración. Segundo, contribuir a su sanación. Y tercero, poner medios para que esto no suceda de nuevo. Sobre la importancia de esta cuestión, las investigaciones en varios países muestran entre un 4 y un 7% de sacerdotes abusadores. No es tema menor.

¿Qué factores cuentan para se haya llegado a este nivel, en su opinión?
Uno de los factores principales deriva de la cultura del clericalismo. Nace de la opción del celibato, pero de ella acaba surgiendo una concepción de casta de elegidos, unida en una cierta cultura del secreto. Eso es algo a romper si se quiere acabar con este problema. En el fondo, esto te acaba remitiendo a dos modelos de Iglesia. El primero: el de una iglesia piramidal, casi monárquica, con cardenales y obispos en la cúspide. El sacerdote, un noble. Los creyentes,  gleba, siervos. En la alternativa: un modelo de Iglesia abierta, donde todos caminan juntos, con una organización de sentido muy diferente, de servicio. No es de recibo mantener una política de secreto, cuando lo que se precisa para responder con eficacia es más luz. También ha tenido importancia la falta de formación en seminarios, la inmadurez emocional en muchos candidatos al sacerdocio. Se toma como opción la renuncia a la sexualidad, pero prohibido hablar de ella. Esto crea un conflicto en algunas personas. Y los conflictos, si no se abordan de cara, acaban saliendo.

En estos casos que implican abusos a menores, muchas víctimas no denuncian hasta muchos años después. ¿ Por qué?
Porque no es fácil hacerlo. Se necesita mucho valor. Necesitan tiempo para acumular fuerzas, para sentir que van a poder aguantar las habladurías de la gente. La sensación social, en el propio entorno de la víctima, era que esto que han experimentado era impensable, inimaginable.

¿Qué casos le han impactado más?
Todas las historias son muy tristes. En algunos casos, estamos hablando de verdaderos depredadores, como el sacerdote de Boston condenado en 2002 (NR: John Geoghan), que abusó de más de un centenar de niños. Cuando se recibía alguna denuncia, se zanjaba el tema con un traslado de parroquia. Pero el cambio no hacía desaparecer el problema: volvía a reincidir.

 

¿Cómo se ha respondido a este tema en España?
Ahora parece que estamos despertando de un largo letargo. Durante un tiempo, existió un cierto negacionismo. Cuando comenzaban a salir los primeros casos en el extranjero, se decía que eso era una realidad lejana, que no nos afectaba. El protocolo vigente en la Conferencia Episcopal Española al respecto, que justo ahora se anuncia su revisión, se aprobó en 2010. Fue secreto hasta 2014, cuando salió a la luz pública una de las primeras denuncias de pederastia en nuestro país. Fue hecho con una mentalidad totalmente defensiva. Trata a las víctimas con desconfianza, casi como el enemigo. Tampoco se habla en él de prevención. Muchas víctimas no se han sentido ni acogidas ni comprendidas.

 

¿En la respuesta a este tema la Iglesia se juega la credibilidad?Absolutamente. No es sólo es la realidad del abuso, la comisión de un  grave delito, que debe ser denunciado también a la Justicia civil y castigado por ella, sino la subversión de valores. Es el pecado, la imagen del mal que proyecta. La irlandesa Marie Collins, víctima de abusos ella misma y ex miembro de la comisión pontificia para la protección de menores (NR: dimitió en 2017 porque pensaba que no había suficiente implicación de altas instancias vaticanas), lo resumía así: ‘las manos que un día te dan la comunión se introducen en tu vagina al siguiente’.

 

¿La pederastia en la Iglesia es un tema de hombres?
En su mayoría, sí. Son la historia de un abuso de poder. Y el poder en la Iglesia ha estado en manos de  hombres.

Aún no hay comentarios

Dejar un comentario