05 jun Tomada de la mano

Imagen del artículo 'Tomada de la mano' de Julia Violero, sobre la fe en Madre Alberta. Fotografía: Johannes Plenio (Unsplash.com)

Fotografía: Johannes Plenio. Unsplash.com

«La fe condujo a Madre Alberta a realizar cosas que incluso eran impensables para una mujer de su época. Pudo no sólo sentirse útil, sino incluso participar en el cambio de la sociedad»

Hace unos días leía sobre la experiencia de un joven que narraba cómo durante su adolescencia experimentó el vacío y el sinsentido de la vida. Se encontraba sin rumbo. Totalmente desorientado. La rebeldía era su única vía de escape, pero la insatisfacción cada vez se apoderaba más de él. Sufrió un accidente que lo tuvo entre la vida y la muerte. Durante su convalecencia, se planteó con seriedad su vida y empezó a buscar una respuesta al para qué estaba en este mundo. Se sumergió en la lectura de toda clase de filósofos y gurús. Decidió abandonar la fe católica, en la que había crecido, y comenzó a declararse ateo. Su búsqueda le condujo a implicarse en situaciones de sufrimiento y pobreza. Colaboró con ONGs y recorrió medio mundo buscando ser útil a los demás. El final de su historia está todavía por escribir.

La vida de este joven me trajo a la memoria un poema de M. Alberta sobre la fe. Ella describe la fe como el farol de un barco que sirve al hombre de guía. La fe, personificada en el poema, se pregunta a sí misma: «¿Qué puede sin mí el mortal de luces desposeído, entre las dudas sumido o en las manos del error? ¡Respira siempre temor en tinieblas sumergido! »

El poema continúa afirmando cómo la fe muestra al hombre de dónde viene y a dónde va. Toma al creyente de la mano, «cuando dócil se la da » y lo conduce a través de la oscuridad, a buen puerto.

1. Alberta también experimentó lo que es vivir sumida en dudas. Su proyecto de vida se desmoronó como un castillo de naipes cuando apenas acababa de empezar. Las muertes de sus hijos y de su marido probablemente le hicieron preguntarse más de una vez para qué estaba en este mundo, qué se esperaba de ella, hacia dónde se suponía que debía encaminar su vida. ¿Sintió miedo?¿sintió flaquear su fe? No tenemos datos para responder a estas preguntas, pero sí para afirmar que se sintió «tomada de la mano » y que comprendió que precisamente la docilidad le mostraba el camino del amor; no el orgullo o la soberbia. Así lo expresa en otro poema donde habla de una mano providente que le conduce a un jardín. Ese jardín representaba un incipiente proyecto de vida que seguramente nunca imaginó.

La fe condujo a Alberta a realizar cosas que incluso eran impensables para una mujer de su época. Pudo no sólo sentirse útil, sino incluso participar en el cambio de la sociedad, atendiendo necesidades tan imperantes como la formación de maestras, llevando educación a algunos lugares donde prácticamente no existía, o escolarizando a niñas pobres.

La fe de Alberta Giménez logró eso que tanto se suele escuchar hoy en día: «la mejor versión de sí misma».

2. El autoconocimiento, la auto-ayuda o incluso el coaching pueden ayudar a caminar hacia la felicidad, pero ninguno de nosotros puede descubrir por sí mismo su «mejor versión». Nadie conoce nuestras potencialidades como Dios, nadie, ni nosotros mismos, conocemos lo que somos capaces de hacer o transformar con su gracia.

El filósofo y sociólogo francés Edgar Morin escribía: «Navegamos en un océano de incertidumbres en el que hay algunos archipiélagos de certezas, no viceversa».

Volviendo al joven del inicio, son muchos quienes hoy saltan, como él, entre estos archipiélagos de certezas, pero el océano continúa estando ahí.

Sin duda, la confianza en la Iglesia como institución todavía está en crisis para muchos jóvenes y buscadores en general. Tampoco Alberta lo tuvo fácil en este sentido. A menudo sentía que lo que le marcaban las autoridades religiosas no estaba en total sintonía con lo que sentía en su corazón. Sin embargo, se atrevió a ser dócil, permaneció en la Iglesia, y eso la hizo audaz para llevar adelante lo que Dios le inspiraba.

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