30 may Desde dentro: la construcción psicológica del desarrollo espiritual

Fotografía del reportaje de Psicología y Espiritualidad

Decía el emperador Marco Aurelio que quien vive en armonía consigo mismo, vive en armonía con el mundo. Fácil cita, de difícil conquista. En el camino de la vida, desarrollo espiritual y psicológico van cogidos de la mano, y una vez abandonado, por obsoleto, el viejo dualismo platónico de la separación radical entre cuerpo y alma, ante las investigaciones científicas que destripan las poderosas interrelaciones y conexiones entre cuerpo y mente, se abren caminos que sugieren nuevas explicaciones que justifican diferentes maneras de vivir el compromiso religioso y el camino espiritual. Y en el origen de muchos extremismos y autoritarismos religiosos, una patología psicológica.

Desde Roma, el psicólogo y sacerdote jesuita Luis López-Yarto, destaca que «nos hacemos personas a través de la interacción con otros en relaciones significativas. Psicológicamente, estamos configurados como personas en relación». De esta manera, agrega Maite Valls, psicóloga, educadora y religiosa de la congregación de Jesús y María, «cómo nos sentimos modifica nuestra relación con los demás. También la relación que tenemos con Dios. Nuestros bloqueos, nuestras fragilidades, influyen en nuestra vida espiritual, claro que sí. A una persona con rasgos psicológicos muy narcisistas le costará dejarse amar y abrirse a los demás. Si una persona tiene dificultades para conectar a nivel psicológico con sus propios fracasos, aceptarlos y asumirlos, le será complicado llegar a una experiencia espiritual profunda. Una autoestima sana, que implica ser capaz de ser humilde, es el humus de la experiencia espiritual del cristiano».

El director del Instituto de Espiritualidad de la Universidad Pontificia Comillas, Luis María García Domínguez, sj, constata que «nuestra personalidad configura nuestra manera de percibir, sentir, pensar, decidir y actuar. De modo que, ciertamente, nuestra personalidad influye en la manera de vivir a solas con nosotros mismos, o de sentir incomodidad con el silencio, de dirigirnos directamente a Dios en un diálogo sencillo, o dar mil vueltas a la cabeza; de relacionarnos con los demás con sentido altruista o de ser unos manipuladores egoístas». Pero lo que tiene muy claro García Domínguez, es que «con cualquier tipo de personalidad se puede uno relacionar con Dios. Son muy diferentes las vocaciones de  Francisco de Asís, sensible y carismático, que Ignacio de Loyola, asertivo y organizador, pero ambos fueron grandes santos. La fenomenología de la religión habla de religiones místicas y proféticas, y creo que esto tiene mucho que ver con el estilo de personalidad, más que con los datos de la revelación o con la mayor pureza de  una espiritualidad determinada».

Espiritualidad y personalidad

De esta manera, Valls, profesora del máster en Espiritualidad Transcultural de la Universidad Ramon Llull, destaca que el camino de la espiritualidad «implica ahondar y trabajar la estructura de la propia personalidad. El camino de una vivencia espiritual sana te lleva a empatizar más con los demás, a encajar mejor las propias fragilidades, ahondando en tu propia vida. Tus conflictos no solucionados se acaban reflejando en todo, también en el cuerpo con las somatizaciones. Existe una unidad cuerpo-mente,  y el hombre, para llegar a su plenitud, y a Dios, está hecho para abrirse, para amar. Para ganar capacidad de hacerlo, debe profundizar mucho más en él. Dios actúa desde dentro del ser humano, y de ahí podemos extraer un aprendizaje».

De esta manera, nuestras vivencias y nuestro carácter pueden ser motor o freno de una vida espiritual sana. Una culpabilidad extrema, patológica, «frena  nuestra vida espiritual porque nos lleva a encerrarnos en nosotros mismos. Todo es don, pero también tarea. Unos rasgos obsesivos de personalidad pueden ser negativos, pero también pueden ser motor, como fueron en el caso de San Ignacio de Loyola». Otro ejemplo histórico, el de Saulo de Tarso, que «perseguía a los cristianos con saña, como gran fundamentalista, pero que luego fue un esforzado y pacífico evangelizador, pues su agresividad inicial se cambió en fortaleza del Espíritu», relata García Domínguez.

De esta manera, aclara López-Yarto, «muchas patologías (psicológicas) adquieren formas de culpabilidad religiosa o laica», por lo que afectan tanto a creyentes como a no creyentes y el punto a investigar «es la conexión entre patologías (neurosis obsesivas, sobre todo) y temática religiosa. No al revés».

Fundamentalismo

El director del Instituto de Espiritualidad de la Universidad Pontificia Comillas, licenciado en Psicología por la Pontificia Universidad Gregoriana, aprecia que «ni la espiritualidad ni la religión producen fundamentalistas, sino que la personalidad fundamental -de un individuo- puede usar la religión (como cualquier otra ideología) para justificar ante sí mismo sus accciones. En este sentido, la psicología ha afirmado que diversos factores pueden llevar a un cierto fundamentalismo, como una falta de identidad clara, que necesita modelos de identificación con perfiles claros que le den seguridad, o una baja autoestima, que le puede hacerse sentir importante al formar parte de un grupo, etc. El fundamentalismo adquiere tintes más radicales cuando se hace y justifica la muerte y la destrucción. Una personalidad paranoica, antisocial o narcisista puede sustentar un fundamentalismo peligroso. El subconsciente normal puede hacer que algunos fundamentalistas se engañen a sí mismos y crean  verdaderamente que hacen algo bueno y justificable, aunque piensen y actúen con daño para otros. Lo dice el Evangelio de San Juan: ‘Llegará la hora en que el que os mate pensará que da culto a Dios’.

Igualmente,  hay que diferenciar entre sentido de culpa y una culpabilidad enfermiza, excesiva, patológica. Para López-Yarto, «la culpa no está de moda. Es curioso, porque nos escandalizamos de que exista la injusticia y el mal moral, pero nos repugna que en su autor surja la culpa». Y Maite Valls apunta que «tener un sano sentido de la culpa nos hace ponernos en los zapatos del otro, nos hace ver y sentir la necesidad del perdón».

«El cristianismo no inventó la culpa», agrega García Domínguez, pues «existe la confesión de la culpa en el Antiguo Testamento y en otras culturas y religiones no cristianas. La culpa normal nace en la conciencia del hombre normal. Si un estudiante no estudia sentirá que no hace lo que debe; si un profesional hace mal su trabajo, se sentirá incómodo; si una madre no atiende bien a sus hijos, se sentirá culpable. Pero un narcisista diagnosticado probablemente experimentará muy poca culpa; y una personalidad con trastorno antisocial no experimentará ningún remordimiento de hacer daño a una persona más débil. La culpa es una emoción previa a cualquier religión, y la sienten también los agnósticos y los ateos».

Perfeccionismo

Por ello, hay que diferenciar en el camino espiritual y «otra cosa cosa es que ese sentimiento de inadecuación lo procesemos mejor o peor, que seamos realistas o nos exijamos por encima de lo humanamente posible, que aceptemos la limitación o seamos neuróticamente perfeccionistas. La personalidad obsesiva puede ser muy escrupulosa, pero eso no es el esfuerzo por la virtud que la fe cristiana pide, sino el deseo de una imagen impoluta ante sí mismo. La santidad cristiana es la de san Pedro apóstol: la de un pecador confeso que sin embargo es invitado a reconciliarse consigo mismo y con su Señor. No es santidad cristiana la de quien se desea presentar perfecto ante Dios o ante sí mismo, pues eso es solamente perfeccionismo. El Evangelio nos habla de un Dios que pide la conversión, pero que otorga gratuitamente la salvación a quien reconoce su falta y acepta la gracia. Eso proclama una y otra vez el Papa Francisco».

Maite Valls  apunta que en una experiencia espiritual sana «no existe la seguridad absoluta, que es la base de mucho fundamentalista. Una buena experiencia espiritual se deja abrir y sorprender por el misterio. Hay quien busca fuera lo que creen que no pueden tener dentro de ellos», pero eso supone un error, ya que «la verdadera espiritualidad nos abre a la búsqueda y a buscar una coherencia con la propia conciencia. Es más difícil ser libre, que seguir una pauta ya marcada», pero pone unas bases para «un desarrollo personal mucho mayor, y una trayectoria apasionante». Valls llama a tener en cuenta que vivimos «en una sociedad neurotizante, de carácter muy materialista, donde todos vivimos con prisas», pero donde a su vez, «existe una búsqueda cada vez mayor, a nivel global, de espiritualidad. Muchos ven confirmada en su propia vida que el materialismo no te facilita el estar bien con uno mismo. Esta búsqueda es una puerta de entrada a la espiritualidad y al sentimiento religioso».

López-Yarto finaliza con una convicción: «la necesidad de creer es universal. Y universalmente practicada. Creemos en la amistad, en el amor, en la honestidad de tantos otros, en la capacidad humana para el progreso y la búsqueda de la verdad. Y en muchos casos en Dios. Demos también una parte a ese mismo Dios en el hecho de que nos vayamos acercando a conocerle como quiere ser conocido».

En la era de la ansiedad

Nivel de vida y satisfacción personal no son sinónimos. «Nunca hemos tenido mayor nivel de vida», relata Luis López-Yarto y, «sin embargo nunca ha sido mayor nuestra insatisfacción (se habla de ahora que vivimos la era de la ansiedad). Sin embargo nuestros místicos hablaban de ‘noche oscura’ sin escrúpulo, y la consideraban una etapa necesaria en el camino hacia Dios. Ignacio de Loyola habla de la desolación como algo natural y que deben esperar los que son honestos en la búsqueda de la verdad. Dietrich Bonhoeffer, el teólogo protestante mártir del nazismo, proclamaba que a Dios sólo se le encuentra en el camino de la cruz. La espiritualidad de un cristiano no comienza por buscar sentirse bien consigo mismo, como en algunas espiritualidades orientales. Comienza por buscar al Dios encarnado y caminar a tientas y a ciegas por el camino de verdad, de bondad y de justicia por el que Él nos quiera ir llevando. Creo firmemente que si esto se hace con autenticidad al final uno se siente bien consigo mismo». Para Luis Miguel García Domínguez,  «la persona que se dedique principalmente a cultivar su «‘jardín interior’, a buscar la realización de sí mismo (aunque lo haga en nombre de la divinidad) habrá renunciado a vivir en relación; y esa es una espiritualidad cerrada. Los cristianos creemos en un Dios que no se instaló en su gozoso ser de Dios, sino que salió de sí mismo y se abajó hasta hacerse el último de todos.  Por eso una sana vida espiritual se moverá siempre entre la pacífica conformidad con lo que somos y tenemos y la lógica tensión de lo que nos falta a cada uno y a esta humanidad que sufre. Un cristiano estará siempre un poco incómodo hasta que se cumpla el ideal de una humanidad nueva».

La experiencia religiosa, ¿sólo una experiencia psíquica?

Dentro de las investigaciones neurocientíficas, un experimento muy conocido y polémico fue el de la creación del llamado ‘Casco de Dios’ (relato en http://bit.ly/1Nyfyat), un dispositivo experimental diseñado por Stanley Koren y Michael Persinguer que buscaba, mediante la estimulación de unas zonas específicas del cerebro, la generación de experiencias y sentimientos homólogos a los que se experimenta en la vida espiritual. «Está claro que la experiencia religiosa tiene lugar en el psiquismo humano, de modo que las neurociencias relacionan las experiencias religiosas con la actividad de determinadas zonas cerebrales, pero no es lo mismo la experiencia religiosa que su huella en el cerebro», opina Luis María García Domínguez. «No es lo mismo», agrega, «suscitar percepciones o sentimientos maravillosos (los psicofármacos actúan por el mismo principio) que producir una experiencia religiosa. La experiencia religiosa, para todos los creyentes, se siente en uno mismo, pero se refiere siempre a una relación con Otro». Para López-Yarto, «la experiencia religiosa es nada menos que una vivencia ‘humana’, profunda y seriamente humana. Es el encuentro con Dios, cómo y cuándo Él se quiere hacer presente».

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