José Luis Segovia: «La misericordia exige grandes dosis de audacia»

Fotografía de José Luis Segovia

José Luis Segovia Bernabé es doctor en Teología Pastoral, licenciado en Derecho, graduado en  Ciencias Empresariales, además de diplomado en Criminología y licenciado en Teología Moral.  En su trayectoria, la de director del Instituto Superior de Pastoral en Madrid de la Universidad Pontificia de Salamanca, además de coordinador del Área Jurídica del Departamento de Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal Española. También ha figurado en el Consejo Científico y Comité Técnico de la Fundación FOESSA, organización creada con el impulso de Cáritas Española para conocer, mediante sus estudios, la situación social de España de un modo continuado y objetivo.

 

-¿Ser misericordioso es ser un ingenuo? ¿Ser débil?
Ejercer la misericordia reclama limpieza de corazón. Pero es una bondad que sabe discernir, que no se deja engañar por las apariencias, ni reduce las personas a su comportamiento. Por eso la misericordia no es ñoña ni mojigata. Exige grandes dosis de audacia. Es virtud de personas fuertes y corajudas. Las pusilánimes y cobardes no saben ejercer la misericordia. Todo lo más la sumisión. Pero eso es otra cosa.
-¿Misericordia y compasión son lo mismo?
La compasión es la conmoción interior que padezco cuando acojo el sufrimiento del otro que me interpela y me mueve a misericordia, a volcar el corazón hacia la vulnerabilidad y la miseria del otro. Pero todo es cuestión de cómo perfilemos los términos. Lo importante no es el nominalismo. Sino ser en verdad compasivos, misericordiosos, caritativos (por añadir otro término del mismo campo de significado).
-¿Por qué no basta con la aplicación de la ley, con la justicia? ¿La misericordia abole la justicia?
Lo responde muy bien Dostoievski; «No tenéis misericordia, Solo tenéis justicia. Por eso sois injustos». Eso dejando a un lado que la aplicación de la ley no siempre es justa. Aun suponiéndolo, un mundo presidido por la justicia sin el concurso de la misericordia sería inhóspito e inhabitable. Los romanos no llegaron a la razón compasiva que bebe de Jerusalén y procuraron corregir el «summus ius summa inuria» con lo que llamaban «equidad». Pero la misericordia es mucho más. No lo digo yo, sino la Palabra de Dios: «La misericordia se rie del juicio» (Santiago 2,13)

-¿La misericordia puede ser una “gracia barata” en el sentido de justificar el pecado, más que al pecador, porque siempre, hagas lo que hagas, recibirás el perdón de Dios, si muestras (aparentas) arrepentimiento?
La misericordia no tiene nada de barato ni de light. Es una fuerza arrolladora. Cuando el ex etarra asesino es abrazado por la viuda del guardia civil que le dice «yo ya te he perdonado, ahora tienes que perdonarte tú», se produce un terremoto, un autentico vendaval de gracia y no precisamente «barata». No es una rebaja de exigencias morales, sino justamente lo que permite al culpable confrontarse desnudamente con la verdad de su horrible crimen y, al mismo tiempo, no perecer en él.. Ahí no cabe excusa ni justificación posible, ni se puede achacar nada al que te abraza. ¿A quien se que ocurre pensar que ese abrazo justifica los asesinatos? ¿O que los besos del padre del hijo pródigo son el salvoconducto para el golferío? En la práctica lo que provoca es que el exterrorista se ponga a temblar y llorar como un chiquillo y el hijo sinvergüenza no sepa dónde meterse. Hay que pasar de la crítica teórica y falaz de la misericordia a su práctica in actu. En la verdad de su ejercicio se diluyen todos esos prejuicios de laboratorio que pretenden cerrar el corazón a la perfectibilidad de los seres humanos: del que práctica la misericordia y de quien la acoge como un don desmesurado.
-Analizados los fundamentos de la misericordia, en algunos aspectos se asemeja a virtudes en éticas laicas: la posibilidad de reinsertarse en la sociedad después de cometer un delito y de cumplida una pena. Dar la posibilidad de comenzar de nuevo. Un error grave puede condicionar una vida, pero no suponer una condena perpetua, no tanto desde el punto de vista legal como de ‘estigma’ social ¿También lo ve así?
De alguna manera tienen en común el asumir que el ser humano no está definitivamente predeterminado por su pasado. Es el único animal que no solo no se adapta al entorno sino que es capaz de transformarlo creativa y genialmente. Aún más, es capaz de cambiarse, Puede desalojar el odio y el rencor que le colocaría en la posición crónica de víctima de lo irreparable y también de romper con un pasado delincuencial y asumir una nueva forma de vida. Los creyentes diríamos que el futuro es el tiempo favorito de Dios. En términos laicos, es el espacio para lo inédito viable. En todo caso, siempre depara sorpresas. La misericordia abre un portillo de luz al presente mas oscuro. Lo he podido ver también en personas sexualmente abusadas que viven un terrible infierno.
-¿Es difícil de comprender la misericordia hoy día? Requiere más cosas, como empatía, capacidad de perdonar.
Lo acabo de señalar. Nos falta fe. No solo en Dios, sino también en los seres humanos y en su bondad. Quizá lo primero, antes que otras dimensiones éticas o psicológicas sea eso: la fe. Hoy se traduce en seguir creyendo «a pesar» de lo que vemos. No es fácil, pero es cuestión de probarlo, El «venid y lo veréis», sigue siendo la única forma de mostrarlo.

¿Está muy presente en la sociedad y en las escuelas actuales?
No. Hoy domina la lógica del populismo punitivo. «El que la hace la paga». Todo se soluciona con más castigos, por más tiempo y en condiciones mas duras. Solo que nadie se molesta en verificar si ese modelo da resultados fructuosos en la práctica, incluso si protege realmente más. Creo más en la justicia restaurativa (que es la que anuncia la Iglesia) que en la vindicativa. La primera es la justicia de las tres «erres»: responsabilización (del infractor), reparación (a la victima), reconstrucción del diálogo social quebrado por el delito. Afortunadamente herramientas como la mediación penal, escolar, vecinal… van teniendo mas espacio.
-¿Cómo ve la apuesta del Papa Francisco por la misericordia declarando este jubileo?
Juan Pablo II la practicó en primera persona con su fallido asesino y la tematizó en su preciosa encíclica «Dives in misericordia». Francisco vincula la misericordia con la alegría, ese es el significado del jubileo. En efecto, como decía otra víctima del terrorismo: «solo empecé a ser felz cuando pude querer a los míos con el 100% de mi corazón. Y esto no sucedió hasta que no perdoné. ¡Estaba privando a mis hijos de una parte de mi cariño que tenia dedicado a odiar mi agresor!»,

-¿Hay límites a la capacidad de perdonar y de ser misericordioso? ¿Se podría ser misericordioso con Hitler y sus cómplices? (nota histórica: en 1962 Israel secuestró en Argentina a Adolf Eichmann, uno de los arquitectos de la solución final en la Alemania nazi, lo juzgó y lo ejecutó)
Hace quince días ha muerto un santo anónimo (nota: la historia sigue en el relato adjunto). Llevaba en el pecho la cruz de madera del etarra que había matado a su hermano. El etarra sigue llevando la cruz del asesinado (…) Claro que se puede perdonar lo imperdonable. Eso no es solo atributo de Dios, sino de los seres humanos con más calidad. Desde luego que es supererogatorio, pero someter a los nazis a un juicio sin demasiadas garantías procesales y hacer con ellos lo mismo que los bestias nazis hicieron no dignifica demasiado a sus captores. Hay una diferencia moral entre verdugos y víctimas. La línea de la humanidad la marca precisamente la misericordia, la capacidad de reconocer en el otro un prójimo…. ¿Quién es el prójimo? El que practica misericordia (continúa un extenso relato):

-¿Es una fuente innovadora de impulso a la justicia social?
La justicia social es hija de dos sentimientos morales, por llamarlos de algún modo: la misericordia y la indignación. Si nos quedamos en la misericordia, corremos el riesgo del asistencialismo. Si obviamos desde la indignación la misericordia, hacemos ideología. Entre misericordia e indignación debe haber una relación de continua circularidad y mutua interrelación. Son precisas las dos para que brote la responsabilidad de proteger, el ser guardián del hermano, que es el origen de la justicia social.

 

 

El relato

Un oficial de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado iba a ser secuestrado. Cuando estaba encadenado en el maletero de un vehículo, aparece fatalmente otro agente de paisano acompañado de su esposa embarazada. Todos son asesinados, incluida la criatura que llevaba la joven en el vientre. El hermano del frustradamente secuestrado se encontraba muy unido afectivamente a su hermano. Su muerte supuso el inicio de una depresión de la que no se ha recuperado décadas después. Actualmente, se trata de una persona muy mayor y enferma pero con un serio trabajo personal de muchos años. En su entorno es conocido que, por sus hondas convicciones cristianas, ha perdonado a los asesinos y pedía a Dios les
diese luz para darse cuenta de su error. En este punto, permítame el lector que me detenga para explicar cómo fue ese proceso de perdonar. Del mismo modo que la conversión es un proceso, el perdón es fruto del cultivo una determinada actitud mantenida durante mucho tiempo. El hermano de la víctima se dirigió a un sacerdote con quien tenía confianza y le expuso, poco tiempo
después del cruel atentado, sus dificultades para rezar el Padrenuestro completo. En particular, cuando llegaba al “como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” experimentaba un nudo en la garganta y ganas de vomitar.
No podía seguir. El buen cura, le explico que el perdón es un listón irrenunciable en el cristianismo que hace del amor a los enemigos y de la oración por los perseguidores una sublime seña de identidad. No obstante, el perdón es un punto de llegada que requiere un proceso. “Puedes omitir esa parte, –le señalo su párroco- pero no dejes de rezar el resto. La oración no configura a Dios. Es Dios quien nos formatea a nosotros. Si sigues rezando el resto, el Padrenuestro te acabará haciendo hermano de tu enemigo”. Así lo hizo Fernando durante varios años. Un buen día sorprendió al
cura: “Padre, he conseguido dar un paso importante”. El sacerdote escuchó como, sin perder un ápice la compostura, le confesaba solemnemente: “Ahora digo, ‘… como también nosotros perdonamos a estos hijos de puta´” (refiriéndose naturalmente a los asesinos de su hermano). Lejos de asustarse, el cura le dijo con benevolencia: “Está bien, hijo, ya has empezado a personalizarles. Trata de ir, poco a poco, apeándoles el tratamiento”. Y así fue. Un año más tarde, Fernando le hablaba a Dios de “esos cabrones”, “esos asesinos”, “esos fanáticos”… para acabar poniendo sus nombres ante Dios, ya sin apelativo alguno. Finalmente, en sus mismas palabras, “me atreví a añadir una línea al rezo del Padrenuestro”. Tras el “líbranos del mal”, adicionó piadosamente: “Señor, ilumínalos, que se conviertan y vean”.
Fernando confesaba como, al mismo tiempo que avanzaba en el rezado completo de la oración que Jesús nos enseñó, iba experimentando paz y serenidad en su interior. El odio, que había provocado una auténtica metástasis en su corazón, le impedía amar con la totalidad de sus afectos a su familia. Cuando fue capaz de perdonar, sin esperar ni siquiera al arrepentimiento de los asesinos, le
entró una gran paz interior y se libró de una losa que le impedía vivir más plenamente. Ello explica que cuando los facilitadores se pusieron en contacto con él, por si quería entrar en contacto con el victimario que quería expresarle su arrepentimiento, se limitase a señalar: “Dios ha escuchado mi oración. ¿Quién soy yo para negar al Señor que suscite nuevos San Pablos?”. Por eso, no dudó en aceptar la posibilidad de encontrarse con el victimario, incluso si, con los permisos pertinentes, se le conducía a su casa, dadas las enormes dificultades de movimiento que tenía por sus achaques y edad. Asimismo señaló que no tenía especial interés en preguntarle nada acerca de su participación en los hechos criminales. Su intención era acoger su petición de perdón y expresarle el dolor tan grande que le había supuesto la muerte de su hermano, cuya foto, vestido de uniforme, presidía el salón de la humilde vivienda en que residía.

Nuestras previsiones eran las de un encuentro muy breve, sencillo, sin grandes preguntas y cargado de simbolismo. La angustia de la espera hizo mella en su esposa que fue mostrándose contraria al encuentro. Ello motivó su petición de cancelarlo in extremis. Lógicamente fue aceptado de inmediato con todo el apoyo y comprensión hacia él y su esposa. Sin embargo, él mismo sugirió una opción
alternativa. Emocionado al tener noticia del proceso de cambio profundo de quien asesinó, solicitó a los facilitadores que le hicieran llegar una carta manuscrita en la que le recordaba cómo los miembros de la banda criminal habían puesto de luto a muchísimas familias y se habían manchado de sangre las manos. Sin embargo, lo más llamativo era el sobre, el encabezamiento, el final y otro
pequeño sobrecito con un regalo que remitía al ex etarra. El sobre y el encabezamiento de la carta, escritos con letra temblorosa decían: “A un hermano en Cristo”.

Pocas veces palabras tan retóricamente utilizadas en ámbitos religiosos tomaban un espesor de sentido tan profundo, Al final del texto le expresaba “mi más sincero perdón” y le anticipaba su oración por él y le pedía lo mismo para sí. El sobre contenía una pequeña cruz, vinculada con el hermano asesinado, con el deseo de que no hubiese más crucificados, que acabase el sufrimiento y la
violencia y le ayudase a caminar por el sendero de la paz. Cuando hizo entrega del sobre a los facilitadores, les insistió en que su único sueño era que un día todos los seres humanos, sin banderas de ningún tipo, pudiesen abrazarse, sin nadie sufriendo, ni muriendo de hambre, ni teniendo que venir en pateras desde África.

La extensa carta de contestación señalaba expresamente: “Yo le pido a usted y a su familia perdón de todo corazón y con total humildad. Estoy profundamente arrepentido de haber contribuido con mi militancia en ETA a la violencia asesina y el dolor inconmensurable e irreparable que ha provocado durante décadas. Desde mi conversión en julio de 1992 no ha habido día en que no haya sido consciente –y con una consciencia siempre creciente- de las tragedias provocadas por la violencia. Desde entonces trato de vivir conforme al Evangelio de Jesús y de transmitir la experiencia de mi conversión, intentando en la medida de mis posibilidades contribuir a que cese de una vez para siempre la violencia. Gracias de todo corazón por su perdón. Tendré siempre conmigo la cruz que me ha regalado. A mi vez, permítame enviarle una pequeña cruz que me ha acompañado en los últimos tiempos. La suya y la mía son signos de reconciliación en Cristo Jesús, por la voluntad del Padre. Que el Espíritu de Dios nos mantenga unidos en la oración y en la memoria de su familiar, víctima mortal de ETA”.

El mismo día de recibir la carta, los facilitadores se dirigieron al domicilio de la víctima después de haber concertado nueva entrevista con ella. Llegados a su casa, resulta que su
esposa ha salido de compras. Los facilitadores le preguntaron si quería esperar a que su esposa estuviera delante. Dijo que no, que se la leyesen a él solo. La acogió en silencio y con un profundo recogimiento interior (es un hombre que impresiona por su profunda espiritualidad, en un cuerpo machacado por múltiples enfermedades y dolores crónicos diversos). Simplemente añadió: “Muchas gracias. Es muy bonita. La guardaré dentro de la Biblia. Dios hace milagros”. Seguidamente, con una imponente y sobria dignidad, sin palabras, abrió el sobre
con la crucecita que le enviaba quien perteneció a ETA, la miró pausadamente, la besó con unción y se la puso en el cuello mientras musitaba: “Me acompañará siempre”.

En el perdón de “lo imperdonable”, hay una cuestión que no es baladí. Se refiere al actor del ejercicio del perdón. La línea de pensamiento más cercana al judaísmo) sostiene la imposibilidad de conceder perdón en nombre de otro. Por su parte, la tradición cristiana tiene una concepción más “socializada” de la ofensa y del perdón, más abierta a prácticas restaurativas con victimas u ofensores “vicarios”. Esto es, cuando los participantes en el encuentro no han sido directamente las partes enfrentadas sino que se asume el lugar del otro. Hay evidencias de la
viabilidad y conveniencia de estas últimas prácticas.

Sin duda, concordaba con Hanna ARENDT en que Jesús de Nazaret es quien introdujo en la historia el tema del perdón. Jesús habla y actúa en nombre de un Dios que establece con los hombres una relación basada en el amor desbordante y gratuito. Jesús enseña a perdonar “setenta veces siete” y continuamente muestra un Padre misericordioso que, revelado plenamente en el Hijo, nos muestra su perdón justificante (en todos los sentidos) de los asesinos “porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

(*) Relato aparecido en Esther Pascual (coord.) Los ojos del otro. Encuentros restaurativos entre víctimas del terrorismo y ex miembros de ETA. Sal Terrae, Santander, 2013.

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