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Alberta Giménez&la humildad. La humildad libera, la humildad regala

Generalmente, se suele relacionar la humildad con actitudes de bajeza, sumisión, rendición, aceptación de las propias limitaciones. Personalmente, al escribir estas líneas, me desmarcaré de este enfoque. No me convence esta perspectiva para hablar de la humildad de Alberta Giménez, como creo que tampoco convence ni atrae para presentar hoy en día la humildad cristiana.  Alberta nos desvela una humildad que tiene mucho más que ver con el reconocimiento de lo que Dios y ella, juntamente, pueden hacer. Se trata de una humildad que agradece las capacidades recibidas. Una humildad que tiene que ver más con el desplegar todos los dones que con el encogimiento: «quiero seguiros sin reserva». La humildad de Alberta atrae porque va de la mano con su libertad interior. Sus cartas nos muestran a una persona que va ganando frescura y espontaneidad con los años. 
El tono cariñoso se intensifica en su epistolario a partir de 1911, cuando Alberta tiene cerca de 75 años. A las hermanas que la conocieron se les quedó grabado que«pagaba sus ofensas con cariño y dulzura». Me parece que esta capacidad para ofrecer afecto, ternura, amistad sin tener en cuenta los agravios recibidos tiene mucho que ver con la auténtica humildad. La humildad libera, y en el caso de Alberta le ayudó a no apropiarse de lo que crecía con ella. Alberta dimitió, murió, fue desplazada y hasta menospreciada su labor, pero todos los proyectos que puso en marcha continuaron porque supo empoderar a las Hermanas para que todo pudiera continuar sin ella.
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