Imagen del reportaje sobre claves del consumismo

25 nov Consumismo en claves

¿Más consumo da más felicidad? ¿Sin consumo puede haber crecimiento económico? Las estadísticas del Banco Mundial a este respecto indican la importancia de este factor, el consumo final de los hogares, en el Producto Interior Bruto (PIB). Revisando solo los países con comunidades y colegios de Pureza de María en 2014, en España el consumo de los hogares supuso el 59% del PIB. En Colombia el 71,3%, en el Congo, el 71,5%, en Nicaragua, el 83,6%, en Italia, el 60,8% y en Camerún el 74,5%. Con datos de 2013 y 2012 respectivamente, el consumo supuso en Venezuela el 65,1% y en Panamá el 57,7% de la riqueza nacional.

Que nuestro consumo sea eficiente y no tenga impactos es harina de otro costal. Según un estudio de la FAO de 2012, difundido en la iniciativa Save Food, un tercio de la comida producida en el mundo se pierde en el camino, no llega a ser consumida.  Según el informe del Banco Mundial de 2012 What a waste, la producción de residuos sólidos urbanos se va a duplicar en 2025 (ver gráfico en la quinta página de este reportaje). La contaminación de los océanos por plásticos, con evidentes impactos en la cadena alimentaria, podría multiplicarse por diez de aquí a diez años, según estimaciones de  expertos de la Asociación Estadounidense para el Avance de las Ciencias (AAAS). Si no cambian las pautas de consumo, la Unesco advierte de un déficit de agua del 40% en 2030, tanto para atender un aumento de la producción agrícola para satisfacer las necesidades de una población mayor, como la mayor demanda de productos manufacturados.

Infografía del reportaje de consumismo en claves

Ismael Quintanilla, profesor de Psicología Social de la Universidad de Valencia y escritor, define al hombre actual «como un homo consumidor. El consumismo, el consumo excesivo, viene definido por una serie de causas: la elección de estilos de vida, la confusión entre necesidad y deseo, características personales (valores, motivaciones) y un sistema económico actual que idenfica consumo y crecimiento. A más PIB, más recaudación de impuestos, más progreso y mayor bienestar, en un círculo vicioso sin salida. Pero no se puede hacer una economía de crecimiento infinito en un planeta finito», concluye.

Consumo creciente no implica más felicidad

¿El consumo hace la felicidad? Para Antonio Argandoña, profesor emérito de Economía y Ética Profesional en la Escuela de dirección de empresas IESE, de la Universidad de Navarra, «los estudios, a nivel mundial, no encuentran una relación clara. Señalan que hay un nivel de vida mínimo, por debajo del cual la persona se siente desgraciada, porque carece de lo más elemental para llevar una vida digna. Pero más allá de ese mínimo, más consumo no significa más felicidad. Los más ricos no son los que tienen niveles de felicidad más altos. Un consumo creciente no nos aporta una felicidad creciente. Las novedades en el consumo tienen  un efecto positivo sobre la felicidad, pero transitorio. Esto es lo que nos dicen los estudios empíricos, pero en nuestra conducta personal parece que no nos lo creemos. Las invitaciones a consumir son contínuas y con cada compra nos prometen un subidón de felicidad, pero aunque se produzca, no es duradero. Los psicólogos saben muy bien que la respuesta a cada estímulo es menor.»

Argandoña señala un engaño importante: el que las preferencias individuales de los consumidores son «nuestras, que  nadie tiene derecho a imponernos otras, y que somos dueños de nuestra vida cuando podemos hacer lo que deseamos». Por contra, «nuestras preferencia de consumo se forman en sociedad», se ven moldeadas «por el entorno social en que nos movemos. Y como el entorno aprieta, las preferencias se convierten en necesidades, que condicionan nuestro consumo». En una versión más peyorativa, «somos felices el día que estrenamos un coche nuevo, pero nuestra alegría se acaba cuando aparece nuestro primo con un coche mejor. La valoración de nuestro consumo es, a menudo, comparativa, y en el límite, nos lleva a la envidia».

Bienestar y felicidad

Para Ismael Quintanilla, en la base del consumismo está una confusión entre necesidad y deseo, y entre bienestar y felicidad. «Una necesidad es comer, pero entre satisfacerla comiendo un menú de diez euros o  uno de 1.000 euros hay una gran diferencia. Irse de vacaciones a Cancún no es una necesidad, sino un deseo. El concepto de bienestar tiene fuertes componentes filosóficos, pero sí pueden ser evaluados en términos individuales y colectivos. La felicidad se relaciona más con un mundo personal, de convicciones, y es momentánea. Soy feliz cuando se cumplen unas condiciones determinadas, pero no se puede medir. Es algo momentáneo», a diferencia del bienestar. En su opinión, «la vida tiene ciclos, y yo creo en la lógica del camino, la vida recorre unos circuitos que acaban encajando. «Es más fácil ser feliz con una base de bienestar cubierta, que si no es así», pero basar un estilo de vida sólo en deseos «es un pozo sin fondo».

Para el doctor en Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) Carlos Jesús Fernández, «el modo de consumir crea la ideología del presente. Hay que reflexionar sobre el consumo y qué hay más allá de él». Para Fernández, es «muy llamativo ver que se relacione siempre consumo con crecimiento económico, sin incluir el  trabajo y sus condiciones en la ecuación».

Analizando la percepción de diferentes sectores sociales de la crisis en España, y de cómo han evolucionado entre 2010 y 2014 (en este último caso, aún no publicados), «la percepción mayoritaria es que de se va a vivir peor, que vamos hacia una sociedad más desigual y que las clases medias están desapareciendo». Constata que «el país ha cambiado mucho, pero a nivel de mentalidad no. La gente quiere consumir» y regresaría a los niveles de consumo anteriores si pudiera.

Resistencias

Existe un perfil de «consumidor nuevo, diferente, muy concienciado, pero minoritario». Alternativas como el consumo ecológico aparecen para la mayoría como «alejadas de sus posibilidades». En un artículo publicado en la revista Empiria  de septiembre-diciembre de 2014, sobre Crisis y nuevos patrones de consumo: discursos sociales acerca del consumo ecológico en el ámbito de las grandes ciudades españolas, firmado junto a Luis Enrique Alonso y Rafael Ibáñez, apunta que «el difícil contexto de la crisis, más que espolear conductas de consumo en las que se adopten filosofías alternativas en favor de la sostenibilidad, parece fortalecer las posiciones más reacias a la puesta en práctica de cambios personales y sociales que ayuden a transformar el modelo de consumo vigente».

Fernández señala que la relación entre estilos de vida personales y nivel económico no son tan automáticas y que hay países más ricos que España donde la tendencia es a vivir de forma más austera, y el mercado de reciclaje y de reutilización, de segunda mano, cuenta con mucha más importancia, aunque con un nivel y un público diferente. «En España se tiende a identificarla producto de segunda mano con la baja calidad y el bajo nivel adquisitivo», pero existen otros tipos de mercado. En su opinión, la educación tiene un gran papel en cualquier cambio que se pretenda en los modelos de consumo.

Para Antonio Argandoña, «la determinación de lo que es una necesidad real o ficticia» viene influida «por modas, ideologías, costumbres o publicidad, por tanto, no hay nada ‘sagrado’ en ellas. Las preferencias no son éticamente neutras», por lo que la determinación «de lo que es una necesidad para mí me plantea un problema moral». Para Argandoña, «el problema es que a menudo, los teóricos y los políticos proponen el aumento del PIB como el único objetivo para una sociedad, sin tener en cuenta sus limitaciones. El PIB mide algo muy concreto: el valor de la producción final de bienes y servicios en un periodo determinado. No mide la felicidad, ni el bienestar, ni la calidad de vida». Atender sólo al PIB en la economía «tiene consecuencias desastrosas, porque fomenta producir más, aunque esto sea insostenible por el mal uso de los recursos, o por los efectos que tiene en el medio ambiente, o porque desanima actividades sociales».

Este doctor en Ciencias Económicas resalta que introducir en nuestras decisiones de consumo «un poco más de racionalidad y otro poco de solidaridad no tendría por qué provocar una crisis grave. La economía de mercado nos muestra que el cambio es posible, sin necesidad de recurrir a medidas populistas o a intervenciones invasivas del Estado. En unas décadas han aparecido sectores nuevos y han desaparecido otros, y hemos sido capaces de adaptarnos a estos cambios». En todo caso, cualquier modificación implica «romper con al menos dos presiones. Una, la de los que ya están produciendo que, como es lógico, querrán que se frene la entrada de competidores nuevos. Y otra, la de los mercados financieros, que siguen divulgando la idea de que nuestro sistema económico no puede funcionar si no maximizamos el beneficio de las empresas que ya están en funcionamiento». Señala que Benedicto XVI proponía en su encíclica «abandonar el monopolio del mercado y del Estado, dando entrada a otras formas alternativas de producir, crear empleo y ofrecer solidaridad». Sin embargo, asevera que el consumo es y seguirá siendo importante, porque «nuestro desarrollo físico, mental, social y moral depende mucho de lo que consumimos, de cómo consumimos y de por qué consumimos. Eso de que ‘somos lo que consumimos’ tiene una parte de verdad».

Valores

Para Quintanilla, «un estilo de vida y de consumo está basado en el modelo CREA. C de cambio, R de reciprocidad, E de empatía y A de armonía, La armonía está basada en valores. Tú eres porque son los demás», por lo que estima que sin espiritualidad, sea esta de carácter religioso o laico, «es muy difícil cualquier cambio del modelo actual. Para cambiar los valores necesitamos ejemplos» y la crisis también está mostrando una parte buena de la sociedad «que es de una gran solidaridad», que «no sale en las noticias pero es real», que observa «en los jóvenes y en las aulas».  En su opinón, «la Ilustración ha muerto», como modelo de imperio de la razón. El concepto del ‘hombre-masa’ del filósofo Ortega y Gasset está «plenamente vigente, 100 años después». El hombre-masa es aquél que no está al nivel de sí mismo, el que se encuentra a mitad de camino entre el ignorante y el sabio, que cree saber y no sabe, y el que no sabe lo que debería saber. Progreso individual y social pueden marchar por caminos muy diferentes del  económico, y el gobierno actual es de «tecnócratas del conocimiento». La razón, según el criterio de Quintanilla ha dejado paso a decisiones «basadas, ante todo, en emociones y sentimientos. Las emociones dan mucho dinero, pero son más fácilmente orientables y manipulables» y pueden fomentar los extremismos, «frente al debate sosegado» pero existen las alternativas, y «no son utopías, sino realidades tangibles».

El fomento de la economía circular

La economía circular, el aprovechamiento al máximo de las posibilidades de la recuperación, reciclaje y reutilización de los recursos es uno de los ejes principales de la planificación económica en Europa. Según la Comisión Europea, la mejora de la prevención y gestión de residuos en la Unión Europea podría crear más de 400.000 puestos nuevos de trabajo. Asimismo, la adopción de unos criterios de eficiencia energética en el sector de la construcción también podría generar idéntica cifra de nuevos empleos. Los objetivos europeos de reutilización de residuos urbanos implican llegar al 70% en 2030 y aumentar la tasa de reciclaje de papel en esta fecha al 90%, un 60% en el caso de los plásticos y del 90% para hierro, aluminio y vidrio para finales de esa década. Los empleos ‘verdes’, según su clasificación, han crecido un 20% entre 2007 y 2011, y entre 2002 y 2011 pasaron de 3 a 4,2 millones. El potencial hasta 2020 es hasta 20 millones de lugares de trabajo en estos ámbitos.

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