02 jun Libres en construcción

Imagen del reportaje sobre la libertad emocional

Libertad. Todos hablamos de ella, otorgándole significados muy diversos. En ocasiones, opuestos. La Real Academia de la Lengua, entre sus múltiples acepciones, la define como «facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos». También habla del concepto de libertad de espíritu, como «dominio o señorío del ánimo sobre las pasiones».

«¿Cómo gestionamos las emociones? Es un tema olvidado a todos los niveles, incluso el educativo. Los padres dedicamos muchos recursos y mucho tiempo a la formación de nuestros hijos, con el objetivo a largo plazo de conseguir un trabajo», una vida de éxito, relata Sílvia Álava, psicóloga y escritora integrada en el Centro de Psicología Álava-Reyes de Madrid. «¿Dedicamos el mismo tiempo a aprender cómo gestionar lo que sentimos?». Es obvio que no. Y sólo somos libres cuando somos capaces de regularnos, de controlarnos. Seré libre cuando soy capaz de decir en cada momento lo que quiero. Pero si no lo soy, mis emociones van a decidir por mí», agrega Álava, quien ve clave este aspecto en la educación: «Es muy importante desarrollar en el niño el autocontrol que le va a exigir la propia sociedad. De lo contrario, los niños pueden ser rechazados».

El psicólogo Ferran Salmurri, autor de obras como Razón y emoción. Recursos para aprender y enseñar a pensar, es de los que opina que «emocionalmente, estamos en la prehistoria», a pesar de los avances científicos y económicos, del progreso general de la sociedad.

«Continuamos siendo esclavos de la ansiedad, y principalmente del miedo. Un poco de ansiedad ayuda a estar vigilantes, despiertos. En exceso, es paralizante, es una vida en la que no podrás  y no te permitirás hacer nada». Para Salmurri, «ser libre quiere decir, para comenzar, dejar de ser esclavo de las propias emociones» y optar por educarlas, priorizando «el enseñar a pensar, cuando principalmente nos enseñan a obedecer. Enseñar a pensar se hace poco, y muchas veces, mal». En uno de sus libros, Libertad emocional, asevera: «el comportamiento agresivo es del todo humano y previsible. A menudo se suele olvidar que la ira, la cólera y la rabia, como las otras emociones, son consustanciales al género humano. La influencia de lo exterior es mayor cuanto menor es la educación emocional. No hemos caminado mucho más allá de la acción-reacción (…)».

«Somos lo que practicamos, lo que hacemos, lo que pensamos y sentimos, y en esta relación, nuestro cerebro se modica continuamente. Lo que sentimos depende de lo que pensamos, y eso nos da un gran margen para cambiar. La creencia de que no podemos cambiar, además de no ser verdad, es la causa principal de nuestro empobrecimiento personal. Todos podemos aprender a pensar mejor, a luchar por nuestra felicidad, en un camino que va de abajo hacia arriba, de crecimiento personal, porque no se trata tanto de prohibir, sino de educar, de  aprender a sentirse bien consigo mismo, y también con lo que te toca vivir».

Complejidad
Antonio Vázquez, religioso mercedario y doctor en Psicología, se muestra reticente al concepto de libertad emocional «porque la libertad humana es una realidad compleja y pluridimensional. Corremos el peligro de un inadmisible reduccionismo». En su opinión, «ser uno libre, en su dimensión psicológica, «es cuando soy auténticamente yo mismo, o al menos trato de serlo. Esto es, cuando lo que pienso, lo que digo y lo que hago coinciden: siendo tanto más libre cuanto mayor sea el acuerdo entre estas manifestaciones de mi acción interior con mi conducta exterior».

Vázquez alerta sobre los riesgos de proyectar en los demás aquello negativo que uno es incapaz de asumir, «y que hace interpretar equivocadamente los comportamientos (de los demás). Por ejemplo, tomando en serio lo que era una broma cariñosa, o pensando que cuando dices algo, siempre es intencionadamente para él. Esto de la proyección como mecanismo inconsciente de defensa lo descubrió Freud y lo utilizó especialmente Jung, pero ya lo conocían los antiguos monjes, según se desprende de este conocido refrán: ‘Si quieres saber de qué cojea un hermano, fíjate de qué murmura o critica en otro’».

Para ser libre «hay que ser conscientes de lo que nos ocurre y de lo que sentimos. En la vida, juzgamos y culpabilizamos mucho, cuando en realidad nos convendría ser mucho más empáticos, que son discursos mucho mejor recibidos y aceptados. Por ejemplo, muchas veces reñimos y discutimos continuamente con nuestros hijos por cosas totalmente secundarias. Acabamos pegando broncas que en realidad no sirven de nada. Bueno, sí, para aumentar nuestro distanciamiento con ellos, para perjudicar la autoestima del niño…¡e incluso incentivar comportamientos deshonestos!», como mentir para evitar la reprimenda. «Tenemos miedo y nos autosometemos a él. Y este miedo, en nuestra sociedad actual, no está justificado, nos paraliza. Antes, por una diferencia de opinión podías ser quemado en público. En una sociedad como la actual, ¿se justifica seguir igual? Si quieres cambiar, debes dejar de hacer las cosas igual, sabiendo que el mensaje culpabilizador sirve de poco».

Para Salmurri, en la base de  sentirse libre y de «aprender a ser feliz» está «plantearse el para qué vivir. No el porqué, sino el para qué. ¿Cuál es el objetivo de tu vida? En base a esto, aprenderás a reconocer qué te hace sentir feliz y a sentirte mejor contigo mismo» y a marcarse objetivos en esta línea.

Según el criterio de Silvia Álava, «ser libre no implica ser una persona incómoda. Una persona que aprende a gestionar mejor sus sentimientos, sus emociones, alguien que desarrolla su inteligencia emocional, es alguien que tendrá más empatía, que contará con mejores recursos para obtener más y mejores relaciones con los demás». Por lo tanto, el impacto de esta libertad, de esta evolución personal «es absolutamente el contrario. De hecho, contar con una buena red social de apoyo es un factor protector contra emociones negativas como es la ansiedad».

Inteligencia emocional
La importancia del desarrollo de la inteligencia emocional en los niños, y de una comunicación adecuada de esta evolución con padres y escuelas, es parte de un proyecto conjunto entre el gabinete de psicología Álava-Reyes y la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), en desarrollo desde hace dos años, y que ha cristalizado en una aplicación informática para móviles, un videojuego llamado Gomins (ver más detalles en www.gomins.es), que sirve para la evaluación y desarrollo emocional de niños e 4 a 11 años, gestionando aspectos como la impulsividad, el autocontrol o el reconocimiento de emociones por parte de los jugadores, de forma que sus mediciones pueden resultar una guía para educadores y padres sobre qué aspectos se pueden trabajar.

En el debate sobre la libertad emocional, «la clave es la autoobservación. Ser capaz de detectar las señales de alarma, ser consciente de ellas, para poder tener capacidad de cambiarlas», agrega  la psicóloga madrileña. En el debate sobre cómo lograr ser feliz, está claro que «la felicidad sólo la puedes obtener si disfrutas en el camino para conseguir tus objetivos, no sólo cuando los consigues. No es nada sano convertir deseo en necesidad, porque entonces me voy a sentir faltal si no lo tengo.Hay que valorar mucho más lo que tienes, que no que no tienes, porque si basas tu felicidad sólo en cosas materiales y en su posesión, algo que a veces no está en nuestras manos», la sensación de bienestar interior disminuye.

Vázquez, licenciado en Filosofía y ex decano de Psicología en la Universidad Pontificia de Salamanca, al ser preguntado sobre si ser libre emocionalmente es un paso necesario para ser feliz, hace suyas las palabras del conocido psiquiatra Enrique Rojas: «la felicidad no depende de la realidad, sino de la interpretación de la realidad que uno hace».

¿Libertad=espontaneidad?
Se puede llegar a asimilar, destaca, libertad a espontaneidad, «que es la que siente un pájaro enjaulado cuando puede huir y volar a su antojo. Es también la que siente un prisionero cuando logra escaparse de su prisión. En ambos casos, este tipo (de espontaneidad) proviene de una necesidad instintiva. Ahora bien, existe otro tipo de espontaneidad, que yo llamaría personal, que procede de un cierto grado de madurez individual, según lo cual, quien valora debidamente llegar a ser auténtico, armoniza su pensar, decir y actuar, tratando de evitar sus ‘cadenas interiores defensivas’, más o menos inconscientes» y puede llegar en el  plano personal «a hacer el bien y olvidarse de sí mismo (citando como ejemplo casos como el de Teresa de Calcuta).

Esta espontaneidad es fruto de un largo proceso personal, espiritual y libre, en que se ‘recodifica’ la vivencia y la conducta, pasando de un código genético a un código cultural-valorativo, generalmente de carácter ético-religioso». Vázquez destaca que los humanos «han necesitado y necesitan construir códigos culturales que les permitan dar cauce real al despliegue de su vida». La construcción de estos códigos, en su aspecto personal son «proyectos de existencia» y ponen de relieve «la importancia de la libertad en la decisión vocacional. No sólo asumiendo el pasado (para prevenir posibles represiones inconscientes), sino mirando al futuro, para una realización en base a deseos, valores y posibilidades, convirtiendo así el destino en vocación libremente asumida y fundada en valores, que otorgan un sentido trascendente a la vida».

Entonces, desde el punto de vista psicológico, alcanzar esta libertad es «llegar a un cierto grado de madurez personal». Desde el religioso, «un renacer a una infancia espiritual», lejos de la pasividad, adoptando «una muy determinada determinación. Nunca llegamos a conocernos del todo, si no salimos de nosotros mismos», apunta Vázquez citando a Santa Teresa de Jesús, «y nos vemos desde Dios, que es la misma Verdad, y  nos conoce tal y como somos».

Ferran Salmurri interpreta libertad emocional en sus obras como «liberarnos de las prisiones y tiranías en las que en muchos casos se convierten nuestras emociones y sentimientos. Entiendo esa libertad emocional como un valor, como una praxis, cuyo ejercicio nos reporta una inmensa esperanza de cambio». En su opinión, «un mundo con 7.000 millones de personas que, igual como en la prehistoria, se rijan por el egoísmo y por unas emociones descontroladas, es insostenible. Es la percepción positiva de uno mismo lo que hay que fomentar, y los padres deben enseñar a sus hijos a ser más felices. Nuestros errores nos muestran que somos humanos, no fracasados o culpables».

¿A quién beneficia el autocontrol?

El neurociéntifico Matt Lieberman realizó un estudio del cerebro en el que detectó que una región específica del cerebro, el córtex prefrontal ventrolateral, especialmente en su parte derecha, es el responsable de los procesos de autocontrol.  Suele ser mayor en los adultos que el izquierdo. Curiosamente, esta diferencia de tamaño no se registra cuando se nace, o en la infancia, sino que se detecta a partir de la adolescencia, cuando se han desarrollado las capacidades de autocontrol.

En la reflexión sobre el autocontrol y sus beneficios o perjuicios no sólo aparece la neurociencia, sino la filosofía, la religión y la ética. La reflexión que se hace desde un punto de vista individual es que el autocontrol va en nuestro favor y nos da capacidad de control sobre nuestras vidas. Sin embargo, es una realidad que también refuerza las conexiones sociales, porque ayuda a priorizar los bienes del grupo sobre los propios y sirve para armonizar los intereses individuales y grupales.

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