La muerte explicada a los niños

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Imagen del reportaje de la muerte explicada a los niños

En el ciclo de la vida, todo tiene un final: la muerte. Un momento duro, en que el sentimiento de pérdida, la tristeza, el dolor de la familia y los allegados es general, omnipresente. Para los católicos, un paso más hacia el momento del abrazo definitivo con el Padre. Pero en el hoy y ahora, un momento del que cada vez más, se intenta proteger y ocultar en la medida de lo posible al niño. También como forma de evitar afrontar un tema que plantea grandes interrogantes y miedos al propio adulto. ¿Es correcto o positivo hacerlo? Los especialistas consultados por Mater Purissima dan un no rotundo, y eso implica explicar los porqués.

«Es evidente que de la muerte se habla cada vez menos. Parece que asusta o se la niega. Lo mismo pasa con los niños. Desde que nacemos, tenemos una sola y única certeza como seres humanos: todos vamos a morir algún día. De cómo tratemos de integrar ese misterio en nuestras vidas, marcará nuestra forma de vivir. Los niños necesitan hablar de estos temas difíciles y no que se les oculte. Por supuesto que lo mejor no es esperar a que suceda un hecho doloroso para hablar de él», argumenta Luis Benavides, profesor, escritor, catequista y miembro del equipo directivo del Instituto Superior de Catequesis de Argentina (ISCA).

Para José Carlos Bermejo, religioso camilo, profesor universitario y experto en humanización del duelo y bioética, «pertenecemos a una cultura latina que tiene dificultades a la hora de lidiar con la muerte en general, y tanto más al hablar de ella con los niños. Pensamos que hablar es generar un mal, cuando en realidad los niños juegan con ella en las videoconsolas. La ven en las pantallas, reciben información, saben obviamente de la misma, aunque reaccionen como son: niños. Hablar de la muerte con los niños se puede equiparar a hablar de la vida y del amor».

De su experiencia en la dirección del Centro de Humanización de la Salud en Madrid, y de su trato con enfermos en cuidados paliativos y sus familias, apunta que «hablar de la muerte es hablar de la vida, de lo que hemos hecho, de lo que nos queda por hacer, de lo que significamos los unos para los otros, de lo que tememos y del legado que queremos dejar. No es un tema tétrico, sino vital, con sabor a tiempo de calidad compartido».

Bermejo, de sus experiencias profesionales con personas en los últimos días de su existencia, se queda con que «en la hora final, descubrimos nuevos valores o nos reafirmamos en los más nobles que hemos vivido en nuestra vida. Aproximarse al final es tener la oportunidad de revisar la historia y convertirla en maestra. Es tener la oportunidad de saborear cada instante, que puede tener más significado que mucho del tiempo cronólógico ya vivido. El tiempo, al final, sigue un reloj emocional y espiritual, más que un reloj cronológico».

Para la psicológa y escritora Begoña Ibarrola, autora de libros como Cuentos para el adiós, donde ofrece historias para niños en que plantea diversas vías para afrontar el momento del óbito y del duelo, opina «que la muerte es la otra cara de la moneda de la vida. Todo lo que tiene vida puede morir, y eso es algo que debemos enseñar a los niños desde bien pequeños para que lo vean como un proceso natural. La protección excesiva de la realidad sólo hace crecer personas frágiles, que ante la menor dificultad, dolor o contratiempo, se vienen abajo y una de las tareas fundamentales de la educación es preparar a los niños para la vida».

La teóloga, pedagoga y escritora Carmen Pellicer, directora de la Fundación Trilema, también autora de cuentos sobre el duelo como Kamino y yo o Una promesa, creo que es conveniente «abordar explícitamente estos temas en familia antes que ocurra una crisis, aprovechando situaciones de la vida diaria como la pérdida de una mascota o la lectura de un cuento. Si esperas a que ocurra algo, te encontrarás mal y no tendrás facilidad para expresarte bien, el dolor puede ser más fuerte que tu capacidad de reflexión». La directora Trilema agrega que plantear este tema «no es un problema moral, sino la realidad que nos ha tocado vivir», por lo que supone un error la ocultación «y criar a nuestros hijos entre algodones. Hay que entrenar vitalmente en la fortaleza del carácter», lo que implica ganar capacidad para superar el dolor y el sufrimiento.

Ibarrola alerta de la conveniencia de que los padres no oculten sus propios sentimientos a sus hijos cuando se registra la muerte de un familiar. «La expresión de emociones, tanto en adultos como en niños es muy importante. Reprimir la emoción de la tristeza para evitar que los niños causa un doble problema. Por un lado obliga al adulto a reprimirse, y una emoción reprimida genera una tensión interna que puede llegar a provocar problemas físicos. Por otro lado, le transmitimos a los niños el concepto de que llorar es malo».

«La tristeza es un sentimiento tan legítimo como la alegría. Cada niño, dependiendo de su edad, tendrá una necesidad diferente de mostrarla y compartirla. Lo que necesitará en ese momento será acompañamiento emocional, más que plantear filosofías de vida», agrega Carmen Pellicer.

Luis Benavides, autor del libro Temas difíciles con niños, de editorial PPC, señala que no tiene sentido ocultar y no explicar la muerte, cuando el contexto por el fallecimiento que puede vivir el niño es radicalmente diferente: «la tía que vive lejos se viene a vivir con nosotros. La vecina pasa todos los días, papá anda llorando por los rincones, todo el ambiente es de angustia y congoja, pero no le decimos nada ‘para no asustarlos’». Los contextos son importantes. En su opinión, hay que tener muy en cuenta «que los niños completan con fantasías más terribles que la realidad lo que no comprenden».

Es por eso que Ibarrola alerta sobre el uso de metáforas del tipo el abuelo se ha quedado dormido y ya no va a despertar, porque «la muerte es un fenómeno muy diferente al sueño y los niños interpretan literalmente estas metáforas. Conocí el caso de un niño que, debido a esta explicación, no quería dormirse por la noche, pues pensaba que a lo mejor no despertaba, como le había pasado a su abuela. Tampoco es adecuado decir que la persona fallecida se ha ido de viaje, o explicaciones similares que lo único que hacen es causar angustia o intranquilidad, y no permitir que se elabore el duelo, fenómeno necesario tras una pérdida».

Benavides es de los que recomienda usar con los niños: «la verdad, la verdad y siempre la verdad. No fantasear con la muerte ni distorsionarla.. Tengamos siempre presente la sentencia de Jesús: la verdad os hará libres».

Las explicaciones deben ser claras y concisas «hasta donde el niño pregunta. Tampoco es necesario abundar en detalles ni explicaciones embarazosas. Y como corresponde a la lógica evangélica, la verdad subordinada al amor. La verdad sin caridad no tiene sentido. Es bueno que el niño sepa que nosotros también sufrimos, que también tenemos miedo, pero que sobre el miedo tenemos esperanza y fe en en triunfo de Jesucristo sobre la muerte», explica Benavides. Este es un tema básico para Carmen Pellicer, porque «el cristianismo es el relato de la muerte vencida» y plantear este tema «es fundamental en la escuela del creyente, porque la fe es algo más que cumplir un listado de normas».

Begoña Ibarrola manifiesta que «los niños tienen acceso al mundo espiritual desde bien pequeños. Para ellos, puede ser muy natural que los padres les hablen de sus creencias religiosas. Lo más importante es que haya coherencia entre lo que se cree, lo que se dice y lo que se siente. Una niña le preguntó a su padre por qué lloraba si el abuelo ahora estaba en el cielo con Dios. Si Dios era tan bueno y el cielo era un lugar tan maravilloso, no comprendía el dolor del padre. Conviene explicar entonces que lo que nos duele es no volver a ver y a estar con esa persona, es decir, nuestro apego a su presencia».

Bermejo, también escritor, autor de obras como Estoy en duelo o Jesús y la salud, cree que hablar de la muerte es «hablar del sabor de la vida. La vida tiene el sabor que tiene porque hay un final que delimita las posibilidades, porque no es interminable ni eterna en la forma en que la conocemos». Para Benavides, «preguntarnos por el sentido de la muerte es descubrir el sentido de vivir. Cambia nuestras prioridades, relativiza los problemas cotidianos y le da más importancia a las cosas en que hallamos satisfacción. Como sabemos que nos vamos a morir, queremos aprovechar bien nuestras vidas».

Interpretaciones y necesidades diferentes según la edad

La asunción de la pérdida de un ser querido es muy diferente en los niños según las edades. Hasta los tres años, «la palabra muerte no les dice nada a los niños. Perciben la separación como abandono, por eso necesitan seguridad de que los adultos les van a cuidar», explica la psicóloga Begoña Ibarrola. En cambio, un niño de 6 años ya es capaz de ver la muerte «como algo definitivo e irreversible, y eso le causa un mayor dolor y temor, pues supone aceptar que ya nunca más va a poder estar con esa persona. Compartir la tristeza es el mejor consejo, legitimarla, no esconderla y buscar momentos para compartir recuerdos y experiencias vividas». Agrega que «los niños pueden exteriorizar su pesar con llanto y tristeza, pero también a través de la cólera, la ansiedad o la inquietud» y que hay que estar preparado para ayudarles. En la escuela, tratar el tema con los compañeros «crea lazos de unión afectiva muy fuertes, pues precisamente el alumno que esté pasando por este momento difícil puede encontrar en sus compañeros y profesores elemento de apoyo emocional muy importantes».


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