15 abr Vías para la coherencia

Imagen del reportaje sobre coherencia y su importancia

«Cuando uno no vive como piensa, acaba pensando como vive». Esta frase del filósofo y dramaturgo francés Gabriel Marcel es el reflejo de un eterno debate: la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Tema en que los latinos ya entraban con el clásico «hechos, no palabras» y los antiguos griegos con un «no me digas que es la sabiduría. No me digas cómo vivir y obrar bien. Muéstramelo». La neurociencia indica que nuestro cerebro está configurado para construir creencias e intenciones. Pero creencias, palabras y realidad, a veces, marchan por caminos separados. De lo grande que sea esta distancia puede estar el origen de múltiples problemas, tanto consigo mismo como en la relación con los demás. Amargos frutos de lo que los psicólogos conocen como disonancia cognitiva.

LA COHERENCIA IMPLICA PERDER MIEDO AL FRACASO

«Todos necesitamos sentirnos coherentes y organizar nuestra idea alrededor de algún hilo que la vertebre.  Necesitamos creer que estamos en lo correcto, que nuestra forma de ver las cosas es la adecuada. No tanto de cara al exterior, como de cara al propio interior», relata el doctor en Psicología y profesor del Royal College of London Miguel Ángel Vadillo.

Para el periodista, escritor y director del Máster en Desarrollo Personal y Liderazgo de la Universidad de Barcelona Borja Vilaseca, «la coherencia es un tema complejo. Cada uno es coherente en función de sus valores, principios, decisiones, actitudes y comportamientos. ¿Pero desde dónde tomas tus decisiones? ¿Tus ideas son tuyas o te las han impuesto? Sólo con una forma de pensar libre podrás serlo. Las personas pueden ser muy incongruentes, porque han recibido unos valores materialistas impuestos por la sociedad y su entorno, pero con los que no se identifican. Muchas de estas personas, ahora, se cuestionan su integridad y los resultados de su vida».

Joan Garriga, psicólogo, escritor e impulsor del Instituto Gestalt de Barcelona, apela a tres claves para estar bien consigo mismo y con los demás: «Verdad, valentía y conciencia. Verdad porque en la vida hay que ser transparente, vivir siendo quien eres realmente y no otra cosa. Si no lo haces, caes en la impostura, en la construcción de un personaje. Y quien vive la vida desde un personaje se aleja de sí mismo y sufre inevitablemente».

 

Verdad interior, valentía y conciencia
En la vida, reflexiona el autor de La llave de la buena vida. Saber ganar sin perderse a uno mismo y saber perder ganándose a uno mismo., hay que tener capacidad para poder atravesar las puertas  «del saber ganar, pero también las del saber perder», extrayendo de cada caso las experiencias y lecciones pertinentes. Un camino que implica «acercarte a tu verdad interior y ser valiente, para «atreverse a vivir arriesgándote a ser lo que eres en cada momento y dar lo que tienes, superando el miedo al fracaso o a la crítica de los demás. Es la fuerza para sostenerte en tus propios pies, no dar a la vida lo que no tenemos».

Conciencia, por último, es «darse cuenta de las cosas, analizarlas, hacer silencio, estar atento a lo que te pasa y a lo que sientes y vives. No podemos ser fieles a nosotros mismos si no nos esforzamos en dar este paso. La coherencia empieza por la conciencia, por atender a las verdades internas y realizar elecciones responsables. Una verdad interna que no debe ser entendida como un concepto estático ni eterno, sino como algo experimental, vivencial».

«Poner en sintonía cuerpo, sentimiento y espíritu va en nuestro beneficio», aunque ello no quiera decir «que no nos vamos a equivocar, porque eso es algo que forma parte del juego de la vida, ni que el mundo de las relaciones humanas, que es complicado, deje de darnos dolores de cabeza, que hacen sentirse inseguro. Pero es mucho mejor saber decir a tiempo un ‘No te quiero’, que decir un ‘te quiero’ con una sonrisa forzada. La gente expresa mucho más qué piensa realmente con su cuerpo que con las palabras. Y la gente lo percibe claramente», expresa Garriga.

En opinión de Vilaseca, creador de La Akademia, un proyecto de educación emocional y financiera presente en quince ciudades españolas, «la sociedad se construye muchas veces en base al tener, hay quien confunde bien estar con bien tener. Y por ello, muchos reflejan mucho de cómo son en cómo ganan el dinero y en cómo lo gastan. Pero cada uno tiene que saber tomar sus propias decisiones, no en función de los otros, sino de lo que cree realmente».

Para él, «el miedo es un reflejo de lo poco que nos conocemos por dentro, y hay que perder el temor al cambio». En su opinión el concepto de «seguridad externa es una ilusión psicológica. La crisis económica, que también es de valores, nos muestra el final de un modelo de sociedad industrial y el avance hacia una era del conocimiento, un tipo diferente de organización, donde «lo que te diferencia es tu capacidad de dar un valor añadido. ¿En qué soy bueno? ¿Qué puedo ofrecer a los otros, a la sociedad?». En su opinión, «esto implica un cambio de paradigma y de visión. Implica por un lado autoconocimiento, y por otro, estar dispuesto a reiventarse», describe el autor de Qué harías si no tuvieras miedo o Encantado de conocerme.

 

Empezar en uno mismo
Una vía que propone este periodista y escritor es la del eneagrama (ver  Para Saber Más), como «punto de partida» para conocerse mejor. Eneagrama significa en griego nueve líneas. A partir de este modelo, se describen nueve tipos de personalidad: desde el perfeccionista, al que necesita valoración, el que precisa atención o el que teme expresar sentimientos, o decisiones… o quien quiere tener siempre el control. Características que incluyen virtudes, habilidades, pero también defectos y miedos. Es una exploración y un camino que no debe entenderse como regodearse y regocijarse con uno mismo.

Primero actuar, luego justificar

«La gran paradoja es que uno siempre debe empezar por uno mismo, para no terminar en uno mismo» y detalla tres tipos de egoísmo: «uno egocéntrico, que orienta el comportamiento a saciar únicamente el propio interés; otro más consciente, que nos pone en contacto con nuestra esencia y es parte del proceso de elegir comportamientos, pensamientos y actitudes, del que forma parte la capacidad de saber decir no a los demás, y por último, un egoísmo altruista, donde hago lo que hago, porque me hace bien a mí, y hace también bien al mundo. Nos genera bienestar».

Su experiencia es que que el ego «puede ser máscara, pero también escudo» y que conviene desarrollar «bienestar, habilidades y talentos, un mapa que te ayuda a transitar por el territorio incierto que es uno mismo. Lo que está claro es que la gente que cambia, cambia los resultados que obtiene, y también su tipo de relaciones. Y lo que se modifica en el proceso no es la persona, que sigue siendo la misma, sino su mentalidad». Vilaseca estima que «estamos en una nueva era, y mucha gente aún la ve con ojos viejos. Un acto de sabiduría en este proceso es vaciarse de un montón de cosas para hacer espacio a lo nuevo».

 

Los tres mayores errores
Joan Garriga estima que los mayores errores que puede cometer una persona durante su ciclo vital son fundamentalmente tres: «No darle a la vida tus dones, darle a la vida lo que no tienes, y no tomarte tu tiempo para escucharte a ti mismo y saber lo que quieres».

Este psicoterapeuta, gran divulgador en España de las constelaciones familiares (dinámicas y sentimientos en unidades familiares, que pueden perpetuarse de generación en generación), cree que ser coherentes tampoco implica «expresar cualquier cosa que nos pase por la cabeza. Quiere decir que yo escojo qué voy a compartir». También supone asumir, reconocer y gestionar que podemos tener necesidades opuestas y contradictorias, lo que obliga a negociar y a tomar decisiones ajustadas. Para poder negociar, «hay que estar bien  consigo mismo, saber definir claramente dónde y cómo se está bien, y luego hablar con los demás, porque las personas no somos unidireccionales, sino también contextuales. No lo escogemos todo, los contextos tienen poder».

La coherencia entre palabras y hechos es una herramienta útil para ganar autoestima y bienestar interior. También puede ser una arma de doble filo. Miguel Ángel Vadillo, miembro de la junta directiva de la Sociedad Española de Psicología Experimental, es de los que, ante la pregunta de si es posible o conveniente ser coherente en todo, su respuesta es que «no. Posiblemente no es conveniente serlo completamente, aunque suene poco popular».

«COHERENCIA ES TAMBIÉN DECIDIR, ASUMIR Y NEGOCIAR»

Vadillo destaca que un afán excesivo por ser coherente «puede cegarte e impedirte ver todas aquellas cosas que sugieran que estás equivocado. Necesitamos creer que estamos en lo cierto, pero es muy difícil estarlo siempre. Vivimos en un mundo complejo, difícil de entender incluso para los expertos (o los que se hacen llamar así). En una situación así, es muy probable que muchas de nuestras ideas (actuales) resulten ser falsas. Creo que es más honesto (pero también infinitamente más difícil) estar abierto a la posibilidad de estar equivocados y de reconocer nuestros errores. El esfuerzo por ser coherentes en todo nos impide hacer esto con la facilidad o la frecuencia con la que sería deseable».

Vadillo destaca que «todos necesitamos sentirnos coherentes. Pero debemos tener cuidado de que esta estructura se convierta en demasiado rígida y nos impida ver la realidad como es, o concebir otras formas de ver la realidad, o simplemente entender a las personas que no piensan como nosotros». En realidad, agrega «ser coherente no es más que intentar apoyar unas ideas en otras. Si tiras una pieza del dominó puedes tener miedo de que se caigan otras. Supongo que eso hace tentador intentar no tocar nada».

 

Sentirse atacado
Pero este exprofesor de la Universidad de Deusto apunta que «con frecuencia nos comprometemos con ideas o puntos de vista que nos hemos formado sin haber podido pensar demasiado en un tema. Es bueno que si esas opiniones que nos hemos formado resultan erróneas nos permitamos poder abandonarlas», sin hacer innecesariamente duro el proceso.

«Hay que distinguir cuando tus ideas son tuyas o cuándo tus ideas te tienen a ti. El afán por ser coherentes nos puede llevar a pensar que nuestras ideas son una parte sustancial de lo que somos. Por tanto, quien ataca nuestras ideas nos está atacando personalmente. Esto es siempre un error: que estemos equivocados en algo no nos hace personas menos valiosas. Atacar a las ideas es una cosa (y suele ser bueno) y atacar a las personas es otra muy diferente». Es «fundamental el diálogo» con los que piensan diferente, agrega. «Tendemos a buscar la cercanía de aquellas personas que ya piensan como nosotros. Esto es inevitable, porque son las personas con las que nos sentimos más cómodas. Pero tiene el inconveniente de que no son las personas ideales para sacarnos de nuestros errores. Para bien o para mal, sólo las personas que tienen las opiniones más contrarias a las nuestras son las que van a saber señalarnos dónde están nuestras equivocaciones».

 

Concepto de libertad
Parafraseando Vadillo al filósofo Daniel Dennet, «¿qué significa libertad? ¿Significa que mis actos están completamente indeterminados? ¿Que muchas cosas son igualmente probables en el universo y que soy yo voluntariamente quien decide inclinar la balanza en una dirección u otra? Si esto es libertad, entonces es poco probable que haya lugar para ella en el mundo. Si lo que entendemos por libertad es ser responsable de tus actos, entonces una libertad de este tipo es perfectamente posible». 

«ERRAR NO NOS HACE MENOS VALIOSOS»

Su argumento es que la pregunta soy libre se puede sustituir «por la más sosa pero no por ello menos fundamental de ¿puedo firmar un contrato?, ¿puedo comprometerme a algo? ¿Estoy dispuesto a asumir las consecuencias que pueden derivarse de haber roto mi palabra? Si la respuesta es sí, entonces en cierto sentido, tal vez en el único sentido importante, eres libre».

 

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