Carta abierta a Juan Pablo II

Carta abierta a Juan Pablo II

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Te vi por primera vez en la plaza de san Pedro y me quede tan bloqueada que lo único que pude hacer fue llorar y llorar… Allí muchas veces pude escucharte y sentir la fuerza viva de tus palabras, que bien sabemos tu y yo que no eran tuyas sino de Jesús. Pero en realidad NOS vimos cuando pasaste a mi lado, bendijiste a nuestro grupo y yo, sin saber ni cómo, te dije serenamente, sin llorar: «Santidad, una bendición para colombia». No olvidaré que paraste en seco, me buscaste con tu mirada, retrocediste, me miraste fijamente y bendiciéndome muy lentamente dijiste » ay Colombia, Colombia… Una bendición para Colombia»… Me quede sin habla por mucho tiempo, no atinaba que había pasado pero el tiempo me ha hecho descubrir que bendijiste a mi pueblo, que Cristo de manera sensible, bendijo a mi país y con él, a los millones de colombianos que queríamos y quemos la Paz…

Desde ese día ya no fuiste nunca más el Papa sino que eras MI Papa, el papa de MI Iglesia y el Papa que compartía conmigo gustos y afinidades… ¡Si supieras las veces que me animaste a trabajar con los jóvenes! Me alentaste en mis primeros años de apostolado, me hiciste descubrir en los chicos los tesoros escondidos de la gracia y te escuchaba hablarles y te confieso que me derretiste… Bueno me derritieron ellos también pues te escuchaban con atención y lograban descubrir a Jesús en lo que les decías. Así fue como aceptamos tu invitación de evangelizar a los jóvenes dede nuestra realidad de jóvenes y con mis antorchas de aquella época ingeniamos el grupo de coordenadas, con miles de proyectos, planes de desarrollo y actividades y así, nació lo que hoy tenemos: un grupo misionero que te tiene como Patrón y que espera que le sigas cuidando. Somos DEJA HUELLA, la huella de Cristo con rostro de joven que se va quedando en rincones del mundo y que cada vez se extiende más.

Eras inquieto, como buen artista, y en eso te comprendo perfectamente, no podías quedarte quieto pero tampoco nos dejaste quietos… Lograste que fuera de nuevo a Roma con un grupo de chicas y te vi junto con mamá, acabadito de salud pero con la misma fuerza de siempre… También nos encontramos en Toronto y allí, una vez más me diste una lección: a pesar de estar físicamente débil, casi sin poder caminar, temblando hasta llegar al micrófono, nos miraste, miraste a esos jóvenes que te amaban y te incorporaste como un guerrero, levantaste la voz como un trueno, y tu debilidad se esfumó dejándonos sentir la fuerza de dios:  «dejen que la luz de Cristo brille en sus vidas! No esperen a ser mayores para preparar su camino de santidad! La santidad siempre es joven, así como eternal es la juventud de Dios» y desde entonces, lo que hacía veladamente lo empece a hacer a la luz: Hablar de santidad expresamente, sin tapujos y sin «indirectas»… La palabra santidad comenzó a conjugarse claramente en todos los tiempos y en todas las personas… Gracias por eso, me enseñaste a no tener miedo de ser clara pensando que hay que disimular para que los jóvenes no huyan ni se aburran del Evangelio sino que por el contrario tengo que ser clara y hablar de radicalidad con la fuerza y la pasión con la que Jesús nos habló.

Tu vida fue grande, te ganaste el cariño de todos y te acompañamos en tus últimos momentos… Todas mis alumnas en Bogotá, con los profesores, con el personal no docente seguimos tu enfermedad y ese 2 de abril se hizo un silencio profundo… Me decían «hermana, el Papa no se muere, no puede morir»… Yo intentaba explicar pero me era imposible, sentía enormemente tu partida y pensaba como ellas… No te puedes morir. Ahora lo veo a la distancia y digo, no te has muerto, para los que creemos es una seguridad grande saber que estás en el cielo y desde allí nos cuidas y alientas. Me emocionó ver las imágenes de la Plaza de San Pedro llena de chicos y me enternecieron tus palabras dirigidas a ellos: muchas veces fui a buscarlos y ahora ustedes vienen a buscarme… Eso logra quien da con amor porque siempre recibirá ese amor con creces.

No puedo dejar de contarte lo que supuso tu muerte y lo que vi en ella: durante tu vida te empeñaste en hacernos comprender que lo que el mundo necesita es la unidad y uniste en Asís a todos los lides religiosos y en una ceremonia que fue preciosa rogaste por la Paz y estando ya muerto lograste esa unidad: toda la humanidad se unió en esa plaza de San Pedro para darte su último adiós, todos estaban allí sin importar edad, raza, sexo o religión nos uniste en Dios… Me impresionó la fuerza que tuviste y tienes…

Aún hoy cuando pienso en ti, en lo que hiciste y dijiste se me «encharcan los ojos» y la voz se me corta. No puedo nombrarte sin que algo se mueva en mi interior y me pregunto por qué y la respuesta es la misma: porque mostraste al hombre la grandeza de su humanidad y desde ella nos hiciste claro el camino hacia Dios. Comprendo, como imagino que lo hacías tú, que en nuestra cotidianidad podemos unirnos a Jesús y es por eso que intento comunicarlo así a mis estudiantes… Me apasiona, como a ti, el teatro y he conseguido emplearlo para llevar a los chicos a Dios, lo mismo que las caminatas por las montañas, las fogatas contemplando las estrellas, las conversaciones profundas, las lecturas compartidas de buenos libros, las experiencias misioneras, los «tiempos perdidos» en tertulias, la música y el baile… Me apasionan, como a ti, los jóvenes y con ellos me siento joven, joven en Cristo y para Cristo.

Y ya termino… Te tengo delante, tengo la dicha de terner en nuestra capillita tu reliquia, qué decirte que ya no te lo haya escrito en esta carta? No creo que mucho más. Sólo recordarte que ya que estas cerquita del Señor nos pongas ante él. Pon a Mamá y a toda mi familia, a la Pureza y a todo lo que llevamos entre manos, a todos los que se han cruzado en mi camino y han tejido historia junto a mí. A mis alumnos, los de antes, los de ahora y los que vendrán, a aquellas que comparten mi vocación y desde «el mismo lado» entregamos la vida por Cristo y me alientan con su cariño y cercanía. Y cómo no pedirte por DEJA HUELLA?, tu nos metiste en este lío, nos invitaste a salir de nuestra comodidad para contarle a todos la alegría de Jesucristo, nos dijiste que no tuviéramos miedo y aquí estamos hoy…
Juan Pablo, a  mí y a todos los que confían en mis oraciones, bendícenos desde el cielo y pídele a Jesús por todos nosotros. Sigue intercediendo al buen Dios por la Iglesia y por todos los que la formamos… ESPECIALMENTE NUESTROS JÓVENES.

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