Cartas de Madre Alberta

Cartas de Madre Alberta

En este rato de encuentro con Madre Alberta, deseo presentaros con sencillez mis reflexiones y sentimientos surgidos al hilo de la lectura de sus Cartas.

La verdad es que al terminar de leer, casi de un tirón, las cartas de la Madre, me he quedado con un profundo sentimiento de admiración y gratitud ante una mujer extraordinaria, grande y, al mismo tiempo, sencilla y humilde. Una mujer de Dios que vivió la santidad de una manera, diríamos, normal; una mujer empapada de evangelio, cuyas acciones llevaban ese sello, ese perfume.

Una santidad que vivió día a día, minuto a minuto, tanto en los grandes acontecimientos de su vida como en el diario vivir. Sabemos que las grandes ocasiones de Dios, esos momentos de gracia o Kairós –y ella supo de grandes dolores, dificultades, conflictos, contrariedades, humillaciones, aceptados con paz y entereza- no se preparan de un día para otro, sino que presuponen un trabajo interior, un amor constante y generoso al Señor y, en Él, a todos.

El mejor exponente de su vida son sus Cartas, en las que derrama su alma buena, magnánima, generosa. Descubrimos al siervo del evangelio; el siervo bueno y fiel a su Señor, cuya virtud está oculta a los ojos de los demás, pero que Dios mira complacido.

Es tanta la riqueza humana y espiritual que brota de sus cartas, que no he tenido más remedio que limitarme a un aspecto: al del cultivo de las virtudes domésticas, esas que pasan desapercibidas, que no causan admiración a la mirada humana; pero que van construyendo el edificio de una vida y, a la vez, van contribuyendo al bien y a la armonía, a la paz y al bienestar de una comunidad.
Virtudes que hacen familia, que hacen Comunidad. Madre Alberta “no pensaba en sí misma”; “No pensemos en nosotras mismas”, -nos aconseja en una de sus cartas-, sino que se prodigaba de manera incesante por el bien total de los otros: de las Hermanas, las alumnas y exalumnas, de los padres y personas con quienes se relacionaba. Y es que, en las Cartas, se revela, como ya he dicho, su alma, su corazón rebosante de amor y ternura que, como Jesús, “pasó haciendo el bien”. La Madre tenía una mirada comprensiva e indulgente hacia los demás. Por eso fue una mujer sanadora, porque ella antes había sido curada de sus heridas, esas que a veces nos ocupan y nos distraen de lo esencial.

De modo especial, he fijado mi atención en las cartas dirigidas a sus Hijas. En ellas toca infinidad de temas: detalles caseros que rozan la minucia, propios de una madre, hermana y amiga; por ejemplo, los relacionados con una nueva fundación; los consejos, llenos de caridad, que da a las Hermanas; el interés concreto por todas y cada una; de modo insistente, pide a las superioras se prodiguen cuidados especiales a las enfermas. Y así escribe en varias cartas que “se alimenten bien”, “que el excesivo trabajo no perjudique su salud”, que “den paseos…” La enfermedad de sus hijas le arranca expresiones llenas de dolor: “Dios nos envía una prueba terrible”, refiriéndose a una Hermana aquejada de una grave enfermedad; pero, inmediatamente, se sobrepone e invita a la oración intensa y la confianza en Dios. En otras, se consuela con las Hermanas en la pérdida de un ser querido. Sus cartas de pésame son preciosas, rebosan compasión y misericordia. No aparece en ellas ningún asomo de protocolo, sino de sincera comunión con la que sufre.

Me han cautivado sus frecuentes confesiones de humana debilidad que denotan reflexión, conocimiento propio, fruto de un discernimiento, y deseo constante de superación: “Creo –dice en una carta-, por más que me resista a convencerme de ello, que mis 62 años me van pesando y agriando el carácter como no permite la virtud”. Y pide oraciones para “que sea sufrida y tolerante como debe ser todo superior” (Carta de 1900). Cuando ella “derramaba cariño y dulzura para todo el mundo”. En Madre Alberta no había hipocresía o caretas, sino total transparencia y humildad. Por ello era capaz de pedir perdón con toda sencillez. Por ejemplo: escribe a la H. Siquier y le dice:

“Su despedida me dejó un puntito negro. ¿Pude disgustar a Ud.? Si así lo hice, fue muy sin pensar ni querer; olvídelo Ud. para siempre y crea que, de corazón, pido para Ud. a Dios la paz y la alegría del espíritu” (214).

Y en otra, al terminar los EE:

“A todas pido perdón desde el fondo de mi alma” (144)

Por otra parte, ¡cuánto goza con que se celebre el día u onomástica de cada Hermana con comida especialmente preparada!

Otro aspecto que he descubierto en la Madre es su alegría serena, su alegría de espíritu, que procuraba irradiaran sus Hijas también. Son numerosas las expresiones en sus cartas en las que dice “me alegro de cuantas noticias me da”; “contenta con lo que me dice”;“correspondo a su grata y le doy gracias por ella”; “Muy contenta por…”; “Me alegro de…”; o también: “les recomiendo paseos y santa alegría” (C. 177); y a una Hna. algo desanimada: “le ruego que se anime y alegre” (C. 204)

Hojeando la “Positio Super Virtutibus”, he encontrado esta afirmación de los teólogos en la Causa de beatificación al referirse a la “espiritualidad gozosa” de la Madre. Cito textualmente:

“Y esta no es otra que la espiritualidad de la Madre Alberta: un darse alegre y una benéfica y elevadísima acción”

¿Cuál fue el secreto espiritual de la Madre, que la impulsaba a ser una mujer para los demás y, por tanto, una mujer del querer de Dios? Estoy persuadida –además sus cartas lo confirman- de que fue la oración continua, el diálogo filial con el Padre y con su Hijo Jesús, prolongado a lo largo del día: “Confiemos en Dios y en Él descansemos. Oremos mucho y con fervor”. (C. 132), se repite en muchas de sus cartas. Y es que Madre Alberta vivió de fe. Caminó en la oscuridad de la fe. Y, como la Virgen, se mantuvo fiel al pie de la Cruz. ¡Cuántas veces la Madre acudiría a Getsemaní y, unida al Señor, oraría como Él y con Él: “Padre, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga como yo quiero sino como quieres tú”.
No nos extraña, pues, que la Madre fuera para los demás fuente de fortaleza.

Las Cartas ocupan los años de su plenitud y los de su ancianidad: de 1874 a 1920. La época más rica y fecunda en correspondencia es la comprendida entre 1900 (tenía 63 años) y 1914 (77 años).

Son 404 las cartas que se conservan, aunque muchas se perdieron. Os invito a que acudamos con frecuencia a beber de este rico legado espiritual, un manantial de aguas limpias que nos acerca a Dios, a una vida llena de pasión por Él y pasión por los demás. Bendigamos al Señor porque tenemos en Madre Alberta una mediación segura en nuestro caminar hacia Él.

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