Una experiencia vital

«Es que nos estaban provocando». «Es que están rezando en la calle». «Es que la Puerta del Sol no es suya». «Es que se han concentrado sabiendo que íbamos a salir los laicos a protestar contra la visita del Papa»… es que, es que, es que. Muchos ‘es ques’. Muchos, demasiados intentos de justificar lo que no tenía nombre.

Y fue el único episodio negativo de destacar, la cacería, el acoso a los peregrinos que se produjo en el centro de Madrid tras la manifestación en la que se protestaban contra la visita del Papa.

Pero, para entonces, el ejército de los «es ques» ya había perdido la batalla. Una batalla que, por otra parte, no existió, porque no había bandos. Porque todo Madrid y toda España pudo ver el perfil del visitante que acudió a las exitosas Jornadas de la Juventud. Un perfil, joven, un  perfil fresco, un perfil, alegre. Desde luego no es el perfil agresivo, provocador que los antis trataron de dibujar para justificar una situación de acoso contra jóvenes de medio mundo que llegaron a la capital esperando no solo disfrutar de la pastoral del Pontífice sino de compartir unas jornadas que seguro no se borrarán de su memoria. Alegría, risas, cánticos,. colorido… La cifra más esclarecedora: cientos de miles de jóvenes y ningún atendido por excesiva ingesta de alcohol.

Y es que hasta los más críticos han tenido que admitir por activa y por pasiva el éxito de unos pocos días en los que, pese a esos pocos, se ha demostrado cómo Madrid tiene unos brazos enormes, larguísimos y que es capaz de acoger de nuevo a todo el mundo.

Y yo me quedo con una fotografía que vivi dos días antes de que llegara Benedicto XVI, cuando regresaba a casa de participar en una tertulia de radio nocturna. Vivo en una zona alejada del centro, en un barrio residencia de poco tránsito nocturno. Y allí me encontré a cuatro jóvenes que me pararon con gestos de necesidad. Eran tres chicas y un chico. Y menos mal que una de ellas era peruana para podernos entender. El resto, un inglés, una australiana y una francesa. No eran capaces de encontrar los colegidos donde debían pernoctar as residencias asignadas. Y me ofrecí de ‘taxista’ para conocer qué es lo que lleva a estos jóvenes, que no tendría 16 años, a cruzarse medio mundo.

«Es que será una de las experiencias que me quedarán para toda la vida». Resumen perfecto. Pocas veces me ha supuesto algo tan gratificante como hacer de taxista improvisado para estos jóvenes.

Poco después, y por motivos de la profesión, pude recorrer las zonas de la capital donde se concentraban la gran mayoría de los peregrinos. Pude recorrer calles como Alcalá mientras el Papa daba sus primeros mensajes.

Y cuando acabé mi recorrido profesional aquellos días intensos pude dar más valor a esa frase de la joven peruana. Porque esa experiencia, esas imágenes, esa fotografía de ríos de jóvenes procedentes de todos los países del mundo ‘invadiendo’ Madrid es irrepetible.

En España, durante muchos lustros, nos hemos ‘peleado’ (mediáticamente hablando) sobre el número de asistentes a manifestaciones. Y hablamos de millones siempre. Cuando los españoles salieron a la calle tras el golpe de Estado del 23 F, cuando protestamos por el asesinato a cámara lenta de Miguel Ángel Blanco, cuando se denunciaban las negociaciones del Gobierno de Zapatero con ETA, cuando se celebra la fiesta de gais y lesbianas…. Siempre se habla de más de un millón. Pero, en petit comité, los responsables de la seguridad del Estado niegan y reniegan de que en España se haya producido jamás una concentración de más de un millón de personas… hasta que el pasado mes de agosto llegó el Papa y reventó todas las previsiones. Y nadie puede dudar de las cifras. Las mediciones eran científicas en la explanada de Cuatro Vientos. Desde luego, Benedicto XVI sí reventó la pana.

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