Semana Santa en Icabarú

Semana Santa en el último rincón del mapa venezolano: Icabarú

Se llama Elena. Es religiosa de la Pureza de María. Pero sobre todo es un alma inquieta. Vive en Caracas (Venezuela) y trabaja en un colegio de Fe y Alegría. Se le ocurrió que los ‘pastoralistas’ de los colegios de la región realizaran una Semana Santa de misión en zona indígena. Cuenta que muchos se excusaron por tener otras ocupaciones y otros simplemente no atendieron la invitación. Sólo ella y cuatro más se apuntaron. Y esta es la experiencia de H. Elena Azofra, H. Teresa Macías, Honorio Rodríguez, Jhonny Peñaloza y José Domínguez en Icabarú.

Estábamos convencidos de que la idea era de la Ruah (el Espíritu) y pusimos empeño en prepararlo. El P. Eleazar Mayor, responsable de la comunidad de capuchinos de Santa Elena de Uairén, sintió también el aire del Espíritu Santo y nos ofreció la parroquia de un Padre ausente por enfermedad.  Podríamos quedarnos en la casita parroquial.

Salimos de Caracas el sábado 16 de abril a las 5:30 am en la camioneta del colegio Roca Viva a la que llamamos Luvy.  Cinco personas y mucho equipaje: comida, ropa y medicamentos…

Llegar hasta Icabarú nos costó dos días y medio desde Caracas. La primera noche descansamos en Ciudad Guayana -población situada en el encuentro de los ríos Caroní y  Orinoco-, en la casa de la comunidad jesuita de San Félix,  y la segunda noche esperábamos haberla pasado en Santa Elena de Uairén -en la casa de los padres capuchinos-, pero la pasamos durmiendo dentro de la camioneta, estacionados en un campamento indígena de la etnia Pemón, en plena Gran Sabana debido a que se había estropeado varias veces el alternador y por fin se agotó la batería.

La distancia entre Santa Elena de Uairén y el pueblo de Icabarú no pudimos saberla en medida de longitud, pero sí de tiempo: tres horas y cuarenta minutos en un Toyota 4×4 por un camino de piedras y arena, que atravesaba numerosos arroyos y quebradas, entre espacios selváticos y zonas casi sin  vegetación. Nos acercábamos a la línea con Brasil.

El Obispo de la zona nos encomendó que nuestra tarea fuese PASTORAL Y LITÚRGICA: pastoral de la presencia, del testimonio, del acompañamiento en la fe, del estar entre y con la gente de las comunidades (aun sin conversar, por el idioma); litúrgica porque nos tocaba organizar y dirigir los actos litúrgicos propios de la Semana Santa, y nos insistió: “aunque no haya respuesta participativa de los cristianos católicos de la zona”.

El plan era, en primer lugar, saludar a las autoridades civiles (caciques, maestros, médicos o enfermeras, jefe de cooperativas) y, sobre todo, a los líderes religiosos del pueblo de Icabarú y de cada comunidad indígena a la que fuéramos. Lo segundo era visitar las casas o las chozas, bendecir y conversar con las mujeres o con los varones que encontráramos; convocar a los niños y adolescentes. Tercero, catequesis con los niños. Cuarto, celebración de la Palabra en el pueblo Icabarú y en cada comunidad indígena. Quinto, celebración del Lavatorio de los pies el Jueves Santo, y de la adoración de la Cruz y  viacrucis por las calles del pueblo el Viernes Santo. Sexto, celebración de la Luz el sábado. Séptimo, testimonio de fe y de amor, de solidaridad y de acogida, de sencillez y de humildad. No sabíamos si podríamos hacerlo todo, pero sí queríamos ser testigos de Jesús con solo nuestra presencia. Esa fue nuestra petición en la oración.

Al entrar en Icabarú nos acercamos a la pequeña iglesia parroquia en un lateral de una gran plaza. Estaba limpia y arreglada  (ya nos dijo el Padre Eleazar que la líder espiritual era muy hacendosa y toda su familia ayudaba en la Iglesia). El sagrario está vacío, pero si el corazón de estas gentes es como su parroquia, será nuestro consuelo acercarnos a ellos en esta semana.

Tuvimos una jornada de juegos y de catequesis con 38 niños entre los 8 y 12 años. Reían y cantaban con un placer contagioso, y demostraron que se sabían las oraciones, el Credo, las respuestas de la misa y bastantes cantos. Se expresaban con sencillez, sin temor ni vergüenza sobre su fe en Jesús. Los mayorcitos dieron su testimonio: “el día de su primera comunión había sido lo mejor de su vida”. Y, ¿quién fue su formadora en la fe? Su abuelita.

Jueves santo. Celebramos los oficios en la comunidad indígena de San Jerónimo. Ya empezada la liturgia nos dimos cuenta de que la mayoría no hablaba castellano. Participaban como si nos entendieran, quizás por reconocer los gestos vistos al párroco cuando llega hasta su poblado, o quizás por esa intuición de quien está en contacto con el Misterio que se traduce en respeto a los signos sagrados. Se dejaron lavar los pies con humildad y sencillez. Tenían guitarristas y coro. El líder espiritual participó en el eco de la Palabra de Dios. Nos pidieron que les enviáramos cantorales y películas de santos cuando podamos. Los habitantes de la zona donde nos encontrábamos son de etnia Pemón y su lengua el Taurepán.

La adoración de la cruz el Viernes Santo y el Viacrucis. Los católicos de Icabarú presididos por su párroco suelen hacer procesión de la Virgen Dolorosa el viernes santo mientras hacen el viacrucis por el pueblo. Contra todo pronóstico, aunque es territorio de intensos calores y sequedad, en esos días cayó mucha agua. Carmen (la líder religiosa) nos dijo: “Si la Virgen quiere que la saquemos, ella nos dirá cuando”. Así que esperamos con paciencia, y el  momento de la celebración llegó. Paró de llover y celebramos la adoración de la cruz, hicimos el Viacrucis por el pueblo con las estaciones en las casitas que lo habían preparado, y la Virgen y sus hijos fieles tuvieron su procesión.

Los paseos por las calles de Icabarú, de Playa Blanca y de San Jerónimo. Saludos  en las calles y en las entradas de las casas, testificando el amor de Dios, recibiendo sus palabras de bienvenida y de agradecimiento por nuestra presencia. Agradeciendo los favores que nos hicieron para que tuviéramos agua corriente y luz en la casa, gasolina para el carro, y gas para la cocina y la nevera.

La visita al anciano solitario. Para llegar: -“Siguen el camino, en el segundo cruce de quebrada giran al este y siguen la senda hasta un ojo de agua, lo rodean y continúan a través de la sabana hasta tres palmeras en linea, más allá hay un árbol de pomalaca, cuando vean un guayabo, allí es”. Gracias a Dios por la enfermera de Icabarú, Omayra, que como ángel de la guarda siempre era nuestra intérprete, y acompañante en las zonas alejadas del pueblo.

Nuestros momentos de oración personal. Llevábamos preparados unos folletos de reflexión sobre la Palabra de Dios de cada día. En el horario habíamos dispuesto un tiempo para la lectura bíblica, la oración personal y para compartir. Procurábamos fortalecernos espiritualmente. Queríamos vivir de verdad la Semana Santa.

Dicen que quien va a realizar un tipo de experiencia como esta, regresa con las maletas del alma repletas porque el Señor se vuelca a través de personas, situaciones y oración compartida. Fue así: volvimos reconstruidos. Jesús dijo a sus apóstoles: llevad el evangelio hasta los confines de la tierra. Quizá no pensaba en Icabarú, quizá sí. Icabarú está en el último rincón del mapa venezolano pero, para Gloria de Dios, allí se vive el Evangelio  y se proclama con firme convicción la fe en el Resucitado. Somos testigos de ello.

LAS MANOS DE JHONNY

Jhonny es un joven adulto con una función importante en la pastoral de Fe y Alegría (Caracas). Aventurero por vocación. Se preparó con sincero deseo para realizar un campamento-misión en zona indígena. Él no iba a ser el director del grupo, sino un misionero más.

Sin proponérselo se convirtió en el mecánico de la “Chevi Luvy”.

Su espíritu emprendedor y entregado se expresó cada vez que la camioneta manifestaba alguna irregularidad. Con experiencia y pericia Jhonny levantaba el capó,  metía sus manos entre las piezas del motor de la camioneta y repasaba  las mangueras, el carburador, los depósitos de aceites, las correas de trasmisión, revisaba los fusibles, los tornillos, los cables de conexión, desmontaba, ajustaba, montaba… Mientras sus manos se iban ennegreciendo.

 

Me impactó que no se arredrara ante la grasa, que no se avergonzara de sus manos ennegrecidas, que no temiera el calor del motor después de haber estado funcionando tantos Km. Me impactó que tuviera tanta fuerza en sus dedos.

Aun recuerdo cómo en mi cerebro se gestó una exclamación: -“¡Te mancharás!”. No la  pronuncié gracias a Dios, pero la pensé para mi vergüenza. No era capaz de pasar por alto el temor a mancharme y no me involucré en buscar solución al problema con las piezas desencajadas del motor de la camioneta. Así es en mi vida y en muchas: nos damos cuenta del fallo, pero no metemos las manos para empezar el arreglo. No nos involucramos en solucionar, si eso nos cuesta algo a cambio. Queremos realizar los proyectos mentalmente, por pura ilusión. O que otros se “manchen” por mí. Jhonny mostró gran libertad ante sus manos manchadas. ¡Cuánto deseo de solucionar el problema!

Las manos de Jhonny son las manos de quien se siente comprometido y asume como asunto personal cualquier empresa que le entusiasme. Son manos INVOLUCRADAS.

Las manos de Jhonny son la manos de las personas METIDAS en su papel. Manos de personas que bautizan cada día con renovada decisión, que empujan la vida y se incluyen realmente en la tarea de la construcción de un mundo mejor; no sólo en el diseño y bosquejo de planos, sino también en la ejecución, con  tiempo y energía, por lograr aquello que desean alcanzar.

He contemplado las manos de Jhonny como manos de FE en su propia capacidad. Son manos que trasmiten fortaleza. Esas mismas manos, bien limpias, las he visto palmear las arepas para el desayuno, lavar los pies de los participantes en la liturgia del Jueves Santo y señalar las pistas de las dinámicas con niños y jóvenes porque también sus manos están comprometidas con  desterrar el hambre, la sed, la ignorancia, la pobreza. Las he visto alzar con firmeza y respeto la cruz del Señor durante el viacrucis del Viernes Santo para dar testimonio del misterio de amor de Jesús, el Amigo que le tiene robado el corazón.

LA ESPALDA DE JOSÉ

José es un joven adolescente,  con un cuerpo ágil. Estudiante de Media Técnica en Administración en un colegio de Fe y Alegría (Valle del Tuy, Caracas). Es alumno y amigo de Jhonny.

José tiene grandes conocimientos de mecánica porque su padre le ha enseñado, y tiene (“congénito” como dijo) una especial capacidad para detectar los problemas de los demás, consolarles y trasmitirles su alegría.

Cada vez que la Chevi Luvy se estropeó, José arrastró su espalda por el duro suelo del margen de la carretera para mirar desde abajo el motor del carro.

Con cuánta rapidez entendió que él podía hacerlo, con entusiasmo se prestó para ayudar desde abajo, en esa postura que nadie quiere adoptar porque se está totalmente vulnerable.

Su espalda en el suelo directamente o sobre un escaso cartón para su tamaño, ayudando desde abajo, apretando tuercas, sosteniendo piezas.

Contemplo la espalda de todos los jóvenes que se arrastran por la vida, pero este José misionero no se arrastra sin ilusión o sin sentido, sino que ha decidido la entrega y la colaboración, sin temor al cansancio, ni a la dificultad de posición, ni a la burla, ni a la gratuidad de su esfuerzo.

José puso su espalda en muchas veces. Incluso para cargar algunos de los niños del poblado durante los juegos. Y cada vez que se incorporaba lo hacía con brillo de alegría en la mirada.

No importa la posición cuando el corazón queda lleno por el servicio. No importa la debilidad ni la vulnerabilidad cuando uno se siente fuerte y confía en el respeto de quienes le rodean.

José se ganó mi respeto. Quisiera muchos jóvenes como él, dispuestos y disponibles,  que miren la vida desde otro ángulo y descubran oportunidades mejores para el bienestar de los que le rodean.

LAS PIERNAS  DE  HONORIO

Honorio es un joven universitario, estudiante de ingeniería, exalumnos y antorcha  de la UE Fe y Alegría Roca Viva “desde que conocí a Jesús”, como él mismo dice. Su responsabilidad de catequista de confirmación la asume como “algo importante y trascendente”.

Alto, de piernas fuertes y largas poco habituadas a plegarse sobre sí mismas. Cuando le invitamos a compartir con nosotros la experiencia misionera en Icabarú, no lo dudó un instante y se preparó.

Una vez en ruta, iba yo sentada a su lado en el asiento posterior de la camioneta, y me di cuenta de que sus piernas estaban sufriendo una especie de tortura. El asiento de atrás de la camioneta no es cómodo y no tiene suficiente espacio para piernas largas, así que le tocó estar incómodo los dos días y medio que duró el viaje hasta Icabarú. Otro tanto en los días de regreso. Lo soportó con valor y en silencio, desvió su atención hacia el paisaje, su tarea en la misión, el registro fotográfico y las incidencias del carro. No había lugar para quejarse.

Ni el cambio de vehículo al todo terreno le favoreció; siempre su lugar en el asiento posterior rodeado de bolsos y cajas. De nuevo Honorio se acomoda como puede, de nuevo dobla sus piernas fuertes y largas, de nuevo decide interesarse más por el camino y el logro del viaje.

En Honorio he visto la elegancia de asumir cuanto llega de imprevisto. He admirado  su decisión por llegar al término de la misión  superando las incomodidades.

Pienso en todos los jóvenes sin constancia, sin decisión, sin capacidad de riesgo; en las personas adultas que todo lo quieren medido  y que ya no tienen capacidad de aguantar dificultades; he recordado el nivel de comodidad y seguridad que nos ofrece la sociedad occidental. Todo me parecía que podía ser vencido por las piernas de Honorio.

Dentro del silencio de Honorio hay una carga espiritual de decisión en su elección por acercarse a Cristo.

En el evangelio se habla de las piernas de Jesús para decir que antes de bajarle de la cruz NO SE LAS QUEBRARON. Esas piernas de Jesús siguen caminando para llevar la Buena Nueva. Pido al Señor que haya muchos jóvenes fuertes y valerosos, con criterios y convicciones, con decisión y responsabilidad que sepan aceptar el sacrificio temporal de una misión a cambio de la alegría de ser su testigo.

Este reportaje de Elena Azofra se publicó originalmente en la edición nº140 de Mater Purissima (junio 2011)

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