El esfuerzo personal como valor pedagógico

Existe actualmente una tendencia que empuja a nuestros jóvenes a no cultivar demasiado el esfuerzo personal. Tantas veces se nos vende la idea del éxito fácil conseguido mediante programas televisivos seguidos masivamente por nuestros jóvenes, que hablar de esfuerzo para conseguir algo en la vida suena a trasnochado y falaz. Sin embargo ya Aristóteles decía que sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego. Naturalmente Aristóteles no cayó en el error de confundir felicidad con placer instantáneo. La felicidad es algo mucho más importante y duradero que el placer.

Por eso es tan importante que padres y educadores nos dediquemos a fomentar el esfuerzo, a educar el valor del esfuerzo personal que será el que haga madurar integralmente a nuestros hijos y alumnos.

No se puede aprender sin esfuerzo: éste es básico en el proceso de educación de los niños y jóvenes. Predicar lo contrario es absurdo, es una quimera, peor aún, es un engaño que no me atrevería a juzgar de malintencionado o si simplemente responde a la ignorancia de quien lo predica. Torralba y Roselló , catedrático de la Universidad Ramón Llull, dice que «los frutos que se derivan de una pedagogía del esfuerzo son frutos profundos.”

Siguiendo las directrices de este profesor, padre de cinco hijos, podemos decir que existen tres grandes obstáculos que dificultan el esfuerzo:

1. El primero es el paternalismo, el «ya te lo haré yo», que los padres solemos exclamar cuando nos domina la impaciencia por resolver una situación que solo al hijo toca resolver. No podemos entrar en la contradicción de querer que se esfuerce y hacerle nosotros las cosas por pura impaciencia nuestra.

2. Un segundo obstáculo son los modelos que niños y adolescentes ven en la televisión, o sea, jóvenes que lo consiguen todo sin el menor esfuerzo, mientras sus padres, en muchas ocasiones, se matan a trabajar para pagar la hipoteca.

3. Y el tercer obstáculo es el mito según el cual “todo el mundo puede conseguirlo todo si se esfuerza”. No deja de ser una ingenuidad. Hay que ser realista, aceptar nuestras limitaciones y la de nuestros hijos y alumnos.

La  igualdad en este sentido es un mito, no existe.

Y entonces ¿cómo podemos vencer estos obstáculos?

Sobre todo, ayudándoles a afrontar las contrariedades y las dificultades como vía para un desarrollo más perfecto.

Enseñarles a saber decir “no” ante situaciones peligrosas como la ingesta de alcohol o de drogas. Saber decir “no” cuando conviene es algo mucho más fácil para un joven educado en una pedagogía del esfuerzo.

Por último, esto se consigue mejor si hay una estrecha unión entre el padre y la madre. Es tarea de ambos hacerles ver el enorme capital  en potencia que poseen en sí mismos los jóvenes a través de su recorrido vital. Si los padres están unidos y miran en una misma dirección en lo concerniente a la educación de los hijos, si ellos se esfuerzan todos los días por mejorar sus relaciones, por superar sus dificultades de pareja, económicas, etc., y los hijos lo ven, entonces estaremos ayudándoles a madurar y a ser más felices. No son las palabras lo que verdaderamente educa, sino el ejemplo.

El ejemplo lo es todo.

 

Este artículo de Rafael Bellver se publicó originalmente en la edición nº137 de Mater Purissima (junio 2010)

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