Alberta, mujer comprometida en la educación

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Imagen antigua de una clase de pintura en Pureza de María

Alberta supo responder con acierto y eficacia a las necesidades de su tiempo. Se dejó llevar por el Espíritu, que guía y abre caminos, para remediar las necesidades acuciantes de una  infancia femenina sin instituciones que promovieran su formación. Ella, con su compromiso por educar desde el aula  y desde la Escuela Normal de Maestras femenina –la primera de las Islas Baleares–,  logró elevar el nivel cultural de  la mujer luchando por su promoción intelectual en el último tercio del S.XIX.

Los caminos del Señor tienen sus vericuetos. Madre de cuatro hijos, vio morir de corta edad a tres de ellos y a su marido en sólo nueve años. Compartió así el misterio del dolor en la cruz de los que siguen los pasos de Jesús. Alberta llevó consigo su dolor y supo transformarlo en bendición.

Descubre su innata vocación como maestra y se muestra como gran pedagoga ejerciendo como profesional en una época marcada por tabúes sobre la mujer que trabajaba fuera del hogar. Ella supo captar la necesidad; vio que a través de la educación, era posible formar a la mujer (por aquel entonces secundaria). Supo elevar el nivel de estudios, crear escuela, responder al momento presente preparando el futuro, comprometiéndose en la tarea educativa.

Su vocación consagrada se fue gestando mientras se dedicaba a la educación. Llegó a ser en ella algo consubstancial. Evangelizar educando. A través de la educación todo su ser canta y responde al Creador.

¿Cómo pudo llevar a cabo esta labor? Todo eso provenía de su actitud. Acepta plenamente la Voluntad de Dios en su vida. ¿Qué querrá Dios?  Le pone por delante el reto de aceptar un centro desacreditado y en ruinas para, con sencillez y tesón, transformarlo en muy poco tiempo en un espacio cálido donde todos se encuentren como “en casa”.  Acepta y responde, su compromiso es concreto, lo realiza en el día a día, en los pasillos del centro, en las aulas, en el trato con todos…

Acepta y responde al Espíritu desde:

. Su gran vocación pedagógica alimentada ya en su propio hogar.

. Su compromiso, sin vuelta atrás, con el alcalde de la ciudad y el obispo de la diócesis que la invitan a reconstruir un colegio llamado La Pureza

. Su convencimiento de que a través de la Iglesia era a Dios mismo a quien servía.

. Su fortaleza de ánimo. En el documento de presentación de la introducción de la causa de canonización de Alberta Giménez se escribe: “M. Alberta dio pruebas de extraordinaria y constante fortaleza durante la adversidad. Ella conservaba imperturbable su serenidad y tranquilidad en cualquier dolor y dificultad”. Era de constitución física fuerte y también fuerte psicológica y espiritualmente. Su ser estaba fortalecido por el Señor.

. Su experiencia de Dios: “Seguiré constantemente sus huellas, y no le abandonaré”. En Él tenía puesta su confianza, era su energía en el camino diario.

 

Alberta fue uno de esos preciosos regalos de Dios para la Iglesia y para el mundo. Alberta emerge en el siglo XIX como mujer consciente de sí, convencida, santa, intelectual, pedagoga, maestra, consagrada y madre. “Era muy madre” decían, sabía poner ese “punto maternal” en los asuntos, en el trato con las personas, en las decisiones y comunicaciones con los otros. Ese “punto” que sólo sabe poner una mujer con entrañas maternas.

En su época parecía lo normal y lo más natural que sólo los varones recibieran una formación académica. Las chicas tenían que casarse, tener hijos y llevar la economía del hogar, dejaban la escuela enseguida que poseían los conocimientos básicos de leer, escribir y contar. Ella, en cambio, fue una excepción; mujer “revolucionaria” positivamente hablando, no de proclamas y manifestaciones, no de mítines feministas, sino revolucionaria en el compromiso diario de la entrega, sabiendo que el campo educativo es una plataforma magnífica para formar al ciudadano del mañana y promocionar a la mujer desde su propia vocación.

Planes nuevos, programas mejores que  lo que se impartía a su alrededor; educación más allá de los 18 años, instalación del laboratorio de ciencias y del gimnasio varios años antes de que la ley lo exigiera… Ya lo decían sus conciudadanos y las antiguas alumnas: era una mujer de vanguardia, iba un siglo por delante.

A su muerte, todos destacaban su santidad. Ha muerto una sabia y una santa. Además de su reconocida inteligencia y cualidades de sencillez, amabilidad, encanto personal, ecuanimidad, equilibrio, magnanimidad… supo vivir el compromiso del Evangelio de manera heroica, lo que le ha permitido ser reconocida por la Iglesia como Sierva de Dios mientras sigue abierta su causa de canonización.

En la nota necrológica del Libro del Personal del día de su muerte quedó escrito: “Para todas las ya Maestras y alumnas que cursaban los estudios del Magisterio, fue una Madre, una consejera y una amiga”. Así fue Alberta, así queremos ser quienes continuamos su obra.

Begoña Peciña, rp es pedagoga, psicóloga y religiosa de Pureza de María. El artículo fue publicado originalmente en la edición nº136 de la Revista Mater Purissima (abril 2010).


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