10 jun La inteligencia espiritual: el sentido de nuestra vida

“Cuando era pequeña miraba las montañas, el cielo, el paisaje,
respiraba el aire fresco y agradecía todo lo que me rodeaba.
Nunca me sentí sola, Alguien me acompañaba  en los buenos
y malos momentos. Bastaba mirar al cielo para tener una
comunicación sin palabras llena de complicidad…”

Howard Gardner, Doctor en Psicología, director del Proyecto Zero y profesor de psicología en la Universidad de Harvard, desarrolló a partir de 1983 su  teoría sobre las Inteligencias Múltiples.

Gardner afirmó, después de muchos años de investigación, que todas las personas tenemos 8 inteligencias (Lógica-matemática; Lingüística-verbal; Kinésica-corporal; Viso-espacial; Musical;   Interpersonal; Intrapersonal y Naturalista) localizadas en determinadas zonas cerebrales y que dependen del grado de estimulación para que se desarrollen o no a lo largo de nuestra vida.

Actualmente Gardner está investigando una novena inteligencia: la Inteligencia Espiritual o Existencial. Es la inteligencia de las grandes preguntas, la que hace que la gente se pregunte qué hacemos aquí, por qué morimos, qué va a pasar con nosotros, qué es el amor…

Desde que el ser humano comenzó a plantearse estas preguntas, desde que fue de alguna forma inteligente, buscó una explicación a la existencia. De ahí nacieron las creencias, las religiones.Todas las personas tenemos una dimensión espiritual que necesitamos desarrollar para ser seres completos y  para dar un significado a nuestra vida.

Para conocer el camino de crecimiento espiritual, es muy interesante partir de la teoría sobre  las etapas de Crecimiento Moral de Kolhberg. Todos los seres humanos seguimos unas etapas de  desarrollo psicofísico parecido (peso, altura, habla, razonamiento).  Pero el crecimiento moral es diferente e irregular: consta de seis etapas que van del egoísmo infantil a la madurez altruista, a la paz y a la libertad interior total que da significado a la vida. Hay personas que se quedan para siempre en un nivel de inmadurez o de convencionalismo, que hacen muy difícil un auténtico desarrollo de la espiritualidad. Kohlberg afirma que tan sólo llegan sexto nivel un 6% de las personas. Quizá nunca lleguemos a ese grado de desarrollo moral, aunque merece la pena al menos conocer el camino.

Otro referente que me ha ayudado a explicar la inteligencia o dimensión espiritual de la persona es la Psicología Positiva de Martin Seligman.

En sus investigaciones sobre la felicidad descubrió las constantes más significativas en las personas felices. Los bienes materiales, una vez cubiertas las necesidades básicas, no influían apenas en la felicidad de las personas. Estas son las constantes:

Optimismo y pensamiento positivo:  personas con esperanza en el futuro. Se centran más  en lo que sí funciona. 

Relaciones gratificantes con los demás: personas que emplean más tiempo en crear redes positivas con su familia, su congregación, sus amigos, etc. Y además son agradecidos.

Fluir: personas que  disfrutan y viven motivadas por lo que hacen. No “hacer lo que quieras”, sino, “querer lo que haces”. Para ello empleaban tiempo en  conocerse y en su crecimiento personal.

Resiliencia: personas  capaces de sobreponerse a las dificultades y aprender de ellas, así como  de resistir las frustraciones, los problemas.

Vida significativa: personas generalmente creyentes, conscientes de lo que habían venido a hacer aquí, de su misión, con una visión de trascendencia, de dejar este mundo (su entorno) mejor de como lo habían encontrado.

Para fomentar la Inteligencia Espiritual y Existencial en los niños podemos enseñarles:

El Disfrute de la Belleza. Apreciar la naturaleza haciendo excusiones, admirarse en los museos, participar del arte…

El Agradecimiento. Dar gracias por la vida y a la vida; dar gracias a los demás, a un día soleado, a una sonrisa.

La Esperanza. Ver el futuro en positivo. Ser capaz de salir adelante.

Trascendencia. Creer que todos tenemos una misión y somos  únicos formando parte de un Todo Universal. Creer que el bien que se hace repercute en todos (vivos y muertos), es decir, lo que los católicos llamamos comunión de los santos.

El Perdón. Ser capaz de responder sin venganza ni odio ante las ofensas.

El Sentido del Humor. Dar alegría sana, repartir diversión, animar a los que sufren. Reirse de uno mismo, y con los demás de los demás.

Entusiasmo. Hacer que les guste su vida, que se levanten por la mañana  con ganas e ilusión de vivir el día.

Y como siempre, si queremos enseñar algo, lo hemos de vivir nosotros antes. Por eso es importante fomentarles la espiritualidad desde el interior,  sirviéndoles de modelos.

Este artículo de la psicóloga y profesora del CESAG Carmen Sancho se publicó originalmente en la edición nº133 de Mater Purissima (junio 2009)

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