Imagen de un puente en construcción

En medio

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No hace mucho salía de un concierto dado por el cantautor vasco Tontxu. Un rostro familiar en los medios de comunicación por su presencia en Gran Hermano, no por la calidad de su música.

En la mitad del concierto quiso regalarnos una de sus canciones. Nos contó que la compuso los días en que la vida de Miguel Ángel Blanco pendía de un hilo, allá por el año 1997. Su título es “En medio” —en euskera “Erdian”—. Comentaba que era el desahogo de un muchacho joven que, en medio del conflicto vasco, se sentía desconcertado ante una amistad fracturada por ideales políticos. La frase final del estribillo dice: …“que tengo un par de amigos, cada uno está en un bando y ya se han distanciado y en el medio muero yo”.

Cuando comenzamos el curso la primera realidad con la que nos encontramos es con la convivencia. Convivir es complicado. Conviviendo podemos crecer y enriquecernos juntos o contactar ocasionalmente, e incluso ignorarnos.  Incluso en los casos más extremos, asume el rostro del desprecio, el enfrentamiento o la violencia.

El título de la canción que comentaba, me sugirió que no estaría de más en nuestros centros aprender la táctica del “en medio”.

“En medio” no es la actitud cómoda de quien se mantiene al margen cuando la convivencia no es satisfactoria entre nuestros compañeros. Tampoco es la posición que mantiene igual distancia de lo justo que de lo injusto. “En medio” no es el cruzarse de brazos de quien prefiere no implicarse en los enfrentamientos que a veces se viven en el interior de nuestras aulas —esos enfrentamientos sordos que no hacen ruido—, que dejan a algunos de nuestros compañeros con su estima herida o en  dolorosa soledad.

“En medio” es el arte difícil de quien sabe crear puentes. El puente está “en medio”, favorece el paso, une orillas, posibilita encuentros. Es posible que a todos se nos ocurran muchos de esos puentes construidos por quienes saben estar “en medio”. Mientras escuchaba las estrofas que cantaba Tontxu a mí me vinieron a la cabeza varios de ellos:

El puente del silencio. El silencio de la espera que deja a la otra persona explicarse, ser ella misma, sin apresurarse a juzgarla, a etiquetarla, a encasillarla en nuestros prejuicios. El silencio que deja espacio para que la otra persona se sienta escuchada y valorada tal cómo es.

El puente de la mirada transparente. Esa que intenta descubrir todo lo que hay de verdad y de bien en el otro. Una mirada que ayuda a que el otro se sienta cómodo, valorado en su verdad, animado a sacar de su interior lo más valioso que puede ofrecer, confiado ante la posibilidad de equivocarse sin ser censurado con dureza.

El puente de la paciencia. La paciencia de quien da tiempo a los demás para crecer y madurar, sin apresurar demasiado los ritmos. La paciencia de quien sabe aceptar con paz que no todo en los otros me gusta. La paciencia conmigo mismo para aprender a crear lazos valiosos en el encuentro con quienes son distintos a mí.

El puente de la libertad. Ese puente que me enseña que nadie tiene que responder a mis expectativas ni a mis aspiraciones. El puente  permite al otro transitar caminos que yo no habría elegido. La libertad me permite ser yo auténticamente, sin copiar a nadie y sin dejarme arrastrar por corrientes convencionales.

El puente de la distensión. Esa habilidad tan necesaria de quien sabe usar “mano izquierda” para que los conflictos se suavicen. La facilidad para descargar la tensión de los momentos más llenos de violencia con una palabra razonable, con un gesto acogedor, con una sonrisa. 

El puente del perdón. No supone la justificación de la ofensa recibida, sino la destreza para integrar lo sucedido con paz. No necesita el olvido, sino la capacidad para recordar sin sentirme herido constantemente y sin que el recuerdo de la herida me robe la serenidad interior o me mueva a actuar con rencor.    

¿Se trata de reflexiones nacidas únicamente de haber disfrutado de un concierto? Quizás. Pero, ¿no será necesario para todos ejercitarnos en el saber estar “en medio”?

Javier Checa es sacerdote diocesano

Este artículo se publicó originalmente en la edición nº131 de Mater Purissima (noviembre 2008)


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