Alberta Gimenez adulta

Alberta Giménez, ¡mujer pionera de vanguardia!

Alberta fue para su tiempo mujer de las grandes, valerosa y fuerte, pedagoga de las de vanguardia y primera línea; madre que ha trasmitido un espíritu  impregnado de rectitud y afabilidad, de equilibrio y bondad a todos sus amigos: hermanas, profesores, padres, alumnos, personal…

Así comenzó el recorrido de su vida: siendo libre, amante de la verdad, abierta al querer de Dios. Su libertad fue inseparable de su vocación personal, de la voz que con fuerza Dios pronunció en lo más hondo de su ser. Dios la bendijo largamente: un marido excelente y cuatro hijos, pero en poco tiempo  la deja sola con el más pequeño. La muerte arrasó el campo. Sin duda, se le hace duro avanzar así, sin los que más amaba.

Su libertad se convierte de nuevo, una vez más,  en camino de fidelidad al querer de Dios. Y se la requiere para que se haga cargo del desacreditado colegio de la Pureza. Profesional por vocación, se alegra con la propuesta, pero debe dejar a los suyos…, los pocos que le quedan… Dentro de sí musita en silencio: ‘Cuenta conmigo, pero necesito que Tú me guíes’.

¡Y sigue adelante! No es mujer de soluciones fáciles. Quiere mantener la fidelidad a la Verdad. Su vocación personal de mujer, de madre y de pedagoga renace de nuevo y Pureza de María quedará unida para siempre a una mujer de vanguardia, dispuesta a preocuparse por la mujer balear, a contribuir para elevar su nivel cultural y su futuro profesional en una isla que, por aquel entonces, contaba con  los más altos índices de analfabetismo de España.

Firme en sus principios, arraigada en sus profundas raíces, pero también mostrándose al aire fresco, a los vientos modernos, en la pura vanguardia. Así fue Alberta. Así ha llegado su figura hasta nosotros.

No todo le parecía bien, no todo era ‘oro fino’, no todo podía aceptarse sin más, pero no por ello dejaba tranquilo su espíritu inquieto, no por ello dejaba de espigar en las corrientes pedagógicas más modernas de su época, no por ello rechazaba lo que llegaba a la isla. Era el progreso, era la cultura ¿Es que tenía que cerrarle las puertas? La clave era el discernimiento.

En época de vaivenes políticos, económicos y sociales, lo fácil es la crítica destructiva o el espíritu acomodaticio. Su época fue una de esas en que  se vanagloriaban de anticlericalismo. ¡Fuera la escuela religiosa! Y así se hizo, por real decreto se cierra la Escuela de Magisterio de La Pureza, orgullo de los mallorquines que sabían apreciar la inestimable labor de aquella  que había elevado el nivel cultural de la mujer de la época, Alberta Giménez.

Fue Alberta, además de vanguardista, en la educación… ¡pionera! No le bastó ser buena hija, buena esposa,  buena madre de familia, buena maestra y directora, quiso ser pionera. Fue como una característica, como un rasgo de su fuerte personalidad pedagógica, animar  y abrir surcos nuevos en el campo, porque suyo fue el primer título de maestra superior de Mallorca. Instaló en el colegio el Gimnasio, el Museo de Historia Natural, el Laboratorio de Física y Química… años antes de que la ley pudiera exigirlo; promovió las tardes literarias, las exposiciones anuales; envió religiosas a Francia a estudiar; a Barcelona fue con cinco Hermanas y algunas alumnas para visitar en 1888 la Exposición Universal durante 10 días…; fue capaz de consignar metodológicamente que “para todas las asignaturas se emplea el método cíclico y, según la índole de las mismas, el intuitivo, analítico, sintético, el mixto, el catequético, dogmático, socrático, etc.”; y siguió estudiando hasta sus… ¡toda la vida! Porque cuando tenía nada menos que 62 años de edad y 27 al frente de la Normal escribía: “Estudio como nunca, en mi vida he tenido que estudiar”

Definitivamente, la educación le gustó, llenó su espíritu, hambriento de bien, de belleza, de ilusiones, de amor a los niños y a los jóvenes. Había que formar, formar incansablemente. La mujer prepara el hogar, prepara el futuro.

En ti, tenemos un modelo vivo que nos hace bien, nos estimula y nos serena.

Este artículo de Begoña Peciña, rp, se publicó originalmente en la edición nº131 de Mater Purissima (noviembre 2008)

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