¿Merece un delincuente nuestra ayuda?

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Con motivo de la organización de una campaña navideña de recogida de alimentos para presos que iban a vivir las fiestas en la cárcel, dos jóvenes se plantearon y nos plantearon el sentido de su contribución a una causa que promovía la solidaridad con quienes habían cometido un delito.

La verdad es que ésta es una cuestión muy difícil, quizá demasiado para ser entendida. Creo que la lógica aquí no llega y por eso os propongo otro camino: el de la proximidad.

Si nos acercamos a una víctima de una agresión, descubriremos la profundidad de sus heridas. ¡Cuánto dolor! ¡Qué difícil es perdonar! No discutimos ideas que  podamos entender más o menos; están en juego sentimientos muy hondos, que tocan nuestra fibra más íntima.

Aproximaos igualmente a los agresores. Os encontraréis con seres humanos, aunque sus actos no merezcan tal dignidad. Tienen una historia, muchas veces llena de heridas y miedos. Quizá estén enfermos o locos, pero son personas. Es fácil condenarlos como presos, como un colectivo sin nombre. Es diferente cuando les conocemos, cuando hemos observado su mirada. Ellos también tienen padres que tal vez sufran, también tienen sentimientos, aunque no lo parezca. Su vida no puede justificar sus actos, evidentemente; pero quizá el conocer su rostro nos pueda ayudar a ser más humanos.

Dos casos reales 

Cuando era seminarista, colaboré en un centro de tiempo libre de un barrio marginal. Venían adolescentes con historias muy particulares y conductas irregulares, si bien detrás de cada uno se escondía un gran corazón, porque en el fondo les faltaba afecto, comprensión, cariño. Un día uno de aquellos jóvenes, al salir del colegio, había amenazado a su profesor con una navaja. ¿Y sabéis lo primero que me vino a la mente?: “¿Qué habrá hecho ese profesor para que el chico le amenace?” Porque yo le conocía y le amaba, y sabía que era capaz de sacar una navaja ―lo había visto en su casa―, pero sabía que existía un motivo, porque él tenía corazón.

Ya sé que no todos los casos son tan simples como éste, pero cuando conocemos el nombre y su vida, la cosa cambia.

Os cuento otra historia real. Erica, una chica italiana, mata a hachazos a su madre y a su hermano. Parecía alguien normal. Había recibido una educación. ¿Por qué cometió entonces tal atrocidad? Su caso era el de los psicópatas, las personas afectadas por una enfermedad que les impide sentir (¿Qué se hace con ellos? ¿Les inyectamos veneno letal?).

Fijaos en un detalle. El padre de Erica era a la vez el familiar más directo de las víctimas y de la asesina. Me recuerda a Caín y Abel. El padre no acepta ninguna solución, porque la joven le pertenece, es de los suyos, como también lo es su hijo y su mujer.

Proponeos pues responder al interrogante sobre la conveniencia de ayudar a los delincuentes desde la perspectiva del padre de Erica. Él está cerca de ambas partes. Ha descubierto que su hija le necesita más que nunca. Es de los suyos. ¿Cómo reaccionar? Con la misericordia, con el amor que se ofrece gratuitamente, con fe en ese amor que lo cambia todo. Nos podrán tachar de idealistas… Que se lo digan al padre de Erica.

Yo quiero aprender a descubrir que el otro es de los míos. ¡Qué bueno sería que los cristianos tuviéramos un corazón suficientemente grande para acoger a tantos “míos”, o mejor, “nuestros”! Sería un corazón al estilo del maestro de Nazaret.

Este artículo se publicó originalmente en la edición nº129 de Mater Purissima (febrero 2008)


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