Conocer a la Madre: como tú, fue niña, fue joven (I)

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Imagen del artículo Conocer a la madre, de Débora Vidal, rp

Cada hombre llega al mundo cargado de regalos de Dios: cualidades, talentos, virtudes… Hoy quiero hablarte de una niña nacida el 6 de Agosto de 1837 en Mallorca. Su nombre es Cayetana Alberta Giménez y Adrover.

El testimonio de esta niña, de esta joven, puede ser muy valioso para ti, para tu vida. «Vaya -tal vez pienses-otra historia como las de siempre». Si piensas eso, déjame decirte que Alberta no es ejemplo por haber hecho cosas extraordinarias, sino por vivir una vida profundamente humana, por saber hacer único y especial cada momento de la vida cotidiana. Si quieres comprobarlo… ¡Sigue leyendo! Los niños, como sabes, se caracterizan por su inocencia y su bondad, por su mirada limpia, capaz de asombrarse con las pequeñas cosas.

Así es Albertita, una niña como todas. Todos sabemos lo esencial y fundamental que es la familia para la formación de una persona. Albertita es afortunada: crece en un ambiente familiar sano, apacible y religioso. Sus padres don Alberto y doña Apolonia trabajan diariamente para que ella y su hermano Saturnino tengan una buena educación intelectual y religiosa.

Los destinos de su padre son decisivos en esta etapa de su vida, pues el hecho de tener que viajar e instalarse en distintos lugares la hace madurar. Adquiere un espíritu tolerante, sin miedo a emprender nuevos caminos. Y vemos a la joven Alberta entusiasmada por aprenderlo todo, abierta a nuevos horizontes y perspectivas y nuevas formas de hacer bien las cosas. Alberta sueña desde muy pequeña con ser maestra, le apasiona la tarea de educar y, así, comienza a estudiar en Barcelona para sacarse el título de Maestra Elemental.

Es propio de los jóvenes el soñar grandes cosas, ilusionarse con un futuro que se les abre, incierto y fascinante. Alberta se hace esas preguntas que todo el mundo se ha hecho alguna vez: «¿Me casaré? ¿tendré hijos? ¿seré religiosa?», pero después de reflexionar y de pensar mucho, llega a la conclusión de que no es esa última la voluntad de Dios. Su padre, deseando que su hija continúe con los estudios que comenzó en Barcelona, busca en Palma un profesor cualificado que pueda darle clases particulares y prepararla para obtener el título de Maestra Elemental de Escuela. 

 

A vosotros jóvenes..no dejéis de soñar, levantad vuestra mirada y vuestro corazón, buscad altos ideales y luchad por ellos

Así conoce a Francisco, a quien amará sin reservas. Les une la pasión por educar y las ganas de dar cada uno lo mejor de sí. El noviazgo de Alberta y Francisco es un periodo largo, en que aprovechan para conocerse mejor y para ir madurando el cariño mutuo que se tienen. Y por fin llega el gran momento… ¡La pedida de mano…! ¿Quieres que te cuente cómo fue?

Alberta está en su casa, llaman a la puerta, su madre le avisa de que tiene una visita: es Domingo Alzina, gran amigo de Francisco. «¿Para qué querrá verme?» piensa Alberta, y se apresura a saludarlo. Después de charlar un rato, Domingo le explica el propósito de su visita: Francisco le envía a pedir su mano. No, no es que Francisco sea tímido o cobarde para hacerlo él personalmente, sino que esa es la costumbre del momento, enviar a un amigo de confianza, que a la vez sirva de testigo. Y para eso está Domingo ahí. ¿Qué crees que contesta Alberta?

Le dice que debe pensarlo y en unos días le responderá. Pero… ¿acaso no es eso lo que lleva soñando desde hace tanto tiempo? Le gustaría consultarlo antes con una amiga. ¿Quién puede ser esta amiga tan especial? Sólo Ella: La Virgen. ¡Cuánto la quiere Alberta! Es para ella su Madre, su amiga, su confidente… Todo se lo cuenta a Ella. Alberta hace una peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de San Salvador y ahí le plantea su situación. ¿Te sonríes? Seguro que estarás pensando a quién acudes tú cuando necesitas que te den un consejo.

Igual lo último que se te ocurre es rezar; igual no. Lo que sé es que Alberta opta por la oración y ya ha tomado una decisión. ¿Sonarán campanas de boda? ¡Sí! Alberta quiere a Francisco y, al descubrir que esa es la voluntad de Dios, no lo duda un instante. Se casará con él. «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne» Gn 2,24 

A vosotros niños...jugad y divertíos, no dejéis de ser lo que sois, niños

Este artículo de Débora Vidal, rp, se publicó originalmente en la edición nº125 de Mater Purissima (octubre 2006).


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