COVID-19: del dolor al amor

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Más de 6 millones y medio de infectados en el mundo y casi 400.000 fallecidos no son cifras baladíes. Son personas con sus propias historias de dolor que se entretejen con nuestras vidas. Tenemos y debemos reflexionar sobre qué nos ha pasado y cómo nos ha cambiado la vida y nuestra visión.

Experiencia de vulnerabilidad: Sentirnos y mostrarnos todos iguales ante el virus, nos ha hecho constatar esa naturaleza común de vulnerabilidad que todos compartimos. Y esto puede tener algunas consecuencias importantes.

Que somos todos iguales. No tiene sentido seguir discriminando a nadie, ni a negros, ni a pobres, ni a migrantes, ni a homosexuales, ni a mayores. Somos responsables de nuestros hermanos.

Que necesitamos ser más humildes, Jesús mismo se hizo uno de tantos. Ni la ciencia lo puede todo, mucho menos nosotros. Todo lo que tenemos es un don, tanto en lo material, como en lo espiritual, como psicológico. Ninguno es perfecto, pero tampoco despreciable.

La ternura sigue siendo el mejor modo de transparentar el rostro materno de Dios

Experiencia de confinamiento: Hemos visto cómo el confinamiento ha despertado el ingenio y la creatividad en todos los ámbitos, especialmente en la solidaridad y en la pastoral. Ha sido impresionante cómo cada uno ha sacado lo mejor de sí mismo en los peores momentos. Y cómo todos nos hemos volcados a trasladar al mundo online casi todo lo que hacíamos en el offline.
Porque para ser significativos, como evangelizadores, debemos primero ser atractivos; el mensaje de Jesús no cambia, pero adaptarlo tampoco es devaluarlo. No podemos reducir nuestra presencia en redes a las misas y oraciones, tampoco al baile y al canto. La gente espera de nosotros una aportación de valor: una presencia cercana y sencilla que les ayude a responder con sencillez los grandes interrogantes que el mundo no puede contestar. Y para eso necesitamos aprender el lenguaje digital: la brevedad, el dominio de lo audiovisual, la autenticidad (que es vivencia personal de lo que predicamos), la sencillez y el humor. Y este ‘idioma’ -como casi todos- solo se aprende por inmersión.

 

Experiencia de sobreinformación: Más que nunca se hace actual el mensaje de Pablo VI quien decía que hoy necesitamos más testigos que maestros y que, si alguien escucha a un maestro, es porque primero es testigo. La Televisión, los periódicos y los medios en general nos han bombardeado con datos, pero no han respondido a las grandes preguntas que toda la situación ha generado. El saber se ha colocado por encima de la sabiduría y sabemos que no es lo mismo. Por eso, más que nunca, hacen falta testigos más que maestros. Porque hoy cualquiera tiene acceso a la información, pero no cualquiera es capaz de asimilar y ofrecer una interpretación evangélica de la misma.

Sanar heridas, reconciliarse con la realidad, y asimilar el dolor es más difícil que buscar información en Google. En definitiva, ojalá pasemos a la historia como la generación que supo transformar el dolor de una pandemia en ocasión de amor.


Xiskya Valladares. Doctora en Comunicación. Licenciada en Filología Hispánica y Másteres en Periodismo y Dirección de Centros Educativos


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