17 nov Claudia Escobar: Tres experiencias significativas para construir la paz

Y con el paso del tiempo las palabras van adquiriendo nuevos matices, más relevancia y por qué no urgencia de pasar del pasivo al gerundio y del gerundio a la existencia sustantiva que se pueda personalizar en vidas concretas. Mi nombre es Claudia y hace dos años vivo en Cumaná, en el oriente de Venezuela. Soy religiosa de la Pureza de María y trabajo en un colegio de Fe y Alegría.

El encuentro con las personas que hacen vida en esta ciudad con las que me encuentro cada día me está permitiendo descubrir caminos nuevos de vida y de construcción del presente que asegura un futuro mejor.

Sin embargo, cada vez que me acerco a un aula de clase y me dispongo a compartir la formación humano cristiana con los estudiantes de 13 a 18 años soy consciente que más de la mitad de las palabras que abordamos están en construcción, están en proceso, es decir muchos de esos adolescentes y jóvenes aún no saben por experiencia propia en qué consisten palabras como paz, justicia, equidad entre otras.

Podría decir que su aprendizaje es por contraste, saben muy bien en qué consiste todo lo contrario, es por eso que hablar de educar para la paz es hablar de un camino en construcción dónde la variable equipo es indispensable. 

Educar para la paz es un regalo que podemos darle a nuestros jóvenes, a nuestros hijos y hermanos y por supuesto a nosotros mismos. Sí, esto lo sabemos pero ¿en qué consiste? ¿de qué se trata? Te propongo tres experiencias significativas que disponen a la persona a participar activamente en este proceso de construcción de la paz.

1- Reconocer y acoger la propia verdad

La educación para la paz, que en definitiva es la educación para la vida, pasa por el reconocimiento de la propia fragilidad, sólo desde ahí se pueden levantar los edificios más sólidos y duraderos. Sin confundir fragilidad con fracaso o frustración necesariamente. La fragilidad es la puerta de la propia grandeza y por qué no, de la propia belleza. Frágil cuando las fuerzas no dan más y encuentras a alguien que te tiende una mano; frágil cuando te has excedido en el hablar y quieres echar marcha atrás porque no has acertado en el diseño de las palabras y encuentras comprensión, perdón y posibilidad de empezar de nuevo en el otro; fragilidad cuando te das cuenta que ante la enfermedad crónica de la persona que amas, aunque te resistas, aunque puedas estabilizarla y aparentemente frenar su curso, solo puedes desde el amor en forma de compañía, de presencia, de aceptación y de fe redimensionar y dar sentido; fragilidad… seguramente mientras lees estas líneas ya has puesto nombre a otras muchas situaciones que encarnan la fragilidad personal y  de los demás. Reconocer las situaciones que te llevan a desear algo diferente, te crean resistencias, conflictos internos que solamente con la aceptación puedes encontrar una vía de respiro. El aceptar, no el resignarte, sino el aceptar que por ahora es así y no puedes cambiarlo te permite situarte en la vida de otra manera, la aceptación conlleva en sus entrañas la paz.

El reconocimiento de la propia fragilidad es un proceso de vida que abre las puertas al sentido y a la belleza, porque solo desde ahí se descubren espacios de vida que la autosuficiencia, las pretensiones y la perfección sostenida desde el orgullo y la soberbia esconden y nublan. ¿Belleza? ¿Paz? Sí, la belleza de sentirse amado y aceptado, la belleza de sentirse perdonado y abrazado no por lo mucho que has hecho, sino por quién eres; y no solo desde la cima más alta de la montaña sino desde la llaneza del error, de la pequeñez o del no haberlo conseguido, esta experiencia te permite conocer la paz interior.  El reconocer los propios límites y las grandes pretensiones te sumerge en tu verdad, es ahí donde el abrazar la fragilidad te sitúa en el punto más bajo, pero más firme, desde donde puedes empezar, levantarte, continuar, caminar y levantarte.

 

Antes he dicho que doy clase a jóvenes y a adolescentes, ¿es posible hablarles de estos temas? Sí, son ellos los que viven en primera persona esta realidad, el desear tener una familia unida, poder leer noticias donde el 80% no sean conflictos y amenazas. Ellos saben que la historia que están escribiendo hoy podría ser diferente, pero es la que es, es la que están recibiendo y a ellos les toca buscar estrategias nuevas de construcción si de verdad quieren algo diferente.

Utopía o realidad, no sé que diría Santo Tomás Moro de este escrito,  lo que sí sé es que la vida es mucho más de lo que palpamos, pero necesitamos palpar, reconocer la verdad y abrazarla para poder aspirar a algo mejor. Desde las estancias del no ser no se puede construir algo verdadero.

Por tanto, educar para la paz es iniciar en el reconocimiento y acogida de la propia verdad.

2- Sentirse acompañado y amado

Desde que somos niños sabemos quién disfruta a nuestro lado, quién goza de nuestra compañía y en quién podemos confiar. Esta experiencia es vital para todo ser humano y va estrechamente unida a la aceptación de la propia verdad. Damos un paso más, pues paradójicamente, ese amor que abraza al otro por sí mismo le permite llegar lejos y alcanzar grandes metas, no al contrario. Primero se conoce y se ama y luego se proyecta y se construye.

Pues bien, educar para la paz es hacerles saber a nuestros estudiantes cuán valiosos son en sí mismos, y ojalá las palabras que usemos estén llenas de contenido, sean palabras que salen de la boca porque las ha elaborado el corazón, éstas son las que hacen germinar la vida ahí donde se siembran.

Palabras, gestos, lo importante es el sentirse acompañado y amado, porque la experiencia de saber que existes en el corazón de alguien te hace ser y amar aun cuando estás solo.

Me preguntarás, ¿y esto qué tiene que ver con la paz? Y es que, desde la serenidad de quien es en sí mismo porque ha recibido la vida de otros por amor, desde donde se puede ser protagonista de la construcción de la paz

3- Paciencia

En el último mensaje de whatssap que me escribió mi madre me decía, ¡…le pido a Dios que te dé mucha paciencia!, esta frase era nueva en la fórmula de su habitual bendición. Esas palabras todavía resuenan en mí, por el don que significa el tener paciencia. ¿Y por qué la paciencia? Porque somos criaturas llenas de infinito, que buscan y desean incansablemente, y es la paciencia quien con toda su ciencia nos va mostrando el modo de relacionarnos con los demás, dejándoles ser ellos mismos sin exigencias imponentes; es la paciencia la que nos permitirá entrar en dialogo cuando hay temor que la postura de los demás sea contraria a la propia, o que el diálogo suponga ceder un milímetro a los propios intereses y me atrevo a decir, a la propia rigidez.  La paciencia es la ciencia de la paz, esa que nos lleva a ser tolerantes, perseverantes y dialogantes.

 

Tolerantes como seres capaces de honrar la diferencia sin sentirse atropellados por quien no piensa igual que yo. Perseverantes como quienes saben esperar el momento sin dejar por eso de intentarlo y de buscar nuevas y variadas formas de llegar a la meta. Dialogantes como quien se pone en marcha dispuesto a descubrir discursos nuevos y no repeticiones del propio pensamiento, dialogantes como quienes no temen despedir las propias ideas cuando encuentran la verdad en la boca de otro. Paciencia con los propios impulsos, paciencia porque se sabe que las ideas no hacen al ser, el ser es amado luego se es, se conoce, se piensa y se ama.

 

La paz es un regalo que se recibe cuando uno está cómodo en su propio ser, cuando desde la propia aceptación puedo reconocer en la otra persona a alguien que es, que piensa, que desea alcanzar también la felicidad tanto o más que yo. En todo esto, la mayor dificultad son las formas en las que expresamos lo que somos y lo que llevamos dentro, porque queriendo lo mismo llegamos a hacernos daño, a excluir, a condenar e incluso a hacer valer la ley cuando coincide plenamente con mi solo interés aunque eso suponga la muerte y la humillación de mi hermano.

 

La paz se experimenta en el interior y solo después se puede compartir, educar y construir. La paz de conocerse a sí mismo, de aceptarse y sentirse amado, esta paz es la que trasciende las fronteras, la que construye puentes y puede traer nuevas realidades, no utópicas, ni ideologizadas sino posibles. La realidad no es solo armonía, sino sobre todo la coexistencia de los opuestos y antagónicos, la coexistencia de la diferencia y de la evolución de todo cuanto existe. Es decir, paz no significa ausencia de desencuentros, sino construcción de diálogo; paz no significa quietud y música celestial, sino el aprender a perdonar, el reconocer los errores y volver a empezar; paz no significa estar siempre de acuerdo, sino el buscar juntos el mejor modo de sumar y multiplicar no de restar y dividir, significa caminar juntos viendo en la mirada del otro a un hermano. Por eso, en este proceso de construcción es necesario educar en habilidades concretas tales como la resolución de conflicto, la construcción de ambientes de convivencia, la capacidad de lidiar con la violencia, la capacidad de frenar la tendencia al egoísmo y abrirse a la fraternidad.  

 

Educar para la paz aquí y ahora es un camino de reflexión que implica a la persona en su totalidad, la paz pasa por los gobiernos, por los dirigentes, por los padres de familia, por los pastores eclesiales, por los educadores, pero ante por la disposición de cada uno de asumir el reto de vivir desde dentro y de darle sentido a nuestra vida hoy, porque solo garantizando un presente nuevo podremos asegurar un futuro mejor y posible.

Solamente así podremos educar en la paz a las futuras generaciones, solamente así seremos creíbles y pondremos en marcha la construcción de la paz en nuestra realidad.  Conoces la paz, únete a esta construcción posible y si no la conoces escucha a aquél que hace nuevas todas las cosas, a Jesús de Nazaret. Él da la paz verdadera, esa que restaura y renueva la existencia.

Claudia Escobar, rp, es licenciada en Ciencias Religiosas

 

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