02 jun Vicente Marcuello: Dar sentido al desorden: la indiferencia ignaciana

FOTO: Jonathan Pendleton

En muchas ocasiones tenemos la sensación de vivir en cierto clima de caos personal, en un cierto desorden que nos impide vivir con cierta paz el día a día y mirar hacia delante con cierta claridad por dónde seguir. Es esa sensación de vivir con una serie de desórdenes provocados por mi propia historia o la de los demás, o por ignorancias, o por soluciones provisionales de problemas de infancia. Estas dinámicas, a veces muy arraigadas, impiden la simplicidad de la propia vida personal. En última instancia, nos hacen mediocres y ponen en peligro nuestra autenticidad.

Vivir con coherencia y desde la autenticidad no es algo obvio, ha de ser cultivado para que dinámicas comunes a todos los seres humanos nos lleven a vivir más plenamente, en vez de generar adicciones y hacernos menos libres. En el ser humano hay instintos que orientan nuestros deseos que han de ser atendidos y cuidados, pero asumiendo que cuidarlos implica ponerles límites:

• Es algo básico el deseo de vivir y buscar todo aquello que nos da vida, pero ese instinto de vida puede ser convertido en obsesión cuando prevalece la preocupación excesiva por la salud que conduce a la hipocondría, o miedo al sufrimiento que nos lleva a rehuir las dificultades y los conflictos inevitables cuando uno se compromete en mejorar la vida de los demás, o a la búsqueda de placer para evitar el malestar.

• Asociado al anterior instinto, buscamos los bienes materiales como medios necesarios para vivir, medios físicos e intelectuales que nos permiten obtener más conocimiento para avanzar. Es el instinto del tener que puede derivarse en una obsesión por poseer cada vez más, por acumular, por ser cada vez más ricos, no solamente en lo material, sino también en lo intelectual o espiritual, que genera ansiedad y una permanente insatisfacción. 

Vivir con coherencia y autenticidad no es algo obvio, ha de ser cultivado

• Un tercer instinto necesario es la necesidad de ser reconocido, valorado y amado por los demás. Pero puede convertirse en la obsesión por el prestigio, por el reconocimiento, por el vivir de la apariencia, del qué dirán, aferrado a la imagen y al cuidado por la imagen personal.

El equilibrio ha de estar en la búsqueda de la libertad interior, que en la propuesta desde la espiritualidad ignaciana es ‘la indiferencia’. Pero, a diferencia que lo que nos sugiere el término en la actualidad, más asociado a la apatía, se nos invita a vivir apasionadamente en la búsqueda de un ‘para qué’ que le dé sentido a todo lo demás.

Si mi deseo está enganchado en las cosas, las convierto en fines y ahí me quedo atrapado, me convierto en un adicto. Esto es el ‘desorden’. Podré ordenarme en la medida en que mi deseo se oriente a un fin mayor y todo lo demás se conviertan en ‘medios’ que puedo elegir o rechazar desde ‘mi mera libertad y querer’. Cultivar este ‘para qué’ me prevendrá de otros apegos que impiden el discernimiento y la autenticidad.

Vicente Marcuello, sj. Director de la Fundación Arrupe Etxea. Licenciado en Teología por el Boston College y en Psicología por Deusto

 

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