Imagen de fondo del artículo sobre Alberta Giménez y la humildad

1#

Responsabilidad sin servilismos

Una humildad que responsabiliza y ayuda a asumir el protagonismo de la propia historia y se aleja completamente del
servilismo y el apocamiento. Alberta anima a las hermanas y a las alumnas a preparase bien y a potenciar todo lo que
tienen. Contagia a otras el deseo de formarse seriamente, sobrepasando los cánones de la época. Ella misma lo vive
de tal modo que llegará a decir que «del mucho tener que estudiar, estoy muy mal de los ojos».

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2#

Apertura y sencillez

Alberta elige no quedar encerrada en su propio yo. Ni siquiera sus limitaciones o pecados consiguen paralizar su amor
o que se enrede en si misma. Opta por abrirse con humildad y sencillez para colaborar, acompañar, sostener, aliviar,
construir.

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3#

Emprendimiento sereno

Como agua que fluye, es consciente de que no puede quedar contenido el potencial que Dios ha puesto en ella. Todo ello se
traduce en emprender ambiciosos proyectos, sin recursos, sin seguridades, sin todos los apoyos. No piensa en la dificultad o
en su insuficiencia. No le detienen las críticas que, por cierto, fueron bastantes, ni tampoco los convencionalismos que querían
encorsetarla. Alberta mira a su Capitán y se dice:«Ninguno más humillado, ninguno más pobre que Jesucristo». Se sintió libre
para ser ella misma, humilde para ofrecer lo que de Dios recibía.

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4#

Libertad interior

La humildad libera. Alberta Giménez en cada decisión, en cada proyecto que emprendía se liberaba de miedos,
de desasosiegos, de inquietud. Y, en su lugar, se iba colmando de confianza, de paz, de descanso en Dios.
«Abrazar la cruz y escuchar la lección que Él me enseña», era el secreto que le animaba. Muestra de ello
es la serenidad con que aceptó que la Escuela Normal de Maestras pasara a manos del gobierno. Sabía
que la fuerza que necesitaba no provenía de ella. Jesús crucificado sosegaba su espíritu y fortalecía su ánimo.

05 abr Alberta Giménez&la humildad. La humildad libera, la humildad regala

Generalmente, se suele relacionar la humildad con actitudes de bajeza, sumisión, rendición, aceptación de las propias limitaciones. Personalmente, al escribir estas líneas, me desmarcaré de este enfoque. No me convence esta perspectiva para hablar de la humildad de Alberta Giménez, como creo que tampoco convence ni atrae para presentar hoy en día la humildad cristiana.  Alberta nos desvela una humildad que tiene mucho más que ver con el reconocimiento de lo que Dios y ella, juntamente, pueden hacer. Se trata de una humildad que agradece las capacidades recibidas. Una humildad que tiene que ver más con el desplegar todos los dones que con el encogimiento: «quiero seguiros sin reserva». La humildad de Alberta atrae porque va de la mano con su libertad interior. Sus cartas nos muestran a una persona que va ganando frescura y espontaneidad con los años. 
El tono cariñoso se intensifica en su epistolario a partir de 1911, cuando Alberta tiene cerca de 75 años. A las hermanas que la conocieron se les quedó grabado que«pagaba sus ofensas con cariño y dulzura». Me parece que esta capacidad para ofrecer afecto, ternura, amistad sin tener en cuenta los agravios recibidos tiene mucho que ver con la auténtica humildad. La humildad libera, y en el caso de Alberta le ayudó a no apropiarse de lo que crecía con ella. Alberta dimitió, murió, fue desplazada y hasta menospreciada su labor, pero todos los proyectos que puso en marcha continuaron porque supo empoderar a las Hermanas para que todo pudiera continuar sin ella.
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